Columnas

“La Crisis de Los Veintipico”: un relato de Antonio J. Rodríguez

En la segunda entrega del ciclo ‘Ficción Rara’ nos encontramos con el autor de “Fresy Cool” (Mondadori, 2012), uno de los autores más prometedores de la joven generación española nacida en los 80

El ciclo ‘Ficción Rara’, coordinado por Luna Miguel para PlayGround, prosigue con su segunda entrega, esta vez firmada por Antonio J. Rodríguez, joven autor que cuenta en su haber con una novela para Literatura Mondadori, “Fresy Cool”. En este relato inédito nos acerca a los usos y costumbres de una juventud barcelonesa neurótica, acomodada y ávida de placer.

[ Antonio J. Rodríguez (1987) es periodista, traductor y novelista. Ha publicado los relatos “Exhumación” (Alpha Decay, 2010) y “El Principio de Incompetencia” (RHM Flash, 2013), así como la novela “Fresy Cool” (Literatura Mondadori, 2012). Algunos de sus artículos y críticas han aparecido en medios como Jot Down, Público, Quimera o el suplemento EP3 de El País. Mantiene el blog “Rollo Random” en El Sindicato]

¿Mi idea de la amistad? Pues, sinceramente, aquí todos estamos muy solos, y quien no se encuentra rodeado de personas tan decepcionantes como una misma, ¡pero en fin! No es posible aspirar a la superhombría sin arriesgarse a un desenlace como el de aquel sifilítico filósofo alemán, abrazado a su asno. Aarón, Nar, Casanova…, todos cortados bajo el mismo patrón.

¿Y qué decir de ellas; de nosotras?

Con perdón de las asamblearias facultativas, poco más que una jauría despiadadamente competitiva, cuyas posiciones relativas mutaban con una volatilidad que ni la libra en tiempos de Soros: hoy mejores amigas haciendo posturitas sugerentes en aseos o probadores; mañana murmullos acerca de la ordinaria raposa escotada de carnudas o zambas garras.

Al menos, eso sí que lo anhelaba, ellos respetaban cierto ideal de camaradería.

Pero que la vida daba imprevisibles bandazos era una garantía para no molestarse mucho cuando las distancias entre los satélites evolucionaban, y desde luego las hazañas colectivas solían distraernos cuando el ambiente entre Aarón y yo se enrarecía; eso, y también considerar que nuestras primeras aventuras databan de la era de los glaciares.

Lo que no quiere decir que yo lo conociese tanto como a veces me gustaría.

Por eso, cuando el mismo viernes me convocó después del trabajo en un desconocido café de La Ribera junto a Urquinaona —barrio que para nosotros sólo era zona de tránsito—, mediante un sucinto correo que recomendaba el uso de «ropa formal», y «la puntualidad de un tren germánico», vagamente intuí que tal vez Aarón pudiera estar urdiendo un plan para compensar mi regalo de la semana en forma de depilación perineal: «¡oh!, ¡me haré un bocadillo con estos dos panecillos!», exclamaría, con esa desquiciante escrupulosidad que se había convertido en seña de identidad suya. Pero desde su último cumpleaños, cometió tantas atrocidades, que adelantarse a sus ideas parecía inútil.

Con anterioridad ya le había visto arrasar los estantes de Decathlon con productos de fitness y running, perder los nervios en varias ocasiones con sus fallidos intentos por dejar de fumar, sostenidos en su miedo irracional a unos pulmones carbonizados y a tumores imaginarios del tamaño de una nuez (así es: Aarón temía a la muerte, y pensaba en ella más de lo debido), o sorprendido en casa sentado en posición de loto sobre una esterilla, afirmando practicar la meditación Vipassana dentro de una campana de humo de incienso y rodeado de cirios en combustión, justo antes de hacerme prometerle que ese otoño volaríamos a Benarés con el propósito de realizar un viaje «purificador». Y años después de que Casanova les comiese el tarro con el rollo de la electrónica, adquirió una mesa mezcladora USB, decidido a rentabilizar de alguna manera su nueva afición, y desde entonces, varias veces a la semana, se reunió junto con Nar en casa de éste a ensayar las sesiones que luego reproducirían en el apartamento de Casanova (perdón; quise decir mansión), aunque en mi fuero interno sospechaba que tanto Nar como Aarón sólo buscaban convertirse en el centro de atención de las fiestas, y que, aunque sus conversaciones delante de aquellos cacharros sólo diesen vueltas alrededor de asuntos estrictamente musicales, y a pesar de la solemnidad y profesionalidad con que acariciaban aquellos falsos giradiscos, y de la minuciosidad con que manipulaban botones; los dos se imaginaban rodeados por una multitud de salaces veinteañeras que sacudían las pelvis arrodilladas a sus designios, y que incluso los dos sabían que como dúo musical hacían una buena pareja. Una pareja en donde la rúbrica de Aarón era el sempiterno Full Windsor, las camisas blancas, los blazers a cuadros, la cara rasurada y los cortes por €21 en barberías británicas, mientras que Nar se esforzaba en hacer combinar beisboleras deportivas con jerséis de cashemere de chillones colores y camisas a cuadros.

Al poco se cansaron, claro.

Admitiré que, con todas sus manías, hacía tiempo desde que había aprendido a dominar a Aarón. Lo cual era tan sencillo como agasajarle con inocentes bromas acerca de su séquito de «zorritas». Porque sin duda aquel deseo de excelencia y comportamientos fuera de lugar hallaban su desencadenante en una incontestable inseguridad en sí mismo. No es que fuese lo que más me agradara, por supuesto, pero creo que a veces prefería que se imaginase a sí mismo como un gigoló altamente codiciado, antes que como el cándido egocéntrico abatido e incapaz de resolver un aluvión de problemas inexistentes que realmente era. No estoy muy segura.

Tampoco sé si me convenía desempeñar el papel, las más de las veces, de única consejera-con-dos-dedos-de-frente cuando los demás, de Núria a Aarón, cometían alguna de sus torpezas. Creo que no.

—Cielo santo —me saludó Aarón con la cara enrojecida por la carrera, pues al final era él quien había incumplido con el compromiso de la puntualidad germánica—, temía que estuviese desarrollando problemas de sudoración excesiva, pero antes de entrar aquí comprobé que el problema sólo consistía en la desmedida cantidad de desodorante que me había aplicado, inasimilable a mi piel.

—¡Menudo susto! —exclamé, y luego permití que me morrease con torpeza, como un ganadero besando a sus reses—. ¿Y bien? ¿Cuál es el menú para hoy, pollita?

—Tengo entradas para el Palau.

—Guau. Qué emoción.

—Butacas centrales en el primer piso, no es ninguna broma. ¿Y sabes a quién vamos a ver? ¡A Fabio Galliano!

Parpadeé; torcí los morros. Ni Aarón ni yo habíamos ido nunca al Palau, ni por supuesto éramos ningunos entendidos en impromptus, sinfonías o danzas húngaras. En realidad nuestra relación con la música en directo consistía en espaciadas visitas al Rockafeller, y a algún que otro festival. No obstante, cuando Aarón se dio cuenta de que todos escuchábamos las mismas sintonías, rápidamente se esforzó en tomar la delantera, y durante un tiempo se pasó las noches empollando ensayos y manuales que iban de Adorno a Byrne, de Fubini a Hanslick y Ross, de manera que, junto con Nar, pudiera detentar el faro que guiase el gusto de nuestra pandilla, a la hora de seleccionar qué piezas debían ser bailadas, y cuáles merecían ser censuradas por vulgares.

—No conozco al tal Galliano.

—Es ese luxemburgués del que te hablé hace un tiempo, ¿sabes? No es el típico pianista chino de las narices al que patrocina Nike. Galliano es otra cosa. Estuvo en Sónar hace algunas ediciones con su grupo de electrónica. Es simplemente delicioso. E insisto: butacas centrales en el primer piso.

Le pregunté si verdaderamente consideraba que nuestra sordera musical estaba preparada para aquellos butacones, y entonces se quedó mudo por un momento.

—Bueno, la verdad es que no he pagado por ellos —dijo tímidamente, hundiendo las manos en los bolsillos de sus tejanos, y levantando las puntas de los pies a la vez que hacía descansar todo el peso de su cuerpo sobre sus talones, con cara de haber sorbido un cítrico—; Nar me las regaló.

—¿Nar nos ha invitado a ti y a mi al Palau?

—Lo cierto es que a él también le salieron gratis; de hecho es él quien tiene las entradas. Iremos los tres.

—¡Uuuauu! ¡Esto pinta cada vez mejor!

—Déjame que te cuente, ¿recuerdas que estos días hablábamos de que Casanova llevaba un tiempo desaparecido? —Casanova era uno de nuestros amigos más antiguos, y la última vez que lo habíamos visto, y de hecho la última vez que nos reunimos la pandilla al completo, fue en el funeral de Chachito, en la tercera residencia de Casanova en el Pirineo leridano; Chachito era un gato con el que llevaba ocho años viviendo; Aarón y yo creímos que la desaparición de Chachito había sido un golpe demasiado duro para él—. Pues no te lo vas a creer, pero hoy me llamó Nar, y me contó que lo han petado de su trabajo.

—Joder, ¿y eso?

—De todas las maneras de fracasar que he visto en mi vida, sin duda ésta es la más disparatada de todas. Resulta que hace unas semanas, durante una cena de empresa, Casanova intentó abusar de su jefa. Ya sabes cómo es él cuando se pone fino.

Aarón aludía a su furor drogadicto. Meses atrás, en nuestros encuentros de los fines de semana en la mansión de Casanova, decidimos sustituir los estimulantes y los químicos por la marihuana. Cosa que en algún momento interpretamos como el acceso irrevocable a la vida adulta, fiestas más calmadas y todo lo demás. Pero no era difícil de prever que aquello sólo fue el tránsito hacia el fin por enderezar nuestras voluntades. Al poco de reintroducirnos a los porros, y mucho después de nuestras primeras experiencias con drogas, lo que sucedió es que empezamos a mezclar y compartir entre nosotros toda clase de venenos. No era infrecuente que en uno de aquellos contubernios simultaneásemos éxtasis con pastillas, espiz y coca, además de los bidones de alcohol y los canutos de primera hora de la noche. Para algunos como yo, esto no significaba más que agujeros en la memoria que comenzaban pasada la medianoche y se extendían hasta el mediodía siguiente, cuando amanecía en mi cama con el vestido del día anterior, apestando a colilla, ni ningún conocimiento acerca de cómo habíamos regresado a casa; pero para otros, como Casanova, traía consigo despreciables conductas rastreras, arremetiendo contra todo ser viviente que insinuase una colina de recio músculo al término de la espalda. Casanova fue la primera víctima de aquellos excesos.

—Núria —amante de Casanova, quien a su vez llevaba un año y medio comprometido con otra chica— le convenció de que sus continuados ascensos se debían a la desmedida atracción sexual hacia él de la milfona Nati Brunat —cofundadora y CEO de su empresa—, de tal suerte que en aquella fiesta, nuestro embravecido Casanova fue descubierto por el hermano de Nati —el otro cofundador— intentando llevar a cabo prácticas deshonestas con ella en los lavabos.

—¿Qué hacían los dos en los lavabos?

—No sé. ¿Pipí? Eso es algo que Nar no me contó; desconozco si coincidieron en un pasillo, si estaban tomando drogas en el baño, o si al ser descubierta por Tito, la jefa de Casanova fingió que Casanova pretendía abusar de ella. Esa noche Nati le amenazó con tomar medidas legales si no renunciaba a su puesto, y el lunes siguiente dimitió.

—Con los contactos de su padre, a Casanova no debería preocuparle mucho perder el empleo.

De nuestros amigos, Casanova era el único que aún no había abandonado el nido. En realidad, sus padres poseían un edificio entero en Balmes, y Casanova residía un dúplex por debajo de ellos. Nunca se le había pasado por al cabeza alejarse del seno familiar, teniendo en cuenta que a su servicio tenía una especie de doncella para él solo.

—Bueno, ya sabes cómo es Barcelona. Sólo le faltó que alguien colgase un YouTube de Casanova, con esa placa tectónica japonesa que tiene por mandíbula cuando se pasa de la raya, tratando de enchufar a su jefa en los cuartos de baño de cualquier bareto de pijolandia. El mismo día que dimitió, su novia le mandó al asilo, a que se echara otra amante. Entonces sólo le quedaba Núria, y ya me dirás tú qué deseos podía tener de reencontrarse con la responsable de semejante error de cálculo.

—Perdona mi frivolidad, pero, ¿qué tiene todo esto que ver con que vayamos con Nar al Palau?

—Nar es el único que supo de la peripecia. El único que ha ido a visitarle en todo este mes en el que no ha salido de casa. Me contó que sus padres se deshacían por mejorar el ánimo de Casanova, hasta tal punto que contrataron un concierto privado en su casa cuando se enteraron de que Galliano venía a Barna. A lo largo del día tenía numerosos accesos de histeria que le hacían echarse al suelo y gimotear desconsolado; es como ver a la niña del exorcista bailando molinos de breakdance, me dijo. Un cuadro. Nar estuvo en ese concierto, de hecho, y asegura que el episodio fue devastador. Ahí tenías a Casanova, parapetado en su sofá por sus padres y vestido con un pijama mientras Galliano tocaba su música, e interrumpiendo todo el rato para ir al lavabo a sonarse la congestión de mocos y lágrimas. Flipas. En agradecimiento, Galliano le regaló a los Casanova tres entradas para su concierto de hoy. Y aquí estamos, los tres.

—Madre mía. Vaya panda.

—Ya te digo; y ahora, disfrutemos de la generosidad de los Casanova.

Bajo el grupo escultórico del Palacio nos esperaba Nar. Tras dedicarme un par de comentarios caballerosos, procedió al habitual intercambio de gruñidos machorros con Aarón («qué pasa fáker», «vaya pinta de fáker que tienes con ese corbatín», «tú sí que eres un fáker, fáker», etcétera). Nos introdujimos en el complejo de ladrillo y subimos y bajamos las escaleras del vestíbulo; antes de visitar el lavabo —sospeché que para comprobar el nivel de saturación de desodorante bajo su axila—, Aarón nos recomendó a Nar y a mí que procediésemos a buscar nuestros asientos. Una vez instalados, y con las plazas ya prácticamente ocupadas, fue Nar el primero en romper el hielo.

—Bueno, ¿y qué tal con Aarón? —Nar me disparó aquella pregunta como si acabase de recibir un calambrazo en los músculos faciales; se me ocurrió que trataba de sonsacarme alguna información furtiva en el lapso demasiado breve que compartiríamos antes de que Aarón volviese con nosotros.

—¿Bien? ¿Cómo siempre? —respondí, silabeando lentamente, con una ceja tan tensa como si me la acabase de pillar con un gancho de matadero. Desconocía si en un improbable acceso de sinceridad masculina, y digo improbable puesto que no me constaba que Aarón fuese dado a compartir detalles de su intimidad, ni siquiera a sus amigos más cercanos, mi novio pudiera haberle transmitido alguna clase de incertidumbre conyugal. En ese momento, también pensé que quizá Nar supiese de mi depilación perineal, cosa que sí me resultaba mucho más probable que hubiese sido comentada en alguna reunión entre ambos.

—Ah. Es que la última vez que nos vimos, antes del funeral de Chachito, me pareció haber percibido cierta tensión entre vosotros. Me preocupa que mis amigos estén bien —remató, con una desagradable sonrisa de hiena.

Obviamente, mi instinto me animaba a invitarle a que no se metiera en asuntos que no eran suyos, pero debía guardar las formas.

—¿No crees que si sucediese algún tipo de conflicto entre Aarón y yo, ya me ocuparía de comunicárselo a alguien con quien me sintiese más cómoda para transmitir mi hipotético desasosiego?

Es obvio que mi difusa respuesta sólo buscaba avivar las esperanzas del detective por seguir reconociendo pistas; quizá podría exprimirle un poco más. Y además, sabía por los relatos de Aarón que, debido a sus últimos descalabros con chicas, Nar también empezaba a manifestar comportamientos un tanto temerarios para conseguir nuevas presas sexuales.

—Eres muy divertida, Alexandra. Ya sabes que yo no hago favoritismos entre mis colegas.

—¿Divertida?

—¡Sí! —exclamó balbuceante, levantando delicadamente con las manos unos pechitos imaginarios, en una evidente señal de confusión—. ¡Divertida, eso es!

Por el marco del ojo vi llegar a Aarón, y entonces me llevé el dorso de la mano a la boca para tapar la risita que me causó la superlativa torpeza social de Nar.

—¿Qué pasa con vosotros?, ¿ligando a mis espaldas mientras hago pipí?

—Exactamente —contesté, ahora sí, descubriéndome aquella sonrisa de oreja a oreja.

—¿Sabéis? —carraspeó Nar—. Conozco un sitio cerca de aquí donde preparan el mejor pad thai debajo de Diagonal.

—Podíamos ir después del concierto —dijo Aarón.

—Me parece guay —confirmé—. Una cosa: ¿ése que está a punto de salir es el tipo al que se supone que debemos aplaudir?

Y Aarón y Nar asintieron y enderezaron sus espaldas, preparados para una hora y media de sublime experiencia musical que yo empleé en convocar a todos nuestros colegas comunes vía WhatsApp para la posterior cena. Que el complejo de relaciones entre nuestro grupo memoraba suficientemente a una comedia de situación quedaba claro; con la excepción, eso sí, de que todo el tiempo se violaba el mandamiento teleserial por el cual no codiciarás al cónyuge de tu prójimo, ni mucho menos cometerás flagrante adulterio a las espaldas de los demás. Aquella era una sociedad sensiblemente compleja, pero hilarante, la vieses por donde la vieses.

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