Columnas

Cocooning

Por Javier Blánquez

Cocooning Javier Blanquez Música a la bartola. Quien se haya educado en una moral cristiana, sabrá que la pereza es pecado capital y motivo por el cual se puede ir al infierno. No es un pecado tan grave como la envidia, que nada más aporta que corrosión sin satisfacción, pero se comprende que se vea mal la pereza ante ciertos ojos: mientras unos se matan por levantar el país y sacar las cosas adelante, hay allí un ejército de holgazanes que medra bajo los pinos, tañe pífanos y se camufla entre la vegetación practicando el estatismo y la fotosíntesis. Hay quien cree que ésta es una columna que celebra la molicie, y no es del todo cierto: aquí lo que se premia es el largo momento de distensión –los estiramientos del alma– tras un día bien empleado en cosas productivas. Tirarse en el sofá para escuchar música o tirarse a la pareja son premios justos al final del día, como esa media lata extra de paté de buey que le damos de comer al gato si el bicho se ha portado bien. No se hace aquí proselitismo de la holganza a bulto, sino del folgar responsable. Tampoco es una columna yonqui para huir de la realidad. Cocooning, ya deberían saberlo, es una humilde guía de consejos para fans del sonido horizontal –hay una horda encerrada en el armario, amedrentada por la todavía presente tiranía filo-rockista; ya saldrán– y busca, claro que sí, un fin hedonista: acompañar algunas de las horas en las que se puede escuchar con atención, leer con pausa, reposar en profundidad. Discos que no perturban el espíritu –para eso ya tenemos Implantes de silicona, que es la parte canalla: sepan que uno es Géminis y a mucha honra–, sino que lo sosiegan, lo ceban de eternidad y, de paso, lo ennoblecen un poco. Por cierto, huyan del “Pieces In A Modern Style 2” de William Orbit como si fuera la peste bubónica. Su profanación por segunda vez de los grandes maestros debería ser motivo para recibir una invitación a pasar las vacaciones en una cárcel de máxima seguridad en Irán.

Ducktails: “Ducktails” (Not Not Fun) J.D. Emmanuel: “Wizards” (Important)Estos dos discos muestran un aspecto importante del rincón sonoro por el que nos preocupamos en esta columna: la obsesión con la recuperación nostálgico-borrosa del pasado, una práctica que a veces puede rozar la insistencia exagerada. Ninguno de los dos es nuevo –el de Ducktails es del año pasado y ahora vuelve a plancharse en vinilo; el de J.D. Emmanuel es de 1982–, pero tienen su importancia arqueológica: el primero marca un momento dulce y nunca bien recompensado de la escena hipnagógica y el segundo indica hasta qué punto se puede ir hasta el fondo del rescate de obras olvidadas de la corriente cósmica. La de “Wizards”, además, es una historia de infortunio: en su momento el disco quedó sepultado bajo la avalancha new age de la época –una masa de artistas en la que flotaban pseudo-místicos con sintetizador del tipo Deuter, Mind Over Matter o Robert Schroeder– y ha aparecido recientemente en CD y vinilo –dos veces– aprovechando el momento de interés por los mantras de secuenciadores vintage. Le pierde a “Wizards” la carga exagerada de fondo planeador mágico-esotérico, pero no deja de ser una obra curiosa –que puede desencadenar un efecto secundario no sabemos si deseable: la reedición de la integral de Neuronium–. “Ducktails” es un rescate más interesante y justo: Matthew Mondaline es uno de los primeros pasos en el camino de las guitarras distorsionadas con textura de sol veraniego, de las voces apagadas, el reverb lo-fi y el desvanecimiento del pop en la bruma chill-wave. Que Ducktails se revalorice, pues, sería un alivio. De hecho, Shdwply Records saca ahora el 7” “Apple Walk / Mirror Image Index” y Olde English Spelling Bee reedita “Landscapes”, su otro y magnífico álbum del año pasado.

Outer Space: “Outer Space” (Arbor) Brother Raven: “VSS-30” (Digitalis) Suum Cuique: “Midden” (Young Americans)La fiebre por el sintetizador modular y el giro analógico que ha tomado la mayoría de la música electrónica es el último clavo en el ataúd de la obsesión digital de hace unos años: ahora, la colección de plug-ins se ha cambiado por visitas furtivas a eBay, a ver qué cae. Es la ley del péndulo de toda la vida, y llegará un momento en que ya no estará de moda comprar teclados antiguos y volveremos a la pantalla del ordenador y el ratón. Pero mientras lo cósmico esté candente, habrá discos como el de Outer Space –o sea, John Elliott, miembro de Emeralds–, en los que prácticamente en cada pieza hay un bucle melódico al estilo de los que Christopher Franke extraía para Tangerine Dream en su época titánica. Mola el vinilo transparente y la portada con el cielo azul y la Luna, tan setentas que ni deja espacio para la imaginación, y en eso mejora considerablemente a la portada fea del “VSS-30” de Brother Raven –dúo con base en Seattle formado por Jamie Potter y Jason E. Anderson–. Pero el contenido es otro cantar: es planeador e intergaláctico, retro y surcador de espacios insondables, pero de textura más áspera, no exactamente revivalista: utilizan su arsenal de viejos sintes para experimentar, para dejar que se comuniquen entre ellos, y el resultado es disonante, arrítmico e incluso un poco enervante. Si encima le añadiéramos algún instante de techno glaciar a lo Pan Sonic, entonces tendríamos “Cartoon Life” o, mejor aún, el “Midden” entero de Suum Cuique, el mejor disco de este lote.

Rafael Anton Irisarri: “The North Bend” (Room40) Chris Abrahams: “Play Scar” (Room40)Con estos dos discos se resume un estado de forma excepcional tanto en lo colectivo – Room40, el sello fundado por Lawrence English, poco a poco ha ido creciendo hasta ocupar una plaza de privilegio en el circuito ambient de primer nivel, en los alrededores de 12k o Type– como en lo particular. Chris Abrahams, miembro de The Necks, ya no falla cuando tiene que entregar un disco en solitario. Es cierto que su libro de estilo se limita a la manipulación digital de instrumentos y a esparcir pitidos, texturas de cristal y notas prolongadas hasta llegar a Plutón sobre un fondo que alterna entre la delicadeza extrema y la disonancia que se preocupa por no poner demasiado nervioso. “Play Scar” es algo más agresivo que “Ocean-Feeling Like” (firmado con Mike Cooper), pero aún así la sensación de flotar en un mar azul, con el sol tibio de la mañana sobre la cabeza, recorre el disco. En cambio, el de Rafael Anton Irisarri –segundo álbum del año tras el de The Sight Below– es más montañoso, más de bosques e invierno, invadido por ese primer frío tras el fin del verano que a algunos tanto gustirrinín nos da.

Memoryhouse: “Choir Of Empty Rooms” (unreleased) Tanner Menard: “The Oceans Of Your Aura” (Slow Flow) Mark Harris: “The Boy Observes The Ocean” (Hibernate)De placer va este bloque. De placeres ingrávidos, más exactamente, pues no todo es espinoso en este jardín. Hay flores bellas y translúcidas también, hay música que de tan etérea parece una mota de polvo. La que hacen Memoryhouse no es transparente, de hecho: es un chorro de ambient embriagador y de redondeces rotundas, un rayo de luz esplendorosa, magnífica, que ocupa todo el espacio de la casa con un pedazo de paraíso. Sí, ha quedado cursi, pero este “Choir Of Empty Rooms” es celestial en muchos de sus instantes más inspirados ( “Elena”, “Everyone Hears The Voice”), como una versión engordada de las bandas sonoras de Cliff Martinez o de los viejos discos de Eno tipo “Discreet Music”. No tiene sello adjudicado todavía –en breve se anunciará–, pero Evan Abeele ya lo ha hecho circular. Ojalá sirva para hacerles ganar un culto de seguidores: hay un hueco, el que han dejado Celer, que Memoryhouse podrían ocupar. Aunque ojo: habrá hostias para prevalecer. Mark Harris salta a esta arena del ambient delicado con un álbum cargado de muestras grabadas en playas furiosas y mares rebosantes de vida y que es como el ir y venir de las olas: a veces manso y sedante, a veces tan enérgico que hasta salpica de lejos. “The Oceans Of Your Aura”, si nos ponemos en este plan, es entonces para submarinistas del audio, un disco abisal y tranquilizante, sin el punto gélido de un álbum de Biosphere o Elegi, pero igualmente imponente. En un punto intermedio, el absorbente mundo de Tanner Menard, que es un poco menos líquido y algo más gaseoso, otro joven valor que quiere, con su música, negar la ley de la gravedad.

Celer: “Panoramic Dreams Bathed In Seldomness” (Basses Frequences) Clowbeck: “From Which The River Rises” (Sustain-Release)De dolor va este bloque. Tanto Will Long –único depositario del legado de Celer– como Richard Skelton –autor que se esconde tras el alias Clowbeck– comparten la experiencia dolorosa de haber perdido a sus parejas. Danielle Baquet-Long, como ya se ha dicho aquí, falleció un año atrás en su propia cama, prolongando el sueño de Morfeo con el de los justos, y desde entonces Celer no existe como entidad creadora, sino como entidad administradora de todo el material que se grabó y que Long desea ir dosificando en entregas. Algunas son más testimoniales que ricas en contenido y emoción, pero “Panoramic Dreams Bathed In Seldomness”, álbum en CD de duración amplia, se alza rápidamente como uno de las mejores aportaciones de Celer a su sonido de marca: un ambient que salta sin interrupciones de lo nebuloso a lo tétrico, de lo suavemente escalofriante a lo infinitamente quieto. Conocidos los antecedentes, nunca más esta música sonará a paz, como tampoco la de Richard Skelton: su nueva pieza bajo el alias Clowbeck insiste en la distorsión de guitarras e instrumentos de arco y se divide en dos mitades casi exactas que juntas suman algo más de media hora. Banda sonora para un posible western que substituyera la nieve de “The Claim” por un suelo rocoso cubierto de ceniza, como la entrada al infierno de Dante. A ver quién habla de pereza ahora.

Andrew Hargreaves: “Fragments” (Lacies) Andrew Hargreaves: “Defragment” (Lacies)Del mismo modo en que a Troy McClure se le conoce en Springfeel por haber estado en todo tipo de películas de bajo presupuesto y calidad discutible, a Andrew Hargreaves se le conoce por ser 50% de The Boats y por haber participado en un buen puñado de discos de electrónica melódica lo-fi, de techno juguetón y experimentos de naturaleza neoclásica. El hombre maneja con soltura el ordenador y es ya un maestro consolidado del microsonido hermoso, y a la vez toca el piano. “Fragments” es un álbum en el que todos esos elementos estéticos entran en juego y están dispuestos de una manera de lo más armoniosa: fluye tranquilo y encantador, orgánico y sintético a partes iguales –lo mejor es cuando los glitches interrumpen las notas como si fueran grillos o cigarras, o cuando unas notas agudas de piano se infiltran entre el tejido digital–. Todo lo que no encontró su lugar en “Fragments”, Hargreaves lo ha reunido en “Defragment”, que viene a ser como las notas a pie de página en un libro que merece explicación, sólo que en doble CD. En cualquier caso, este texto no puede acabar sin dar kudos al talento que ayuda a solidificar la consistencia de esta obra tramada con modestia y que alcanza gran altura. Danny Norbury, pianista y cellista, aporta su talento para que caigan las notas con la solemnidad que requieren instrumentos tan nobles. Escucha esencial para antes de ir a dormir. [Para quien quiera más cello, revísese “Last Day In July” (Julia Kent), “Thousand Words” (Portland Cello Project) y la reedición de “Mount A” de Hildur Gudnadóttir].

Arandel: “In #D” (Infiné) Concern: “Caesarean” (Slow Flow)No se nos debe pasar por alto el álbum de Arandel. Quién o quiénes son, no se sabe, el sello Infiné lo guarda como un pequeño misterio. No se sabe más porque tampoco se ha preocupado mucho la gente por preguntar, y es que “In #D” es todavía un secreto poco compartido. Ayudemos, pues, a que se corra la voz: como el sensacional “Auricle Bio On” de Francesco Tristano, tiene la audacia de fundir en un mismo discurso el latido de la música de baile –hay techno-dub y deep house con detalles micro– con la riqueza tímbrica de un ensamble de cámara. Así, donde debería haber un glitch, o más sintes, Arandel consigue que aparezcan violines, oboes y un coro de iglesia. La intersección está cuidada con mucha atención, y en ningún momento es ni un pastiche neoclásico con bombo desbocado ni un disco de techno presuntuoso. Es algo más profundo, más interior: es un experimento de texturas en el que nada se ha discriminado y dos mundos aparentemente lejanos han encontrado conexiones. Lo mismo ocurre en “Caesarean”: Concern viene del mundo drone, pero este nuevo disco está enriquecido con cuerdas y vientos cinematográficos que añaden variedad, gravedad y restan aburrimiento, y que pondrá palote a quien tenga los discos de Akira Rabelais en un altar.

Steve Reich: “Double Sextet / 2x5” (Nonesuch) Steve Reich, el minimalista entre minimalistas –ni tan fecundo ni tan al alcance popular como Philip Glass, pero con idéntico prestigio que LaMonte Young y Terry Riley–, ha vuelto a grabar. Componer ya va componiendo – “Double Sextet”mereció el año pasado el Premio Pulitzer–, pero la fijación de esas mismas piezas en un soporte fijo, para que queden para los anales, no es algo tan frecuente. La ocasión del Pulitzer, sin embargo, lo merecía y “Double Sextet” muestra a un Reich en plena forma dentro de un estilo consolidado: la precisión rítmica, el uso de marimbas y de la técnica del phasing que ya había quedado insuperable en “Music For 18 Musicians” y “City Life”, son la base cromática de una pieza que no va a sorprender, pero que sí va a gustar porque es como Reich de bolsillo y para todos los públicos. Y mucho más eficaz que “2x5”, la prueba definitiva, quizá, de que a estas alturas a la música de Reich no le sientan bien los cambios. “2x5” pretende ser más rockista –hay dos guitarras eléctricas, lo interpreta el ensamble Bang On A Can–, aunque viene a ser lo de siempre pero con un acabado extraño, como una revisión menor de “Electric Counterpoint”. Dicho esto, ya tenéis vuestra dosis de info. Ahora, a hacer el perro, pero con cabeza.

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