Columnas

Cocooning

Por Javier Blánquez

Cocooning Javier Blanquez Música a la bartola.

“Cocooning” suele llegar en fecha más temprana del mes, como bien sabrán los fieles lectores eremitas de esta santa columna, pero ésta es mala fecha para respetar plazos. Asumo la culpa. A los que somos como vampiros abstemios de sangre –pero igualmente odiamos el sol–, estas temperaturas inclementes nos inutilizan y absorben el cerebro como un zombi famélico. Un estudio indicaba hace unos días que el pasado mes de junio ha sido el más caluroso en el planeta desde hace como mínimo dos siglos: si no me creen, ahí tienen la ciencia para darme la razón. Es también una época nefasta para el aislamiento social, para refugiarse en un caparazón de ladrillo y texturas cristalinas, y aún así el mes ha sido generoso en lanzamientos cuya motivación estética es la misma a la que pretende dar refugio este bloque de texto: la introspección sonámbula, las burbujas de sonido, la fragilidad instrumental, todo aquello que ayuda a estar acompañado justo cuando no hay nadie alrededor. Seguro que en estas semanas estás saliendo cada noche, pillando ciegos, tostándote al sol, reproduciéndote con gente extraña, pero en algún momento tendrás que parar a pensar qué estás haciendo o, sencillamente, dormir. Aquí es cuando entramos nosotros en juego. No tengas miedo. Extiende la mano.

Mike Oldfield: “Hergest Ridge” + “Ommadawn” (deluxe editions) (Mercury) Solar Bears: “Inner Sunshine Ep” (Planet Mu)

A Mike Oldfield le estropearon los excesos con drogas y la avaricia exagerada de su sello discográfico –Virgin, por entonces–, que quería repetir a toda costa el bombazo comercial de “Tubular Bells”. Fue entonces cuando le obligaron a componer aquellas irritantes canciones pop y le prohibieron volver a hacer discos como “Hergest Ridge” y “Ommadawn”, suites de media hora larga que eran ordenados ríos sonoros de formato progresivo y trasfondo folk. Los primeros segundos de “Ommadawn”, con una nitidez de arpa que no se encuentra ni en las más bellas canciones de Joanna Newsom, son capaces de condensar el genio calidoscópico que derrochaba Oldfield por entonces –entre 1975 y 1977–. Las remasterizaciones de su segundo y tercer álbum son ejemplares –añaden la nueva mezcla 5.1, la mezcla estéreo original, demos y caras B–, pero el verdadero placer está en regresar al barroquismo bucólico de aquellos LPs, que suenan hoy contemporáneos, repletos de ideas, alérgicos al minimalismo o al enclaustramiento en un único estilo. Mike Oldfield lo acaparaba todo sin soberbia –por entonces no era como el resto de pelmazos del rock sinfónico–, y su estilo en “Hergest Ridge” prefigura el “Chill Out” de The KLF –con armonías intrincadas y crescendos rítmicos, pero con la misma rendición pastoral–. Y si algún hipnagógico o baleárico niega la influencia de Mike Oldfield, miente: el último disco de Emeralds niega lo primero y el maxi de debut de Solar Bears, “Inner Sunshine Ep” –nuevo fichaje de Planet Mu con base en Irlanda (¡AJÁ!), supuestamente identificados con la escena space disco, pero con unas guitarras que son puro Oldfield– lo segundo. Y nadie se avergüenza de nada, como debe ser.

Gilles Aubry & Stephane Montavon: “Les Écoutis Le Caire” (Gruenrekorder) Echospace: “Liumin Reduced” (Modern Love) Prefiero la ciudad de noche a la ciudad de día porque con la noche cae el ruido y afloran los sonidos secretos de las personas, los edificios, las calles y las plantas. Se substituye la barahúnda y el caos del tráfico por voces distantes, un coche intermitente, el zumbido del alumbrado público y algunos animales solitarios que se comunican entre sí allá a lo lejos. La ciudad de noche, si es segura y nadie te garantiza un atraco en la madrugada, es paz porque es soledad, y su música es la del silencio. Rod Modell, artista sonoro y 50% de Deepchord, sabía que a la ciudad de noche había que grabarla, y aprovechando una larga estancia en Tokio tiró de micrófono y capturó centenares de found sounds en calles vacías, avenidas llenas, recepciones de hoteles y canales espejados. Todo ese sonido en bruto es el que ha embutido entre frecuencias ambientales resontantes y duras y le da forma a “Liumin Reduced”, el bonus disc que acompaña la primera tirada de la odisea techno-dub “Liumin” y que es ideal para pasear con las manos en los bolsillos cuando cae el sol y se desea experimentar la ciudad hasta un extremo hiperrealista. Me lo guardo para el invierno, lo mismo que “Les Écoutis Le Caire”, otro disco que parte de una idea similar: Aubry grabó durante seis semanas los sonidos de El Cairo –mercados, basílicas, cementerios, aparcamientos–, los ha moldeado con un ambient más fino que el de Modell y lo ha acompañado con las poesías de Montavon. Postales sonoras desde la ciudad lírica.

Seasons (Pre-Din): “Occasionaly I Forget To Breath” (Thy-Rec) Christopher Hipgrave: “Slow With Pages Of Fluttering Interference” (Low Point)Escuchar estos dos artefactos del tirón –por ejemplo, en una sesión de lectura, que sería lo más apropiado: se me ocurren otras actividades, pero igual no mantengan el ritmo deseado– es como alternar el vapor caliente de la sauna con el agua fría de la piscina. Se complementan, cada uno tiene lo que al otro le falta. Christopher Hipgrave es el calor: las diecisiete miniaturas de “Slow With Pages Of Fluttering Interference” prolongan las buenas sensaciones que ya dejaron “Day” (Home Normal, 2009) y “Subtleties” (Under The Spire, 2009) en una especie de mantra ambient que viene a ser como la descripción de una campiña inglesa mágica, casi druídica, a partir de la extensión sin prisa de notas de sintetizador y marañas de glitches, simulando lo que sería el curso del río. Se arrima a la new age simplona a veces, y es entonces cuando hay que hacer el cambio rápido y pasarse a “Occasionally I Forget To Breath”, nuevo CD-R de Seasons (Pre-Din), el artista desconocido que lleva dos años invadiendo la experiencia del home listening –desde Thy-Rec y, a veces, desde Type– de drones envenenados, densidad analógica y el mastering de John Twells, aka Xela, que quizá sea el mismo tipo en el disfraz de “estoy aburrido y voy a improvisar ambient que te haga encogerte para dentro”. El primer disco es respirar, el segundo es expulsar el aire.

Max Richter: “Infra” (130701) Philippe Petit & Friends: “A Scent Of Garmambrosia” (Aagoo Rec.)Algunos artistas piden a gritos que les encarguen bandas sonoras; a otros se las ofrecen todos los días y a veces tienen que quitárselas de encima a manotazos, como moscas. Philippe Petit, a quien conocemos por dirigir el interesante sello electrónico BiP_Hop (nada que ver con el funambulista), lleva tiempo repartiendo su interés entre el ordenador y los instrumentos de cuerda, y “A Scent Of Garambrosia”, grabado junto con varios músicos –sus “amigos” del título: Richard Harrison, Helena Espvall, Raphaelle Rinaudo, James Johnston (sí, el de Gallon Drunk)– y con la estética de ensembles como Kronos Quartet metida entre ceja y ceja. Petit compone pasajes tirando a tremebundos en los que las cuerdas tiemblan, los pianos suenan desencajados, se filtran acordes de free jazz y todo lo sostiene una leve capa de escalas dodecafónicas, crujidos de vinilos rayados o electrónica sutil. No es la alegría de la huerta, pero como ejercicio de composición modern classical se mantiene en pie y pide a gritos directores de cine que le reclamen partituras. En cambio, a Max Richter le sobra el trabajo. “Infra” es la música que compuso para un ballet de Wayne McGregor estrenado en 2008 en la Royal Opera House, muy frágil, muy trémulo, y en el que Richter potencia dos de sus valores estéticos principales: el subrayado electrónico de casi toda la partitura (los segmentos “Journey” son un ejemplo diáfano) y sus deudas con el Michael Nyman de precisión impresionista (todas las partes tituladas “Infra”). Max, siempre bien. Varios: “Brian 50” (Brian Records) Christopher McFall: “The Body As I Left It” (Sourdine) Hay discos que son incómodos para la estantería –pues nos los presentan introducidos dentro de un sobre marrón, como si fueran la factura del teléfono o el gas–, pero tan necesarios para el oído como un bastoncillo con algodón para retirar el cerumen. “The Body As I Left It” nunca lo podrás poner junto con los otros CDs –asoma varios centímetros y se dobla de lo blando que es–, pero en caso de hacerlo habría que buscarle sitio cerca de los de Philip Jeck: Christopher McFall, artista sonoro con base en Kansas City, utiliza el crujido de viejos vinilos como columna vertebral de un discurso que suena a desolación, derrota y noche infinita. Ocasionalmente acompaña estos loops arrastrados de notas de piano tétricas, convirtiendo la experiencia de la escucha del disco en algo parecido al título: es como morir o congelarse, volverse inerte, en esencia. ¿Qué tiene que ver la colección de temas “Brian 50” con el mal rollo de McFall? En principio, el sobre: el sobre aquí es aún más aparatoso, y la edición más limitada –200 ejemplares–, y la música más casera –una mezcla entre cantautores lo-fi como Dave, Roy y New Volunteer y temas nuevos de Peter Broderick y Machinefabriek–. Para que vean que el formato mola, pero sólo si lo de dentro vale la pena. Me quedo con McFall.

Taylor Deupree: “Shoals” + “Snow” (12k) Giuseppe Ielasi: “Aix” (Minority Records) + “Tools” (12k) Desde hace un tiempo se venía apreciando una variación sustancial en la estética de Taylor Deupree, no tanto por él mismo, sino por la línea de fichajes que estaba llevando para su sello 12k: cada vez más preciosista, ambient y estética glitch al servicio del pop –y viene de lejos, desde Sawako y compañía–. Pero él se resistía a entrar en el discurso light planchando discos con un giro oscuro como “Northern”, que invadía territorio propio de Tim Hecker –drones ásperos con la textura de la nieve– con una eficiencia máxima. Pero “Shoals” parece una retirada en toda regla, como si Deupree, finalmente, hubiera decidido ser él más blandito incluso que los artistas que ficha, de Pjusk a Giuseppe Ielasi –Ielasi que, por cierto, regresa a 12k con “Tools” y reaparece a la vez con una colección de piezas entre minimalistas y pop, según el momento, en el vinilo “Aix”, limitado a 400 copias y con algunos ejercicios interesantes de ambient de amanecer, aunque en conjunto suene inofensivo y aséptico–. Deupree quiere ser más porque “Shoals” es un disco extrañamente blando en su carrera: es cinemático y poético –un poco como Solo Andata– y le añade de fondo armonías de gamelan, esa cuota étnica que Deupree nunca había pagado y que no se explica por qué lo hace aquí. Para completar la confusión, la edición limitada incluye un 7” ( “Shoals Edition”) y también está disponible en formato download “Snow (Dusk, Dawn)”, otra pieza complementaria de 16 minutos que confirma el deseo del neoyorquino de ponerle música precisa a la máxima sensación de ingravidez. Suena bien, pero se echa de menos el subtexto peligroso o frío que tenía antes. Svarte Greiner: “Penpals Forever And Ever” (Digitalis) Esta frase se la robo a un escritor: “Penpals Forever And Ever” es como entrar en una habitación en la que hace mucho frío. Visualiza la sensación: aunque sea imperceptible, hay algo en ti que se detiene, que se asusta, que desearía dar un paso atrás. Es un miedo o un rechazo leve, resistible, pero ha saltado una alarma. No hay por qué llamarlo terror, pero sí incomodidad. Este disco es de los que preferirías no haber desprecintado y que, una vez en el plato, desatan el mal rollo. ¿Cómo la caja de Pandora, se preguntará usted, culto lector? Exactamente eso, sí. Este álbum de Svarte Greiner, al que hace tiempo que conocemos por ser el propietario del sello Miasmah y miembro del dúo noruego Deaf Center, apareció originalmente en cassette en 2008 y ahora se ha prensado en vinilo con una pieza nueva, un diseño más rojizo y un mastering más espeso, pero con el mismo desasosiego original: drones bulbosos, de tacto incómodo, con el trasfondo casi doom que decora las grietas del mejor dark ambient de los últimos tiempos, desde The North Sea a Kevin Drumm. Svarte Greiner tiene la virtud de ser más elástico e impresionista gracias al uso de instrumentos medievales sampleados, pero este disco nunca dejará de ser como entrar en una habitación en la que hace mucho frío.

Ossining: “I Will Be Missed” (Digitalis) Radio People: “Radio People” (Digitalis) Más Digitalis, y mucho ojo a lo que se está tramando desde el escurridizo sello de Oklahoma. En realidad, no “se está” tramando nada, ya que la pasión por la electrónica analógica de la vieja escuela lleva tiempo enraizada en el catálogo de la casa junto a experimentos en materia de dark ambient, ruido fronterizo con el metal, hipnagogia y deformación free-folk, pero los dos últimos lanzamientos –en la línea planteada no hace mucho por nuevos sintesistas como Dylan Ettinger– persiguen de manera indiscutible cazar al fan del sonido identificable con Oneohtrix Point Never: mantras planeadores que tienen a la vez inclinación hacia lo “accesible y lo armónico” –llamémosle pop, aunque no sean canciones–, que ayudan a entrar en trance, que saquean sin problemas la estética de la música cósmica de los setenta y que a la vez desean situar al oyente en un espacio mental confuso entre la hipnosis, el sonambulismo y la flotación en el aire. Ossining son Brad Rose (The North Sea himself) y Kevin Danchisko (aka Sovetskaya Gone) y hasta ahora habían publicado cintas con este alias: he aquí su primer LP, y aunque se les nota que copian también muestran detalles personales que les pueden ayudar a progresar en este campo de la nostalgia post-kosmische. Radio People (Sam Goldberg), en cambio, sólo había publicado cintas, y su orientación está próxima a la de Emeralds –y no sólo porque también viva en el estado de Ohio y sean amigos–, ya que persigue una sencillez ambient en la que no hay ni circunvoluciones, ni virutas rítmicas, ni dobles espejos con reflejos noise. Los cachorros del synth crecen, se reproducen y esta escena va a más. ¿Acaso esperaban otra cosa, almas de cántaro?

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