Columnas

Cocooning

La tecla sensible: consideraciones sobre el piano en la actual escena neoclásica

Sylvain Chauveau, que toca como quien escucha caer la nieve, está claro: “El rey de los instrumentos acústicos es el piano; en la tradición de la música occidental es el instrumento del poder, del compositor entendido como genio, la herramienta que puede representar a la orquesta completa”. Es por esto por lo que asegurar que hoy se está viviendo un revival del piano resultaría, como poco, imprudente (por no decir irrisorio). Si hay un instrumento, uno solo, que nunca ha pasado de moda desde que existe (ni pasará), es ése del que estamos hablando aquí. Y, sin embargo, es cierto que en los últimos tiempos se ha dado una recuperación de su uso –en su acepción más pura– en la música popular. Hay un boom, si bien no del piano, sí de discos en los que el piano es la fuente primera del sonido. A diferencia de las canciones “con” piano –una idea en la que entraría muy adecuadamente, pongamos por caso, Elton John; esperemos que se capte el matiz–, cada vez son más, y cada vez más aceptadas, las composiciones fuera de la música clásica (y de la música para películas) que consideran el piano como la herramienta de comunicación más válida.

Hay quien usa, pues, el piano como un objeto ostentoso –hay quien busca de él, más que su aroma y su tacto, la tremenda presencia escénica que posee; si fuera un animal, sería un caballo árabe–, y quien lo tiene porque con él transmite las emociones más profundas en un diálogo íntimo con el oyente. Ése es el matiz que explica el antes citado “boom” del piano, un repunte de popularidad que nada tiene que ver con grupos como Keane o Coldplay, ni con solistas como Alicia Keys o la omnipresente Lady Gaga: en su gira actual, cómo no, hay incluidos un par de números en los que aparece ante el teclado, a pelo, con dramón incluido. De todos modos, no hay nada que pueda conectar la obra de Nils Frahm con las lágrimas de cocodrilo de Gaga o la pirotecnia de Keys. El piano per se no es un elemento definitivo: lo es la intimidad del uso, el cariño que se le da, las caricias con las que se le obsequia en el roce de la yema del dedo al iniciar una escala. Y en los últimos tiempos, una joven generación de compositores autodidactas, poco virtuosos pero tremendamente sinceros, han conseguido lo que parecía difícil en esta era tan tecnológica: situar otra vez al piano al frente de la creación underground. El piano, siempre identificado con lo burgués, con lo ostentoso, con la balada lacrimógena falsa y con Beethoven, aflora ahora como un canalizador de temblores, como un médium que subraya la fragilidad del hombre común.

“Yo siempre tengo que tener un sentimiento para expresar, si no mi música deja de serme interesante”, explica David Wenngren, que llega grabando desde 2005 como Library Tapes. “Lo primero para mí siempre es la emoción”, asegura también Peter Broderick. “Si me tuviera que concentrar en la técnica, me sentiría decepcionado con el resultado. No he estudiado piano, mis manos son muy torpes”. Mientras en el pop se puede estilar el piano como falo –un instrumento, como indicaba Chauveau, de poder, pero también de exhibición–, en el segmento neoclásico se ha generalizado el piano como burbuja de aislamiento emocional, sin virtuosismo ni alardes técnicos. La mayoría de estos músicos parten de una aproximación humilde y do-it-yourself, y eso es lo que les proporciona un aura de verdad; esa intimidad que nunca es impostada les hace cercanos, entrañables, fáciles de querer. Si se les pregunta, identifican su música con situaciones de soledad y pausa. “Tranquila, contemplativa, mejor escuchada de noche y si es posible con un vaso de buen whisky”, sugiere Greg Haines como mejor situación para escuchar sus velos de piano y electrónica. “Medio despierto, medio dormido, muy metido en la música”, prefiere Dustin O’Halloran. Y para Chauveau, el lugar y el momento es inamovible: “Si es en una sala de conciertos, lo mejor es estar sentado y tranquilo, escuchando las piezas, relajado, abierto, para percibir los detalles. Hay que aceptar la lentitud. Hay gente que me ha dicho alguna vez que esta música funciona de fondo cuando estás haciendo el amor. Me gusta. Quiero pensar que esta música sirve para eso”.

¿Qué separa este piano contemporáneo, intimista, tímido, de los discos de piano solo que circularon a finales de los ochenta y mediados de los noventa en los laterales de la música new age? Tal como hablan algunos artistas, siempre anteponiendo la emoción y la sinceridad a cualquier otra cosa, destacando la lentitud y la intimidad, podría ser un discurso al que tenían en su día pianistas como David Lanz, George Winston, Liz Story e, incluso, el belga Wim Mertens en algunos de sus primeros discos: un discurso frontalmente enfrentado a la Academia y al pop, privado, romántico y generalmente empalagoso (recuérdese que, en su día, la banda sonora de “El Piano” escrita por Michael Nyman no gustó a todo el mundo). En lo estético hay diferencias importantes –Greg Haines, Max Richter o Library Tapes acompañan muchas veces el piano de un trasfondo electrónico; Peter Broderick lo acomoda al lado de una guitarra o el viento que entra por la ventana, y en el caso de Chauveau puede ser una pieza más en un ensemble–, pero la diferencia recae más en el background y los gustos. Para la mayoría de estos pianistas, con la gran excepción de Francesco Tristano o Nils Frahm, el jazz no es una fuente de inspiración. En cambio, la mayoría sí están familiarizados con la música electrónica, con el software y entienden su estética como una evolución de ciertos artistas que integraron el piano en un discurso IDM o como una reacción contra el abuso de la tecnología en los últimos tiempos. “Quizá los músicos de la pasada década han estado tan sumergidos en la tecnología (tanto en la música como en la vida diaria) que se ha sentido una necesidad de volver a lo acústico”, reflexiona Sylvain Chauveau. “En los noventa, la mayor parte de la innovación venía de la música electrónica. Aparecieron cosas maravillosas y muy creativas, de Oval a Aphex Twin, de Pan Sonic a Ikeda, del minimal techno al glitch. Pero la electrónica pura llegó a un callejón sin salida, o se produjo una saturación. Hacia 1998 yo ya sentía la necesidad de un regreso a lo acústico en la escena experimental y underground. Aparentemente, no iba mal encaminado”.

Un trabajo que se cita como crucial en la aceptación del piano en el underground es, curiosamente, uno de los discos más alocados de la IDM reciente, ese infierno de breaks titulado “Drukqs” (2001), de Aphex Twin. “Ese disco, o el “Piano Solo” de Gonzales , ayudaron mucho a devolver el protagonismo al piano”, indica Nils Frahm. En ese momento, ya estaba abierta la veda para utilizar el instrumento en contextos de muy diferente cariz, pero sobre todo discos como el de Aphex Twin –que citaba de manera muy subliminal a la furniture music de Erik Satie y a la música para instrumentos mecánicos– normalizaron la extraña relación entre equipo electrónico y el teclado rey. No es que ayudara a los músicos –de verdad, ¿alguien cree que Alva Noto y Ryuichi Sakamoto necesitaban la sanción favorable de Aphex Twin para lanzarse al proyecto de glitch + piano de los discos “Vrioon” (2002) e “Insen” (2005)?–, pero sí permitió que mucho público del post-techno se adentrara sin miedo en paisajes de textura acústica. Es precisamente ese cambio de mentalidad del público joven y familiarizado con la música de club la que ayudó a que los discos de Sakamoto y Noto no se quedaran criando polvo en el gueto experimental. Ese público, a medida que ha ido creciendo y adoptando un estilo de vida más sedentario, es el que, huelga decirlo, mejor le sirve a esta música.

Es interesante apreciar, también, como esta generación de pianistas instintivos quieren desmarcarse de cualquier herencia de la música clásica. Son hijos del siglo XX. Como dice Sylvain Chauveau, “por alguna razón, no soy capaz de disfrutar de ninguna música hecha antes de 1880”. El músico francés explica su paso al piano como una rebelión contra el rock, y recuerda como “a finales de los noventa me di cuenta de que si seguía tocando rock, sólo estaría imitando la música de los ingleses y los americanos, así que empecé a mirar en el background cultural francés y me encontré un puñado de compositores de finales del siglo XIX y principios del XX como Satie, Debussy y Ravel , y pioneros de la electrónica como Pierre Schaeffer y Pierre Henry”. Satie es citado a menudo como influencia –nadie se reconoce, en cambio, en Chopin o Listz–, y otros nombres que afloran son Arvo Pärt ( “él cambió mi vida para siempre”, asegura Greg Haines) y minimalistas americanos como Glass o Reich. En estas elecciones es donde se evidencia el distanciamiento del piano neoclásico de los grandes compositores –sólo Francesco Tristano preferiría a Bach por encima de Górecki– y la preferencia del estado de ánimo por encima de la riqueza cromática de la composición.

Y más importante aún: nunca citan a sus contemporáneos –músicos por debajo de los 40 años, para entendernos– como influencia. La escena de piano neoclásico lo es porque los discos que se editan tienen parecidos estéticos o comparten sello – Type, Kning Disk, Erased Tapes, Sonic Pieces–, pero nunca porque los músicos hayan tejido una red social de intercambios, apoyos o colaboración estrecha de cualquier tipo. Son entes aislados y privados, aunque el momento y el crecimiento del volumen y la calidad del material ha terminado por llevar a construir un falso circuito en el que no hay tantos músicos ni tanto público, pero sí talentos motivados y un nutrido grupo de fieles.

Por ejemplo: del 2 al 17 de diciembre, en Barcelona, en el Espai Cultural Caja Madrid, se celebrará el ciclo “Pianismos”, comisariado por el periodista Arnau Horta y que recogerá, en seis sesiones siempre en jueves y viernes, un concierto de piano solo (y electrónica de apoyo, si se tercia), con nombres como Chauveau, Frahm o Library Tapes. Peter Broderick, además, ha empezado a incidir en el indie adicto al material sensible con sus discos cercanos al folk, aunque sigue grabando maravillas en su estudio casero en las que el piano se mezcla con el sonido de la lluvia en otoño. Keith Kenniff, también conocido como Helios o Goldmund –uno de los primeros auteurs de la escena neoclásica que empezó el boom de los discos de piano con aquel frágil “Corduroy Road”– ya ha entrado donde quería, que es el circuito de música para películas, con la banda sonora de “The Last Survivor”, recién editada. Y para completar esta sensación de escena e interés activo en algunos focos del underground, nótese cómo aparecen los primeros recopilatorios: hace poco, el sello American Typewriter ponía en circulación un vinilo, titulado “Keys (A Comprehensive Collection Of Contemporary Piano Compositions)”, que reunía temas exclusivos de Richard A Ingram, Library Tapes, Rafael Anton Irisarri o Machinefabriek.

“Parece que esto se ha convertido en un fenómeno ahora mismo, pero no acierto a saber por qué. Podría ser una rebelión contra toda la música de guitarras o electrónica de los últimos veinte años. Yo siempre he escrito música al piano, así que para mí no es un instrumento extraño. No sé si con otra gente ocurrirá lo mismo”, reflexiona Dustin O’Halloran. Ese “otra gente” delata que no se comunica con nadie, que vive en su nirvana privado sin contacto con el exterior. Es por esto por lo que la “escena” se va a mantener viva mucho tiempo: primero, no es ninguna escena, sólo una suma de individualidades gemelas, y segundo, porque el piano es un instrumento que no puede pasar de moda. Con estos músicos no se puede hacer marketing, ni se puede empaquetar su música con un añadido fashion. Ni siquiera el track más vendible al mainstream de esta hornada –el single “Returnal” de Oneohtrix Point Never, tocado al piano y con Antony a la voz– tiene potencial como hit pop. La música para piano sólo tiene un escenario posible: afectar al oyente a un nivel profundo, traspasando la piel, y sin mayor compañía que la de una persona a lo sumo. Puede ser el instrumento individual o con acompañamiento de cello (como hace Haines) o de electrónica digital –se espera, por cierto, nueva colaboración de Alva Noto y Ryuichi Sakamoto para 2011, y ojalá Kenneth Kirschner siga editando material, con o sin Taylor Deupree; la serie “Post-Piano” merece más entregas–, puede estar más o menos evolucionado a un nivel tecnológico –Sylvain Chauveau sueña con “un piano que nunca desafine y que no emita sonidos al pisar los pedales”–, pero siempre fiel a su sonido. Lo importante es que nunca desaparecerá, porque como bien dice Peter Broderick, todo este escenario actual, este supuesto boom, es en realidad una ilusión. ¿Qué hay de nuevo ahora? Nada. “¡El piano ha experimentado un montón de booms desde hace mucho tiempo!”. Tiene razón. Pero este “boom”, afortunadamente, está siendo especialmente provechoso, prolongado. Tan prolongado que el momento actual es todavía un momento dulce.

“Idiosynkrasia”, de Francesco Tristano, ya está a la venta a través de Infiné. “Like Green Grass Against A Blue Sky” (Auetic), de Library Tapes, “The Last Survivor” (Circle Into Square), de Keith Kenniff, y la recopilación “Keys (A Comprehensive Collection Of Contemporary Piano Compositions)” (American Typewriter) también son material fresco.

El ciclo “Pianismos: Nuevas Músicas Para Piano”, se desarrollará en el Espai Cultural de Caja Madrid (Barcelona) del 2 al 17 de diciembre con la participación de Sylvain Chauveau (día 2), Nils Frahm (día 3), Dustin O’Halloran (día 9), Library Tapes (día 10), Greg Haines (día 16) y Peter Broderick (día 17).

Peter Broderick estará también los días 10 y 11 de diciembre en Le Club de La Coruña y en el Café Torgal de Orense, dentro de los conciertos organizados por Son Estrella Galicia.

10 álbumes de piano que debes escuchar

En ningún caso se trata de un canon, sino de un amplio muestrario para iniciarse en el sonido del piano neoclásico en sus diferentes variantes: solo, con acompañamiento de otro instrumento o una capa electrónica o directamente desfragmentado y desintegrado. En estricto orden de publicación.

Sylvain Chauveau: “Un Autre Décembre” (130701, 2003)

Tras su paso por varios proyectos de post-rock, Sylvain Chauveau empezó a desgranar poco a poco su nueva orientación neoclásica. “Un Autre Décembre” es su primer disco de piano solo, frágil como el cristal, de clarísima inspiración satiesca y pleno de bellas miniaturas.

Gonzales: “Solo Piano” (No Format-Universal, 2004)

Gonzales tenía imagen de bufón en la corte electrónica: su aspecto sucio, sus ademanes de rapper, su lengua soez, no habían preparado al público para esto. Y esto es un disco de inspiración romántica, perfectamente ejecutado, en el que el canadiense peludo se demostró un pianista entrenado al más alto nivel. Más Schumann que Clayderman.

Goldmund: “Corduroy Road” (Type, 2005)

Las piezas incluidas en “Corduroy Road” son adaptaciones muy sutiles de canciones populares americanas que circulaban por el país durante la Guerra Civil, hace 140 años. Keith Kenniff las redujo a píldoras amargas de toque delicado y armonías sombrías, un disco –como varios de los suyos– sobrevolado por la muerte.

Kenneth Kirschner: “Post_Piano 2” (12k, 2005)

“Post Piano”, para el compositor neoyorquino, significa practicar la misma operación que el post-rock en su día: utilizar un instrumento concreto de manera que suene a algo distinto. Aquí no es una guitarra sonando como un teclado sintetizado, sino un piano sonando como un software al estilo Max/MSP: glitches, clicks y texturas subcutáneas con alguna nota real flotando a modo de contraste. Alva Noto + Ryuichi Sakamoto: “Insen” (Raster-Noton, 2005)

“Insen” no es tan radical en su estética como los discos de Kirschner. Su impacto, por eso, es más duradero: la belleza de estas composiciones superan las de “Vrioon”, y en ellas se entrelazan con total cercanía las notas impresionistas de Sakamoto con los fríos pulsos digitales del amo de Raster-Noton. Obra maestra perdurable.

Peter Broderick: “Docile” (Kning Disk, 2007)

Antes de que Broderick fuera un autor reclamado por diferentes sellos y públicos, el de Portland se estrenó con una bagatela de piano solo para el sello danés Kning Disk, en el marco de una mini-colección de discos sólo con el instrumento rey. Suena más tímido que nunca, se le notan los nervios. Es un disco de aprendizaje, pero sincero de principio a fin.

Francesco Tristano: “Auricle Bio On” (Infiné, 2008)

Aquí, parece que suenen a la vez un piano desfragmentada y unas bases techno. En realidad, todo es piano: un piano tocado en sesiones de jam, luego pasado al disco duro, atomizado en Ableton Live y reconstruido a diferentes niveles: está el plano Barroco que tanto gusta a Francesco Tristano, está el piano ambient y el piano grave que parece al final una producción de Basic Channel (tras los controles, de hecho, está Moritz Von Oswald). Un rompecabezas insuperado hasta ahora. Nils Frahm: “Wintermusik” (Sonic Pieces, 2009)

Nils Frahm en su versión más grave, más triste: en paralelo a “The Bells”, su disco más difundido, entregó también esta colección de composiciones de recorrido corto inspiradas en el invierno. No es un disco navideño, sino un disco que pretende potenciar el estado de ánimo reservado de los días de frío. Lo extraño es que esta música tan esquelética da calor.

Danny Norbury: “Light In August” (Lacies, 2009)

No es un disco de piano solo: aquí está también Peter Broderick dando compañía, y los sonidos de “Light In August” salen simultáneamente de un cello trémulo y un piano que suena como gotas de lluvia cayendo a cámara lenta. El efecto es placentero y tiene mucho que ver con el título: no es un disco frío de invierno, sino un disco íntimo de puesta de sol veraniega.

Library Tapes: “Like Green Grass Against A Blue Sky” (Auetic, 2010)

El sonido Library Tapes llevado al siguiente nivel: el piano suena más transparente que nunca, como el aire que se filtra por el espacio libre que dejan las ramas de los árboles; la electrónica sigue detrás, subrayando el discurso, pero también penetrando los poros de la piel. Hay que escuchar de noche, la chimenea encendida, el exterior mudo.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video

cerrar
cerrar