Columnas

David Foster Wallace: guía para principiantes (y no tan principiantes)

Repasamos la obra e influencia del autor americano más relevante de los últimos años, justo cuando están a punto de editarse en español algunas de sus obras que aún permanecían sin traducción

Cuando está a punto de llegar a España la primera edición en castellano de “La escoba del sistema”, vía Pálido Fuego, aprovechamos para repasar la obra y la influencia de David Foster Wallace, probablemente el gigante literario más importante de las dos últimas décadas.

Entrar en la obra de David Foster Wallace es como adentrarse en un laberinto inglés: no sólo resulta difícil salir (¿se quiere, en realidad?), sino que además su bibliografía se puede leer desde tantos ángulos, tiene a veces tantas capas, que aunque se quisiera encontrar una salida tardaría en hallarse. Por poner sólo unos ejemplos, tenemos al David Foster Wallace cruel de “La Niña Del Pelo Raro” [1989; Mondadori, 2000], al humorístico de “Algo Supuestamente Divertido Que Nunca Volveré a Hacer” [1997; Mondadori, 2001] y al de la ambición desmedida de “La Broma Infinita” [1996; Mondadori, 2002]. Hace cuatro años, por obra y (des)gracia de su muerte, Wallace pasaba de ser un autor casi de culto y poco dado a explotar su persona pública a convertirse en un escritor reverenciado al que está de moda citar y que va camino de convertirse en icono (protagonizó incluso una aparición fugaz en un episodio de “Los Simpson”). Pero más allá de modas, si hay un autor reivindicable, ése es, sin duda, David Foster Wallace (en adelante, DFW): si se ha leído su obra no es difícil entender el porqué de su relevancia, pero para quien sea un neófito en la cuestión, aquí van algunas claves para desentrañar a una de las figuras literarias más relevantes de los últimos años.

1. Perder el miedo a DFW

DFW intimida un poco: parece esa figura intocable, difícil de leer, casi inaccesible. Pero no es así: si bien es cierto que la lectura de “La Broma Infinita” requiere un pequeño esfuerzo, la bibliografía de Wallace está plagada de relatos cortos, crónicas y textos que harán las delicias de cualquiera. Un buen punto de partida es “Algo Supuestamente Divertido Que Nunca Volveré A Hacer”, el relato de su experiencia en un crucero de lujo que escribió por encargo de Harper’s Bazaar y que es absolutamente hilarante. Si se opta por el libro en el que aparece recogido, además se podrá leer un magnífico retrato de David Lynch que resulta casi tan inquietante como sus películas. Pero hay más: es tan fácil como bucear en internet para que los aficionados al tenis encuentren y disfruten de la crónica del partido que enfrentó a Roger Federer y Rafa Nadal en 2006 en el Open de Estados Unidos. Quien prefiera optar por su vena más existencialista puede atacar This Is Water, el discurso de clausura de comienzo de curso que pronunció en 2005 en Kenyon Water y en el que aborda nada menos que el sentido de la vida.

2. El cronista

Como ya avanzábamos más arriba, DFW no sólo se dedicó a la literatura pura y dura, sino que publicaciones como Harper's Bazaar, New Yorker, Rolling Stone o el New York Times requerían sus servicios como columnista, ya fuera para escribir sobre tenis, el 11-S o simplemente hacer periodismo vivencial, como en el caso de “Ticket To The Fair”, en el que Harper's mandó a Wallace a la típica feria rural norteamericana. En sus crónicas impera el estilo analítico: se fija en los detalles, en esas pequeñas cosas que a priori pueden pasar desapercibidas pero que a menudo reflejan toda una forma de entender la vida. En su columna sobre el 11-S, por ejemplo, en vez de recurrir a los lugares comunes del momento, él se centra en cómo en su barrio de repente comenzaron a aparecer banderas norteamericanas en las fachadas de las casas. A DFW, el cronista, le gusta ir de lo particular a lo general, dejando que sea el lector quien opine por sí mismo y se haga su propia composición del lugar.

3. El cuentista

Aunque su primera obra literaria, “La Escoba Del Sistema”, era una novela [nota: la traducción al castellano llegará, por fin, en febrero de 2013], la mayor parte de su obra está compuesta por relatos... no precisamente, cortos, eso sí, que ya sabemos que Wallace era dado a extenderse (tanto, que el satírico The Onion bromeó en cierta ocasión con que una novia de DFW había recibido una carta de ruptura de 67 páginas y había desistido de seguir leyendo al llegar a la vigésima). Los cuentos de DFW, evidentemente, son atípicos no sólo en el fondo, sino también en la forma. En “Breves Entrevistas Con Hombres Repulsivos” [1999; Mondadori, 2001] utiliza la técnica del psicoanálisis para explorar las relaciones de pareja a finales de siglo, pero lo hace a través de hombres que efectivamente resultan repulsivos: tiene mérito enganchar al lector contando durante cientos de páginas las penas de hombres a los que da ganas de decir cuatro cosas. Y sin embargo, DFW lo logra. Tampoco son precisamente simpáticos los protagonistas de “La Niña Del Pelo Raro” o de “Extinción” [2004; Mondadori, 2005], que podrían batirse con Patrick Bateman sin despeinarse. Pero a diferencia de Bret Easton Ellis (enemigo acérrimo de Wallace, por cierto, y que ha esperado a su muerte para meter cizaña contra él), hasta el menor de los relatos de Wallace tienen una profundidad y un visión pesimista de la vida de la que a menudo carecen las críticas de B.E. Ellis.

4. “La broma infinita”: ¿la gran novela americana de los 90?

La obsesión de literatos y críticos norteamericanos es la de dar con esa gran novela capaz de capturar el zeitgeist de EE.UU., una obsesión sólo comparable a la del capitán Ahab con Moby Dick. Puede que “La Broma Infinita” no sea considerada por los críticos como la gran novela americana, pero desde luego, se le acerca bastante. A través de la verborrea de su prosa, Wallace analiza las adicciones y una sociedad que busca la evasión y el entretenimiento infinito a cualquier precio. Con sus 1208 páginas y sus 388 notas a pie de ídem, “La Broma Infinita” no es una lectura fácil: en verano de 2009 se organizaba a través de internet una lectura colectiva de “La Broma Infinita” (lo que se dió en llamar “el “el verano infinito”): además de intercambiar información y analizar la novela, los participantes daban ánimos a quien se veía abrumado por la obra. Situada en una época en la que los años tienen el nombre de la marca que los patrocina, no estamos ante una novela convencional con su inicio, desarrollo y conclusión; sino que DFW se limita a narrar las vidas de estos personajes (que a menudo se cruzan sin que ellos mismos lo sepan) durante un periodo determinado, pero la novela termina casi como empieza, con muchos cabos sueltos. ¿Desidia del autor? En absoluto, sino que forma más bien parte de esa broma, ese juego consistente en espiar durante un tiempo unas vidas ajenas a través de la mirilla. En realidad, la novela se convierte en una de esas películas que rueda el patriarca de la obra, James Incandenza, y que lo único que persigue es proporcionar un entretenimiento infinito... y personalizado. DFW nos habla de un mundo en que las personas prefieren comunicarse virtualmente, en el que los feos cubren su cara para que nadie los vea, en el que los centros de desintoxicación tienen lista de espera, en el que la competitividad es moneda de cambio y en el que los gobiernos quieren hacerse con esas películas de Incandenza para tener a la gente entretenida... y convenientemente controlada. Si no fuera tan real podríamos hablar casi de una distopía. “La Broma Infinita” está plagada de personajes disfuncionales y decadentes a los que sin embargo es imposible no coger cariño y a través de los cuales DFW no sólo analiza las pasiones humanas, sino que hace una crítica feroz de la sociedad del espectáculo. Y todo, regado de mucho humor negro.

5. “El rey pálido”: crónica de lo que pudo haber sido

Si terminar “La Broma Infinita” provoca una satisfacción sin precedentes, concluir “El Rey Pálido” [2011; Mondadori, 2011], sin embargo, produce la sensación contraria: ya está, esto es todo, en adelante no queda más que releer, nunca esperaremos con ansia el nuevo libro de DFW ni su último artículo... pero nos dejó al menos un testamento de 600 páginas dedicadas al tedio y que, sin embargo, de aburridas no tienen nada. Es una novela inacabada, pero que bien podría haber sido el perfecto complemento a “La Broma Infinita”: si allí los protagonistas buscaban el entretenimiento sin fin, aquí buscan huir del tedio a cualquier precio. Tintes autobiográficos, reflexiones sobre el sistema y personajes que van a la deriva emocional pueblan las páginas de esta ambiciosa obra inacabada y para la que DFW dejó cientos de anotaciones.

6. La inevitable nota a pie de página

Un texto sobre DFW sin una nota a pie de página queda incompleto... máxime cuando el fantasma en que se ha convertido está omnipresente en la narrativa actual. No hablamos sólo de las biografías (la escrita por D.T. Max) ni de los libros que sobre él se están publicando: además de las “Conversaciones con D. F. Wallace” de Stephen J. Burns [que esta misma semana publica la nueva editorial Pálido Fuego], hace poco se editaba “Although Of Course You End Up Becoming Yourself”, la crónica de los días que David Lipsky pasó acompañando al autor en una gira promocional. DFW, además, se cuela en la literatura reciente en forma de personaje. Hay quien ve similitudes entre Wallace y el Richard Katz de “Libertad” de Jonathan Franzen, pero donde sin duda es más que reconocible la presencia del autor es en el Leonard que creó Jeffrey Eugenides para “The Marriage Plot”. Por más que el escritor niegue ese paralelismo, lo cierto es que resulta casi imposible no ver en él una reencarnación de DFW: la sempiterna bandana, el tabaco de liar, la obsesión con la filosofía y la semiótica, las depresiones... Pero sin duda, donde la huella de DFW se notará aún más es en la literatura venidera: quién sabe cuántos autores estarán escribiendo ahora mismo teniendo en mente a Wallace, tal y como él hacía con Pynchon al principio de su carrera.

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