Columnas

Cocooning

Por Javier Blánquez

Cocooning Javier Blanquez Música a la bartola.Sólo hay que asomarse por la ventana para comprobar que se avecinan días aciagos para el cocooning: las aves trinan con candor pre-estival, el verde de los árboles tapa la vista del horizonte y el sol, orgulloso Febo, aprieta con furia, tanta que ya son tiempos estos de dormir con el culo al aire, pasearse en ropa interior por las habitaciones y ducharse más de una vez al día para no oler a tigre. La casa pronto dejará de ser ese caparazón protector para convertirse en un horno insoportable, una fragua de Hefesto cuyo poder sólo puede combatirse con las dos palabras mágicas: aire acondicionado. El frío, que es la temperatura de la civilización, debería convertirse en nuestro aliado artificial a partir de ahora para quienes tenemos la mala suerte de vivir en ciudades en las que el verano llega a finales de mayo y no se va hasta octubre, en las que la gente pasea por la calle como si volviera de la playa –enseñando pies y axilas. Así pues, aire helado a muerte –o ventilador silencioso a un costado–, persianas bajadas y, para esos momentos de evasión, lectura o trabajo –que aquí seguimos trabajando, señora–, discos que suenen como una gigantesca burbuja de aislamiento. Esto es lo que toca este mes.

The Black Dog: “Thee Lounge EP” (Soma)

En lo que tiene que ver con el sonido, “Music For Real Airports” no es un álbum ni mucho menos revolucionario: podemos encontrar lo mismo –ambient + found sounds– en viejos discos de Scanner, allá por 1995, por ejemplo. Pero la descripción que hacen The Black Dog del aeropuerto como un entorno desasosegante sí tiene su atractivo: si Brian Eno compuso música envolvente para tranquilizar las horas de espera en un hall, The Black Dog parten de la misma idea –el aeropuerto es estresante, eminentemente incómodo– y lo visten con un diseño sonoro acusmático que carga las tintas en el suspense y el nervio, en la acentuación de los momentos de ansiedad. “Thee Lounge Ep” te lo regalaban si comprabas el CD en la tienda de Dust Science y ahora está descatalogado, pero es fácil de encontrar en la red y es necesario escucharlo para completar la experiencia de “Music For Real Airports”, ya que “BCN 4” y “Leeds & Bradford” definen a la perfección el mensaje del trío: alternando texturas placenteras con otras envenenadas consiguen trasponer con eficacia la experiencia de las salas de espera, esa falsa sensación de quietud, esa certeza de estar preso en una jaula de oro.

Oneohtrix Point Never: “Returnal” (Mego) + “Young Beidnahga” (Ruralfaune) Mark McGuire: “Tidings / Amethyst waves” (Weird Forest)

Hace sólo un año, Oneohtrix Point Never no era nadie: sólo un músico de entre muchos que componían miniaturas de ambient sintético fronterizo con la música planeadora de los años 70 que sobrevivía entregando ediciones limitadas de su obra en CD-R o cinta de cassette –uno de esos CD-R, “Young Beindnahga”, limitado en su día a 90 copias, ha vuelto a circular nuevamente para agotarse por segunda vez: es, curiosamente, su material más áspero–. Hoy, Daniel Lopatin es el hombre del día, al menos en el espacio que ocupa la música “experimental”: su discurso involuntariamente a contracorriente –defensor del formato CD, alejado de los géneros de moda (aunque él en sí mismo ya es moda, el primero de una oleada imparable de sintesistas de la “nueva new age” como lo es también Mark McGuire, elemento central de Emeralds, que aprovecha los vientos favorables para reeditar en vinilo la vieja cassette “Tidings / Amethyst Waves”, uno de sus momentos más Manuel Göttsching)–, la extraña afiliación de su sonido con el pop y el ambient pastoral, todo eso ha conseguido que OPN aparezca citado a menudo como alguien importante. “Returnal” conseguirá que la tendencia crezca: es una variación importante en su sonido con respecto a lo incluido en “Rifts” (No Fun, 2009), cada vez menos recargado –o sea, con menos arpergios, menos ciclos repetitivos– y, en paralelo, menos lo-fi, redefinido con el uso de texturas noise entre masajes de ambient ensoñador. Puede parecer un disco calmado, pero su gran valor está en los instantes enervantes que va colando sin avisar.

Rene Hell: “Porcelain Opera” + “Rogue Camera” (Type) Arc: “Church” (DIN)

Como nos gustan los triunviratos –en esto somos un poco como los próceres romanos–, no faltará quien apueste por Rene Hell como el tercer nombre a tener en cuenta en la elite –todavía en construcción– de esta escena new synth que, según el artista que se cite, se decanta hacia la new age (Emeralds o Dolphins Into The Future serían el caso) o más bien hacia terrenos industriales. Esto último sería el caso de Hell (nombre real: Jeff Witscher), otro talento hiperactivo del underground que se ha estado dedicando a entregar cassettes de manera indiscriminada para sellos como Agents Of Chaos, Ekhein o Night People sin superar nunca los veinte minutos de sonido grabado en cada cinta y extrayendo de sus sintetizadores un tipo de sonido ambiguo que tanto opta por los desarrollos hipnóticos, casi meditativos, como los intoxica de disonancias, juegos con el volumen, oscilaciones de onda hacia el espectro graves y una paleta de texturas propias de la música electroacústica. O sea, que a partir de lo que se desprende de “Porcelain Opera” –si te haces con la edición en vinilo viene un CD con material extraño, “Rogue Camera”, que convierte el lanzamiento en un disco doble y altamente desasosegante–, se advierte que Rene Hell ha escuchado por igual a los primeros Tangerine Dream, los de “Zeit” y “Phaedra”, como a los Coil de espada y brujería. Algo que no ocurre con Arc, ya puestos: la grabación en directo de “Church” –el título ya indica que fue dentro de una basílica, en Filadelfia, concretamente– sólo es deudora de los Tangerine Dream épicos, los que dirigía Christopher Franke a golpe de secuenciador. Compárese este disco con el “Encore” (1977) de los alemanes y jueguen a las siete diferencias.

Celer: “Dwell In Possibility” (Blackest Rainbow) Rameses III: “For José María” (Under The Spire)

Danielle Marie Baquet murió el pasado 8 de julio de 2009; el corazón se le paró mientras dormía. Padecía una afección congénita que, salvo que sucediera un milagro, le tenía irremisiblemente condenada a una vida breve que dedicó a la música, a viajar, a desprender amor. Celer era el proyecto que compartía con William Thomas Long, su marido. Desde julio de 2009, pues, Celer ya no existe ni Long volverá a hacer música con ese nombre, pero mucha obra quedó terminada antes de que a Danielle se le detuviera la vida y esa música seguirá fluyendo hasta que se agote y se complete su legado. Celer se consolidó hace un par de años como uno de los proyectos ambient más interesantes, a la vez que irregulares, de su generación. Sus texturas eran un debate continuo entre la luz (o sea, el amor, el bien, la alegría) y la pesadumbre, una pesadumbre que no se comprendía viendo a la pareja tan enamorada –incluso sus fotos de promo les mostraban besándose; el fallecimiento de Danielle lo acabó por explicar todo–, y “Dwell In Possibility” se acerca a la parte disonante, incómoda, sombría del sonido Celer en dos largas piezas –dieciocho minutos por cara de vinilo– que dejan mal cuerpo. En cambio, “For José María”, otro disco al que le ronda la muerte, no deja esa sensación ominosa, sino de despedida. Rameses III, el trío de improvisación kraut en nómina del sello Type, conoció en vida a José María Bellido, pianista y atleta español fallecido de una diabetes que se complicó, y los 17 minutos de este EP, en el que recita unos versos en bello catalán su hija Cristina, son un réquiem sereno que afecta en lo más profundo, aunque sólo sea por su simplicidad y la transparencia del spoken word.

Toshimaru Nakamura: “Egrets” (Samadhisound) Jan Bang: “…And Poppies From Kandahar" (Samadhisound)

De golpe, el sello Samadhisound se ha reactivado con tres álbumes simultáneos. Uno, firmado por Akira Rabelais, merece un comentario más extenso –próximamente en la sección de críticas–, pero los otros dos no pueden irse de aquí sin una mención elogiosa. El momento de la discográfica que comanda David Sylvian es dulce y hace méritos por tomar el relevo a sellos clásicos como EG Recordings, que en los setenta ya tendían puentes entre el ambient, la música de cámara, la indagación étnica y la canción adulta. El noruego Jan Bang, por ejemplo, se mueve en terrenos familiares a esa encrucijada: artesando del sampler, decora sus lienzos ambientales –próximos a los de su paisano Biosphere– con acordes de jazz, ecos del desierto y otros souvenirs del tercer mundo –oriente medio, principalmente; ojo con la colaboración de Jon Hassell a la trompeta en “Exile From Paradise”– que rodean un silencio espeso, solemne. “Egrets”, por su parte, rodea el silencio de microtonalidades y notas aleatorias, en un ejercicio de glitch + improvisación que está entre el primer Oval y el fallecido Derek Bailey.

Peter Broderick: “Three Film Score Intakes” (Schedios Records) Loscil: “Versions Ep” (Loscil)

“Versions Ep” incluye tres piezas, y en ellas el sonido fluye tranquilo como un arroyo, como se espera de Scott Morgan: esa música liviana, levitante, que sublima el arte del ambient como una música de primera hora de la mañana –de despertar– o de última hora de la noche –de dejarse invadir por un sueño plácido–. Y aunque estas tres piezas dejan ese poso de paz, ni siquiera se pueden contar entre lo mejor de Loscil, tan alto ha dejado el canadiense su propio nivel. Se trata de una curiosidad, nuevas versiones de temas viejos, como “Emma”, y no tan viejos, como “Estuarine” y “The Making Of Grief Point (Instrumental)” –editados en “First Narrows” (2004) y “Endless Falls” (2010), respectivamente–, en los que Loscil se ejercita con los sintes, las marimbas y las notas de guitarra que duran en el subconsciente más de lo que se alargan en el tiempo. Y tres piezas también son las que incluye “Three Film Score Intakes”, otro volumen más de la tímida y sosegada obra de Peter Broderick para cine y artes escénicas en el que encontramos los tres elementos clave de su música: el piano, el violín y el sonido de la calle sostenidos por un hilo tan frágil que se podría romper. Obra menor también, pero siempre teniendo en cuenta que tanto en Broderick como en Loscil nunca hay altibajos.

Mount Kimbie: “Crooks & Lovers” (Hotflush) Eleven Tigers: “Clouds Are Mountains” (Soul Motive)

Una primera aproximación al disco largo de Mount Kimbie a sólo un mes de su salida oficial a la venta: ni dubstep ni leches, el dúo londinense ha escogido finalmente el camino de la hamaca, que era al que apuntaban los dos maxis precedentes, aunque con la duda siempre razonable de si pegarían un volantazo a última hora. Pero no: salvando quizá “Field”, donde el bajo culebrea más de la cuenta y la pieza se mueve con nerviosismo, el grueso de “Crooks & Lovers” es más horizontal que una pradera verde. Es decir: si había tres ingredientes principales en la fórmula Mount Kimbie –dubstep del estilo Burial, post-rock a la manera de Nathan Fake y un montón de capas ambientales–, la mezcla sigue estando ahí y en casi las mismas proporciones; el cambio está en cómo la naturaleza laidback de las producciones se impone a su inclinación bailable o incluso pasional. Ni siquiera es dubstep emo a la manera de James Blake: es ambient adorable con pellizcos de breakbeats y que invita a escucharlo con la espalda contra un tronco, mirando el río, con una brizna de trigo en los dientes. Ya puestos, que no se nos pase por alto “Clouds Are Mountains”, otro debut prometedor, éste firmado por el lituano Eleven Tigers, que infla su dubstep con helio y breaks tridimensionales, acelera el pulso pero nunca descuida la majestuosidad del lienzo de texturas. Rollo Martyn, va por ahí.

Talvihorros: “Music In Four Movements” (Hibernate) M. Ostermeier: “Lakefront” (Hibernate)

Como viene siendo habitual en el underground ambient, Talvihorros ha estado editando cintas – “Let Us Be Thankful We Have Commerce” (2010)– y CD-Rs, despreciando el mp3 como sistema único de difusión y aferrándose al formato físico, aunque fuera sólo para disfrute de veinte personas. Pero también había llegado a publicar un álbum en el desaparecido sello escocés Benbecula –al que recordarán por nombres como Ochre o Christ., de lo mejor de la IDM pastoral post-Boards Of Canada– y eso es algo que añade prestigio al currículum. Detrás de Talvihorros está Ben Chatwin, un joven al que le tienta el lado fantasmagórico y encantado del ambient: no le preocupa sonar oscuro, sino misterioso, como dando a entender que dentro de sus piezas –que se desarrollan largas y sin dejar pasar la luz– ocurre algo mágico y sólo para oídos atrevidos. Merece ser añadido a favoritos, y es que Hibernate no falla: la referencia 11 del sello, firmada por M. Ostermeier también se ajusta como anillo al dedo a esa intersección entre el ambient con crujidos digitales, el post-rock etéreo y las notas trémulas de música clásica impresionista. ¿Seria competencia para 12k?

Olan Mill: “Pine” (Serein) Richard A. Ingram: “Consolamentum” (White Box)

Clichés neoclásicos: el título en latín, la solemnidad de iglesia, la portada negra como de fotocopia, el paisaje brumoso. Sabes sólo con verlo que “Consolamentum” no va a decepcionar, aunque luego al sonar no sea exactamente como lo imaginabas, pues no hay tanta cuerda trémula y sí más capas de sintetizador volátil con pellizcos de glitch. Y qué demonios: con un título así qué menos que añadir coros, coros gigantes de Requiem que truenen como si fuera el fin de los días. Pero en cualquier caso, el estreno de Richard A. Ingram en White Box, con todo el trasfondo oscuro de su propuesta, es lo suficientemente valioso como para añadirle a la lista de nuevos compositores a seguir, del mismo modo en que un día apuntamos el nombre de Jasper TX –se parecen un huevo– y no nos arrepentimos. Y sobre el “Pine” de Olan Mill –la pareja formada por Alex Smalley y Svitlana Samoylenko–, sólo piropos: es ambient que se disuelve en su contacto con el aire y la luz, prácticamente transparente, sin peso, sin grosor, como una mota de polvo que flota en un espacio inmenso, así durante diez composiciones sin una concesión a la melodía desarrollada, a un golpe rítmico o a un desvío armónico, ingravidez por la vena, muy Budd, muy Eno, muy Zimmer. ¿Los nuevos Celer?

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