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Confesiones culturales: 11 cosas que hasta ahora no me había atrevido a decir (pero que pienso en secreto constantemente)

¿Eres de los que aplauden en los teatros cosas que no te han gustado? ¿Odias que te exijan ver ciertas series? ¿Te dan pena los perros muertos? Si es así, Carlo Padial piensa igual y aquí nos cuenta sus vergüenzas

Hay cosas que hacemos para quedar bien, pero que nos avergüenzan. Por ejemplo, aplaudir obras que nos parecen una mierda, por educación. Si eres de los que lo pasa mal por no seguir el ritmo de las series o por recibir órdenes de un DJ, este texto es para ti, sufrido consumidor cultural.

1. Hasta ahora, el 97% de mis aplausos en obras de teatro no han sido sinceros.

Es cierto. Si alguna vez me has visto aplaudir en una obra de teatro reciente, lo más probable es que mis aplausos fueran fingidos, para salir del paso. En general, pese a que admiro y leo a muchos dramaturgos, no soporto las representaciones de teatro. Me saca de quicio la sobreactuación. En especial, me desconcierta profundamente la forma en la que interpretan sus papeles la mayoría de actores sobre el escenario, la exageración actoral, como si todavía estuvieran en el siglo XVII, no lo puedo soportar, me dan ganas de levantarme del asiento y gritar: “¡YA NADIE HABLA ASÍ!”, y luego irme. No es ya una cuestión de que me desagrade desde un punto de vista artístico, es que me genera un rechazo casi físico, me entran mareos cuando un actor sobreactúa en exceso sobre un escenario, no lo entiendo, ¿por qué lo hacen? La forma en la que gesticulan, tan desmesurada, su manera de declamar el texto, parecen haber enloquecido, o estar poseídos por el maligno, me dan hasta miedo. De hecho, hay pocas cosas que me aterroricen tanto como la posibilidad de que un actor se baje del escenario y se acerque a mi localidad, pretenda hacerme interactuar con la representación, mirar frente a frente a los ojos a un actor teatral , sufro de pánico al histrionismo interpretativo. Por eso dejé de ir al teatro, porque temía que me diera un infarto, y por supuesto evito obras tipo La Cubana, montajes tipo Ángel Pavlovsky, o estos sospechosos cabarets musicales modernos que fusionan al Cirque du Soleil con una discoteca gay de Las Vegas.

2.Tampoco puedo soportar las obras de teatro que se basan en la improvisación.

Obras con títulos absurdos, que por algún motivo siempre incluyen la palabra IMPRO en el propio titulo, IMPRORISAS, IMPRONIGHT, IMPROCOMEDY, etc. En este caso, los autores del espectáculo suelen ser gente que ha llegado a la improvisación no por un exceso de ingenio sino por una evidente ausencia del mismo, y que suplen la falta de contenidos con esa supuesta algarabía monótona, con una aparatosa simpatía bienintencionada y gris. Pretenden simular que es muy divertido lo que hacen, pero en realidad es un espectáculo gratuito y absurdo en el peor sentido, basado en generar un clima de complicidad histérica, una propuesta muy inconsistente, solo apta para un publico deprimido o instalado en un estado de despedida de soltero permanente, no hay término medio, a los que les divierte las alusiones constantes a sexo, política a nivel de ascensor, y llena de lugares humorísticos comunes encadenados con chillidos y chascarrillos, improvisados con prisas, donde el único merito se reduce a que aquello está sucediendo en el momento. Y siguiendo con el teatro...

3. Tengo la teoría de que los actores de obras musicales con percusión tipo STOMP son gente muy agresiva.

Jamás he ido a ver una obra tipo STOMP porque siempre me han intimidado las personas que aparecen en los carteles promocionales, vestidos de negro y armados con tapas de cubos de basura y palos, saltando y gritando, parecen peluqueros de Giuseppe Galli a los que les ha sobrevenido una crisis maniaca, temo que si fuera a verlos al teatro y no aplaudiera lo suficiente se quedarían con mi cara, me esperarían en el callejón de afuera y me pegarían con las tapas de los cubos de basura que utilizan para sus insoportables números de frenesí timbalera, son megalómanos extrovertidos de la percusión furiosa. La paliza sonaría increíble, tendría una acústica y una coreografía enérgica y sensacional, eso seguro.

4. ¿En qué momento empecé a tomarme el ver series de TV como una especie de curro que se amontona y del que debo tratar de escaquearme?

Atrás quedaron los tiempos de "The Wire" y "24", cuando ver una serie era divertido. Para mí, inconscientemente ver series se ha convertido en una obligación. Creo que ese es el problema; la gente insiste tanto en recomendártelas, se habla tanto de ellas en Facebook y en Twitter, se destacan tanto las virtudes de tal o cual serie, que se produce el efecto contrario: me quitan las ganas de descubrirlas por mi mismo. Además, son muy largas, muchas de ellas tienen más de tres o cuatro temporadas, con lo que cuesta no vivirlo como si estuvieras haciendo deberes nocturnos o trabajando por tu cuenta. Y yo, cuando veo algo, lo ultimo que quiero es esforzarme. Si quisiera esforzarme, leería un novelón ruso, leería a Tolstói, no quiero ver "Sons of Anarchy". Debido a todo esto, a menudo fantaseo con la idea de contratar a un becario, estudiante de alguna facultad de audiovisuales, que las vea por mí y me las explique, quedar con él en un Caffè di Roma durante media hora al mes y que me explique de la forma más breve y resumida posible lo que ha sucedido en mis series favoritas. Además, es importante tener en cuenta que recomendar series en 2013 te convierte en el típico pesado que tiempo atrás, pongamos en 1996, te perseguía con un CD en el que te había grabado una selección de sus temas favoritos de Soundgarden. O lo mejor del Acid Jazz, de Incognito a Brand New Heavies. Y es que, eso me lleva a la siguiente confesión.

5. Los fanáticos de las series se parecen a los vegetarianos. No les basta con que una cosa les guste a ellos. Necesitan convertir a su religión al máximo numero de personas posibles.

Dejadme en paz, no me recomendéis mas series, vedlas vosotros. ¡Mas fruta fresca para vosotros! Encima, si no las ves, te tratan con desdén, igual que los vegetarianos. Parece que seas una especie de paralítico social, en el caso de las series un impedido audiovisual, que ya no puede participar en conversaciones casuales en bares ni cafés con sus conocidos, porque sólo hablan de series que se descargan ilegalmente. Y esto también tiene relación con el próximo punto.

6. Gracias a Internet ya no sé si soy una persona culta y llena de referentes (en cine, música y TV) o un pervertido con una extraña variante del síndrome de Diógenes retiniano.

En lugar de guardar basura en casa, almaceno cientos y cientos de archivos con películas en una calidad y resolución de mierda que nunca volveré a ver. Pero que no obstante guardo con sumo cuidado en cientos de carpetitas del Mac. Me descargo y almaceno en el ordenador discografías enteras de grupos desconocidos. Vivo rodeado de basura digital que no estoy seguro de que me aporte nada. Me descargo fotos de perros vestidos como humanos. Gracias a Internet he visto muchas más fotos de perros con gafas de sol de las que nunca soñé ver. Mi bisabuelo se murió sin conocer esto. Pero, ¿acaso le hubiera aportado algo?

7. Cada vez me cuesta más entender las películas de acción actuales.

No sé si es que están filmadas y montadas de una forma confusa, en plan videoclip epiléptico, o es que yo he perdido capacidad de comprensión con el audiovisual moderno. A menudo me comporto como cuando mi madre va al cine, que se pasa toda la película preguntando cosas, del tipo: “Pero, entonces, ¿este es bueno o malo? Quien ha muerto? Ahora quien dispara? Ah, pero, ¿tiene un cuchillo? ¿No estaba muerto ya este personaje? Entonces, ¿estos coches dónde van? ¿Por qué han ido a París?”.

8. La tendencia del monologuista español de señalar en los cárteles a quien le mira.

Un fenómeno digno de estudio. Estoy harto de pasar por ciertos teatros y ver hasta a SIETE tipos diferentes señalándome desde sus respectivos cárteles. Sencillamente, el monologuista español no puede parar de señalarte. TIENE QUE HACERLO. ¿Por qué lo hacen? ¿Se refiere acaso a la condición simpática de observador del monologuista español? Intentan decirnos algo, claro. Captar nuestra atención desesperadamente para que sepamos que toda su vida gira en torno a NOSOTROS. ¿Es por eso? Por si no fuera suficiente tortura tener que tirar de tópicos para encontrar la complicidad de un espectador al que claramente consideran una bestia salvaje que se alimenta de ideas preconcebidas y frases hechas, encima de todo esto, se ven obligados a perpetuar este extraño acto de señalar. Lo único que os pido es que seáis un poco más específicos la próxima vez que me señaléis por la calle. Dadme alguna pista, que me vuelvo loco. Cuantas veces me he parado frente a un cartel de monólogos, pensando: "Si, vale. soy yo a quien señalas. ¿Qué quieres de mí?"

9. Cuando veo comedias de los años ochenta y noventa en el que el protagonista es un perro, no puedo evitar pensar que esos perros ya están muertos.

Y me pongo muy triste.

10. No entiendo por qué a la gente le gustan tanto los conciertos de Jamie Cullum.

A todo el mundo parece encantarle ver a Jamie Cullum en directo, es como El Corte Inglés de los conciertos, lo tengo comprobado. En un mismo show he visto a gente de Esquerra Republicana y del Partido Popular locos perdidos, vibrando con ese tipo, jóvenes y viejos. A mis padres, por ejemplo, que viven desconectados de la música reciente, les regale unas entradas para un concierto de Jamie Cullum por su aniversario de boda y les encantó. Uno de los mejores conciertos de su vida. ¿Por qué? No lo puedo entender. No me lo explico. Es un misterio. Yo encuentro su música completamente anodina y sus piruetas al piano me recuerdan más a un espectáculo circense que uno espera ver cuando va a las Vegas. Una especie de Cirque du Soleil de los conciertos. Jamie Cullum es a los conciertos lo que Starbucks representa para las cadenas de café, una propuesta prefabricada e insípida con apariencia distintiva y auténtica. Tal vez sea ese el secreto.

11. Odio que la música de baile me dé órdenes.

DANCE. BE FREE. NOW. No me gusta que la música me diga lo que tengo que hacer. Entras en un bar y al instante los Black Eyed Peas (o quien sean) te están invitando a empezar la fiesta. Es horrible, esa invitación constante al hedonismo, la obligatoriedad de pasarlo bien de una determinada manera, que para mí no tiene nada de divertido. Me recuerda a los cretinos que no paran de invitarme a bailar cuando estoy en una boda, que te señalan con el dedo si pareces distraído de la juerga. O a los amigos que insisten en que hagas puenting, rafting, o paracaidismo con ellos. Dejadme en paz. No quiero ser hedonista. Paso de vivir al limite. No quiero vivir esta noche como si fuera la última. Prefiero quedarme en casa con el teléfono apagado comiendo lasaña de microondas y viendo episodios antiguos de Seinfeld, esa es mi idea de una noche memorable. Gracias.

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