Columnas

Cocooning

Por Javier Blánquez

Cocooning Javier Blanquez Música a la bartola

No les negaré que estos son días de pereza extrema, de inactividad y relajación del músculo, de, como diría aquel poeta, “leer en la sombra, asomar el morro allá donde se cimbrean los torsos nacarados de fémina”. Días de dormir hasta reventar, de tener una tarde entera para ver “Lawrence De Arabia” si hiciera falta –tampoco es plan, pero ustedes ya me entienden–. Cuesta incluso levantar el dedo anular porque el calor (y, sobre todo, el cansancio acumulado del año) ha atrofiado las articulaciones, el tendón se pudre y el espíritu pide, sobre todo, cargar pilas y vivir como un vegetal al que le basta con ser regado una vez al día. Pero les confesaré que en estos últimos días ha sido imposible regresar (apenas) a ese vientre materno al que llamamos vacaciones, a esa arcadia pastoral de la edad de oro en la que los hombres podían comunicarse aún con la naturaleza y debatir telepáticamente a los canes. El deber llama, las novedades asedian el teclado del ordenador como una nube de cruzados a punto de tomar San Juan de Acre, lanzan miradas de desaprobación si no se les presta el debido mimo y ha sido inevitable ir hacia ellos, escrutar sus entrañas con la misma visión penetrante con la que los augures descifraban el futuro a partir de los intestinos de una cabra sacrificial. Y como el relax acompañaba, y mejor una catarata de ambient para acompañar la lectura de un libro de mil páginas que no cualquier otra cosa, al final este nuevo Cocooning ha salido con cierta naturalidad y cargado de música que merece ser difundida y compartida. Para días horizontales, discos como estos, discos sin prisa.

Shamantis: “J. Biebz - U Smile 800% Slower”Un millón y medio de visitas en Soundcloud en sólo una semana (y creciendo) hacen de este fragmento de audio el fenómeno viral más demente y desconcertante de la temporada, y quizá habría que remontarse mucho tiempo atrás –hasta los días del “The Grey Album” de Dangermouse, quizá– para encontrar otra perversión sonora en la que se utilice el mainstream como banco de pruebas para la aplicación de nuevas técnicas de producción y usos recreativos de software inútil (en este caso concreto, el Paul’s Extreme Sound Stretch). Este tal Shamantis –Nick Pittisnger, 20 años, afincado en Tampa– es un productor amateur de downtempo con fijación cinematográfica –mejor dicho, era: ya le llueven las ofertas para firmar con sellos– al que se le ocurrió profanar el “U Smile”, del ídolo teen Justin Bieber, ralentizándolo al 800%, con lo que sus tres minutos originales han pasado a ser 35 de una suspensión angelical, con amplitud oceánica y una voz final que más bien parece la resonancia de los cantos de las ballenas, hasta el punto en que recuerda a los pasajes más bellos de Sigur Rós o la pieza coral que Arvo Pärt compondría por encargo de MTV. Escuchen: es magia. Sin embargo, un consejo antes de que el entusiasmo se dispare: lo de estirar canciones al 800% se está convirtiendo en moda, se va a empezar a abusar de la fórmula y esto perderá toda la gracia en cuestión de semanas. Aún así, a Shamantis le ha sonado la flauta y “U Smile 800% Slower” es, involuntaria y milagrosamente, una de las joyas inesperadas del año.

J. Biebz - U Smile 800% Slower

Justin Bieber - U Smile Bvdub: “The Art Of Dying Alone” (Glacial Movements Records)Hay que precisar, por si las moscas, que los discos marinos, temblorosos y más frágiles que la porcelana china también pueden salir sin necesidad de la ayuda involuntaria de Justin Bieber, sólo faltaría. Brock Van Wey hace tiempo que se quitó de encima la obsesión por sonar como un alumno aplicado de Basic Channel y mandó el bombo, con muy buen criterio, a hacer gárgaras. Desde entonces, todo lo que publica –en su sello, Quietus, o en ajenos, como echospace [Detroit] o ahora en esta pequeña discográfica italiana– suena como un empacho de nube, como el fluir de los arroyos, como el jodido nirvana tal como nos lo dibujan los místicos: ese infinito de paz y suavidad, ese masaje con final, no ya feliz, sino de sublime apoteosis. Consciente de que esto ha sonado bastante como proselitismo de la Era de Acuario, habría que indicar que “The Art Of Dying Alone” no intenta transmitir confort, sino el lado morboso del descanso, que es cuando uno estira la pierna y se convierte en pasto de gusanos. Algo traumático le tiene que haber pasado a Bvdub para grabar el disco que con toda seguridad escucharía Aqueronte si, en la barca con la que cruza la laguna Estigia, se hubiera instalado un loro, y a pesar de algunos momentos en los que hay más guitarra y piano de la cuenta, el conjunto es uno de esos discos de ambient espeluznantemente pausados que borran cualquier sensación de paso del tiempo.

Simon Scott: “Traba” (Immune) Simon Scott, al que los más veteranos o los documentalistas del shoegaze recordarán por haber estado en Slowdive, grabó uno de los discos perdidos de 2009, un tesoro que, como la mayoría de los tesoros que valen la pena, se hundió en el fondo de este mar de audio que nos ahoga. “Navigare”, publicado por el sello Miasmah, podría competir con las mejores aportaciones de Tim Hecker al acerbo cultural de la humanidad: disparaba drones incisivos y sacramentales, de esos que te pellizcan la piel y te la van arrancando segundo a segundo, y complementaba el efecto de éxtasis y mareo con –no podía ser de otra manera– alusiones al mar, tanto en el título como en la portada. Tras “Navigare”, y con el valioso inciso de “Nivalis” (principios de este 2010), el mar vuelve a ser un motivo de obsesión para Scott en este vinilo limitado e hipnótico, “Traba”, que parece la versión menos tóxica del noruego Elegi: se mece uno entre drones perfectos, suenan olas entre notas de guitarra que se prolongan hacia el horizonte, se olvida del latín –que siempre queda más solemne para los títulos– pero no del ancho océano en “She Came From The Sea” y “The Water Loop”. 23 minutos que podrían durar una década y seguirían siendo almíbar.

PQ: “You’ll Never Find Us Here” (Expanding) Teho Teardo: “Soundtrack Work 2004-2008” (Expanding)El sello Expanding había estado parado durante un año y había quien sospechaba que pudiera haber cerrado sus puertas. No es así: esto sólo ha sido –desde que saliera el álbum de Cathode– un breve hiato tras el cual se vuelve a recuperar el ritmo de edición normal, el de un lanzamiento cada dos o tres meses. El debut de PQ –dúo belga formado por Maarte Vandewalle y Samin Bekaert– se adapta bien a los dos polos que interesan en el sello de Benge: por un lado, fragilidad orgánica a base de pianos, y por otro ambient con chispazos rítmicos y melodías de jardín de infancia, algo así como la equidistancia entre Goldmund y Opiate. Muy original no es que sea, pero escuchado de fondo, decorando el salón como un bello tapiz, ésta es música eficaz. Por precaución, eso sí, conviene no meterlo todo en el mismo saco y prestarle doble atención a Teho Teardo, compositor de bandas sonoras para el reciente cine italiano –suya es la música de “Il Divo”, aquel ácido retrato sobre Giulio Andreotti y la corrupción política pre-Berlusconi, así como la de “L’Amico Di Famiella” o “La Ragazza Del Lago”–, y parte de esa producción viene recogida en “Soundtrack Works 2004-2008” con la bendición, nada menos, que de Ennio Morricone. Material espléndido que deja dos cosas claras, una buena y otra mala: la buena es que su lenguaje emociona y aplica el timbre del cello con acierto, como un Nyman mediterráneo, y la mala es que el mundo tendría que haberle conocido antes. Ahora es el momento.

Tomas Phillips: “Quartet for Instruments” (Humming Conch)Si hay quien piensa que el contenido de estos párrafos está siendo más edulcorado que un par de donuts, siempre hay tiempo para recomendar la obra de Tomas Phillips, que equidista de los compositores neoclásicos con intenciones “pop” tanto como Nicolas Sarkozy de la extrema izquierda. Debutante años ha en el sello Trente Oiseaux, más tarde apadrinado por Richard Chartier –para quien firmó “Intermission / Six Feuillers” en el sello Line– y vigilado por Bernhard Günter, Tomas Phillips va en camino de abrirse un hueco importante en la escuela de sonido que bebe a chorro, como en botijo, de la conexión entre la música concreta y la aleatoria a la manera de Morton Feldman. “Quartet For Instruments” es un lienzo abierto en el que se mezclan sonidos acústicos –de piano y clarinete, en especial– y ruidos electrónicos, en el que hay estructura y anarquía, y que incluso así esquiva con destreza la dureza al oído de mucha música contemporánea sin por ello facilitarle las cosas al oyente. Como un buen alquimista de la composición “seria”, sabe separar lo abstruso de lo delicado y brindar una destilación que, en los cuarenta minutos que dura la pieza, irradia serenidad y belleza –con el inevitable punto negro–.

Oneohtrix Point Never / Antony / Fennesz: “Returnal” (Mego) Games: “Everything Is Working” (Hippos In Tanks)Hasta dónde puede llegar a crecer y proyectarse la figura de Daniel Lopatin es un gran misterio. No hace ni un año, el suyo era un nombre que sólo manejaban con cierto fundamento un pequeño puñado de bloggers, redactores de The Wire y clientes de Boomkat, y en pleno agosto ya está a la venta una colaboración suya nada menos que con el orondo Antony, una versión arrebatada –además de desprovista de arpegios hipnóticos y muy contenida, como toda torch song de trasfondo gótico que pretenda causar impacto profundo; aquí, Hegarthy canta más cerca de Soap&Skin y de Zola Jesus que de él mismo– de “Returnal”, la pieza central del álbum de Oneohtrix Point Never para Mego. En la cara B del 7” la canción es la misma, pero con una sábana de ambient suspendido cortesía de Fennesz. Suena tan bien como parece y con esa doble participación el sonido de Lopatin se despega de la electrónica planeadora y entra, ahora sí por fin y de manera evidente, en el terreno de la hipnagogia pop. Toda la influencia del AOR ochentas, que en él estaba latente y defendía con declaraciones muy bien fundamentadas, empieza a aflorar ahora, y si no escúchese el 7” firmado por Games, en el que nuestro hombre forma equipo con Joel Ford: beats hip hop, ambient como un pañuelo de seda, melodías de pop de clarísima inspiración adulta. A diferencia de otros neo-sintesistas de su generación, Lopatin tiene un bagaje mucho más amplio, un registro más atrevido y un futuro, por supuesto, más abierto.

On: “Something That Has Form And Something That Has Not” (Type) Fennesz / Daniell / Buck: “Knoxville” (Thrill Jockey) Fennesz es otro de los hombres del mes, y no únicamente por el barniz de producción que le ha dado a “Returnal”: el vienés también ha echado mano de la brocha para darle un color gris ceniza –con ligeros chisporroteos de agudos penetrantes que dejan agujero en el tímpano– a las nuevas creaciones de On, el dúo que forman Sylvain Chauveau y Steven Hess. Teniendo en cuenta que On es un experimento de improvisación acústica –con piano, guitarra y percusión–, la participación de Fennesz en “Something That Has Form…” viene a jugar el mismo papel que la de Deathprod en el anterior “Your Naked Ghost Comes Back At Night” (que reeditó Type a finales del año pasado): vestir con ruido atmosférico, algún drone y pulsos digitales un ejercicio de notas desnudas. No es el Fennesz más accesible el que aparece por aquí; es un Fennesz al borde del chirrido, sin ganas de hacer amigos ni ayudar a tener dulces sueños, que al fin y al cabo es el Fennesz que más se prodiga. Y si no, háganse con “Knoxville”, la edición de un directo de pura improvisación en el festival Big Ears con David Daniell (guitarra) y Tony Buck (percusionista en The Necks). Si el éxito de una sesión de improv se mide como el boxeo cuando no hay knock out –es decir, a los puntos en función de los aciertos–, “Knoxville” es una victoria: hay hallazgos de alta intensidad emocional entre todo el rastrojo de ruido, y aunque nunca es un disco fácil –está más cerca de Radian que de Christina Aguilera, eso está claro–, la buena integración de Daniell y Fennesz, doblando guitarras y tratándolas vía software, consigue que sus paisajes sonoros florezcan como jardines botánicos.

Lugano Fell: “Slice Repair” (Baskaru) "Slice Repair” tiene todo lo que se le suele pedir a un disco de ambient moderno: ruidos como de hielo quebrándose, pájaros, instrumentos táctiles procesados a través de las tripas de un portátil dopado de plug-ins, sonidos como de cerámica y cristal, melodías desdibujadas que trazan rastros oníricos y recuerdos del pasado con el ojo a punto de deshacerse en agua y sal –eso que, en cierto modo, también podemos señalar como hipnagogia–: podría ser una obra firmada por el primer Taylor Deupree, o por cualquier artista del sello Spekk, y cuando le da por acelerar lo que podría parecer un viejo tema de psicodelia folk ( “Preform Naple”), la cosa no anda tan lejos de James Ferraro como se podría suponer en un principio. ¿Dónde está el misterio, pues? En la identidad real de Lugano Fell, nada menos que James Taylor, fundador del grupo techno Swayzak, y al que no le conocíamos esta afición –y esta mano habilidosa– por la música de relax y medianoche con un fantasmagórico trasfondo turbio. Llega un momento en la vida en que la gente prefiere estar estirada y en paz a pasar la noche fuera abrumada por ruido, estrecheces e incomodidades. Celebramos con fanfarria trompetera, sólo faltaría, la salida de Mr. Swayzak del club de los transeúntes y su ingreso en la cofradía de los domiciliarios.

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