Columnas

Confesiones de un fanático de Star Wars a un discípulo de George Lucas

JJ Abrams dirigirá la nueva peli de Star Wars. ¿La joderá? Más le vale que no. Casi a modo de amenaza (fantasma), va aquí una historia personal, emocional y generacional de la saga.

“Confieso que mi yo adulto sería absolutamente feliz con una nueva trilogía a la altura de las expectativas. Una que pueda ponerle a mi hijo en deuvedé, o interfaz holográmica, o unidad R2-D2, o lo que usemos en el futuro para ver películas. Si Disney destroza la épica, decenas de miles de voces gritaremos de dolor y luego se producirá el silencio.”

Ilustración de Mangaholix

Tengo pocos recuerdos felices de mi infancia, pero no porque fuese un niño triste, sino porque he perdido la memoria a largo plazo por culpa de dormir con el móvil bajo la almohada. Uno de esos recuerdos es quemar-de-tanto-ver el VHS de La Guerra de las Galaxias. La película tiene todo lo que podía desear un crío de los 90. A saber,

1) Espadas de luz,

2) Un campo de energía metafísico y omnipresente creado por las cosas que existen, que impregna el universo y mantiene unida las galaxias,

3) Un villano con la voz de Constantino Romero,

4) Un héroe irónico que pilota el Halcón Milenario y tiene como compañero un perro gigante,

5) Puedo repetir y repito espadas de luz.

Mi padre me suministró la primera dosis de Lucasfilm sin prever que convertiría a su hijo en un perfecto geek. Terminé totalmente enganchado a las aventuras de Skywalker, rasgando cortinas para confeccionarme capas Jedi y tratando de percibir la fuerza hasta que me sangraba la nariz. Mientras los críos del vecindario jugaban al fútbol en el parque, yo me encerraba en mi cuarto con la flota de la Alianza Rebelde de juguete. Mi cuarto decorado durante —demasiados— años al estilo puerto espacial de Mos Eisley.

Viendo la escena con perspectiva mientras la escribo, aquellas guerras estelares de alfombra explican que no follase hasta terminar el instituto.

Descubrir la novelas juveniles de Los Jóvenes Jedi en un mercadillo de libros tampoco me ayudó: nunca llegué a conocer a nadie alejado de una feria de cómics que conociese la tetralogía Herederos de la fuerza.

Corrijo. Nunca llegué a conocer a nadie que conociese la tetralogía Herederos de la fuerza, sin profundizar demasiado en mis investigaciones para no llevarme algún capón de los críos del vecindario, que a mí tanto me flipaba. Yo estaba enamorado de Tenel Ka, una princesa dathomiriana que se entrenaba en Yavin 4 junto a los sobrinos de Luke: Jacen y Jaina Solo.

(Inciso necesario: Le he enseñado el Word a un compañero con una camiseta de C3PO para saber si estaba enfocando bien el tema. Me ha soltado con mala hostia que «ser un friki no está reñido con ligar» y que, por ejemplo, «un amigo suyo» se compró un condón que brillaba en la oscuridad y se lo puso tras apagar las luces y poner la banda sonora de Star Wars. Chu chun, chu chu chun chun, chu chu chu chun chun, chu chu chu chum. «¡Toma sable láser!». Y me he reído tanto que he tenido que meterlo aquí.)

¿Quién se había inventado aquel engendro sin gracia llamado Jar Jar Binks?

Toda esta introducción de Virgen Hasta los Veinte tiene como objetivo justificar mi profunda desilusión tras el estreno de The Phantom Menace: ¿dónde estaba el valiente cinismo de Han Solo?, ¿quién se había inventado aquel engendro sin gracia llamado Jar Jar Binks?, ¿por qué los droides de la Federación de Comercio no intimidaban ni la mitad que un soldado Imperial? Por supuesto, si me hubieseis preguntado entonces, os habría dicho que a mí me encantaba el inicio de la nueva trilogía. Mi fanatismo por la saga era tan sólido que cimentaba cualquier fisura en las lentillas de Darth Maul. Además yo aspiraba a ser un puñetero caballero jedi y no podía dejar que me nublaran mis sentimientos.

El miedo a que la mascletá de efectos especiales dinamitase el espíritu original llevaría a la ira, la ira al odio, el odio al Lado Oscuro de la Fuerza y…, en el año 2005, Episode III: The Revenge of the Sith fue nominada a un Óscar por mejor maquillaje, y yo abandoné la sala de cine atraído por Lord Sidious. Tenía dieciséis años y sentía que George Lucas me había traicionado. Arranqué uno a uno los posters vintage plastificados, guardé con cuidado las maquetas de los cazas Ala-X y luego me dediqué por entero a mis demandas hormonales. Sin ningún acierto inicial.

Por más que por las noches aullara como un Wookie en celo.

Al fin terminé descubriendo los macrobotellones y el amor y la certeza de que no se olvidan. Y que lo mismo ocurre con cualquier libro, canción o película que haya esclavizado tus pensamientos durante un lapso de tiempo: siempre será un número de tu Documento Cultural de Identidad. Un recuerdo agazapado, que espera a que un encontronazo imprevisible descorche la emoción que asociabas a su compañía.

¡Plop!

"Ninguna de las modernas criaturas digitales iguala la ternura de los ewoks. Y de Yoda mejor ni hablamos"

Pero nadie puede pasarse la vida huyendo de cenas de ex alumnos o stalkeos impremeditados porque Instagram que no ves corazón, que no siente. El Día del Friki me armé de valor y decidí destapar mi tarro de las pasiones intergalácticas por cuenta y riesgo. Lo peor que podía pasar hubiese sido que rebuscase en el viejo trastero hasta encontrar aquellos cazas para devolverlos a… Vale, ya lo he hecho. Creo que decorar mi piso de soltero con mis trastos infantiles es sexi. O debería serlo para el tipo de mujeres que me convienen. Sólo creo.

Celebré el 25 de Mayo viendo las seis películas seguidas por orden de antigüedad, mi homenaje particular a la primera trilogía que supone que es la segunda y a la segunda que es la primera y a «empezar el destructor imperial por la torreta de mando». Eso son doce horas y media de Obi Wans con distintos peinados haciendo breves paradas para hidratarme. Y para ser sinceros, hacía tiempo que lo deseaba. El espacio me estaba enviando señales continuas: J.J. Abrams reuniendo al plantel original para el episodio VI, Chewy cumpliendo años, Domhnall Gleeson confirmando su incorporación, etc. La década de pausa mereció la pena (y aquí hace su aparición el tópico de la infancia perdida): viendo Star Wars me lo pasé como aquel crío que soñaba con viajar hasta lejanos sistemas estelares, cuando mi vida era una aventura intergaláctica por empezar.

Aunque descubrí un detalle que me hizo dudar de mi nivel de midiclorianos en sangre: la cicatriz de Mark Hamill.

Sorprendido por la fisinomía de Luke en La Guerra de las Galaxias, averigüé que la escena del wampa en las nieves de Hoth se reescribió para justificar un accidente de coche fuera del estudio. Aproximadamente 41.700 resultados en 0,33 segundos fueron el resultado de la búsqueda en Google de «accidente Mark Hamill». Entre las teorías establecidas destaca la conspiranoide que describe que el americano falleció en el siniestro y fue sustituido por un figurante sometido a cirugía facial.

¡La hostia!

Me quedé congelado en carbonita.

Esa cara repleta de matices de Luke, desaturada e iluminada parcialmente durante el combate contra Dart Vader en El retorno del Jedi, ilustrando su combate interno por los lados de la fuerza, con la mejilla hundida y el ojo izquierdo más grande que el derecho, era fruto de un quirófano circunstacial. O directamente no era la suya. Y eso justificaba su posterior leyenda de malditismo hollywoodiense y exitosa carrera de doblador.

Y yo no lo sabía.

Por lo que tampoco conocería otros misterios de la franquicia espacial y podía disfrutar del metraje con nuevos ojos. Con retinas vírgenes. Con la distancia necesaria para disfrutarlo como la primera vez. Y hasta la segunda trilogía no me pareció tan mala. Aunque sea más infantil y carezca del encanto sci­-Fi setentero de los alienígenas de peluche. Ninguna de las modernas criaturas digitales iguala la ternura de los ewoks, el estilazo de la orquesta jazz de cara-culos que ameniza las matanzas de Jabba el Hutt o el carácter del almirante Gial Ackbar. De Yoda mejor ni hablamos.

(Segundo inciso necesario: durante mi corta y exitosa etapa de monitor de campamento, dirigí a los Comanches en la finalísima del Juego de las Preguntas. Tras la ronda relámpago, estábamos empatados por puntos con los Ninjas y nos jugábamos el todo por el todo a la Respuesta Final. «¿A qué raza pertenecía Gial Ackbar?» Y yo susurré al oído de mi capitán Comanche «Mon Calamari». Vencimos a los Ninjas convirtiéndome en una leyenda indígena».)

Pero mejor vayamos cerrando: creo que he escrito estas cosmolíneas para expresar públicamente mi deseo de que J.J. Abrams no la joda. Confieso que mi yo adulto sería absolutamente feliz con una nueva trilogía a la altura de las expectativas. Una que pueda ponerle a mi hijo en deuvedé, o interfaz holográmica, o unidad R2-D2, o lo que usemos en el futuro para ver películas. Si Disney destroza la épica, decenas de miles de voces gritaremos de dolor y luego se producirá el silencio.

Que la fuerza nos acompañe.

Tags: ,

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar