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Coachella, o cómo las celebrities mataron el espíritu festivalero

Primero, a los festivales se iba por la música. Ahora hay quien va más a lucir ropa, y en esta tendencia el evento californiano está marcando una corriente feísta ligeramente preocupante

Para mucha gente Coachella es el festival más importante del mundo, por la fuerza de su cartel y su poder de convocatoria. Pero también se ha convertido en el patio de recreo de multitud de celebrities que están matando el espíritu festivalero inicial para convertir el evento en una alfombra roja con coartada indie. ¿Estamos ante una degeneración de lo cool?

¿Recordáis vuestro primer festival? ¿Cuántos años teníais? ¿Cuántas bandas conocíais? ¿Qué drogas probasteis por primera vez? ¿Cómo ibais vestidos? Probablemente, todos estos detalles queden desdibujados por la emoción, la diversión y el anecdotario clásico de las experiencias festivaleras (los vecinos del camping, los malos ratos en los lavabos, los momentos “hot” en las duchas comunitarias…). Recordarlos ahora, más crecidos, más maduros y con otras inquietudes cuando se atiende a un festival provocaría sonrojo a muchos. El resto quizás vivió su primera experiencia festivalera en aquellos tiempos en los que estos eventos eran minoritarios y no las vacaciones obligadas de cualquier joven entre los 18 y los 25. Cuando la música –tuvieras 18 o tuvieras 38– primaba por encima del modelito. Cuando los fotógrafos se dedicaban exclusivamente a inmortalizar a los artistas y no a los asistentes y sus outfits. Cuando los famosos preferían las fiestas privadas y los yates en Ibiza a juntarse con “esa pandilla de freaks” para ver un concierto.

Luego llegó la explosión festivalera, la sobreoferta y la popularización de estos eventos en la primera década de los dosmiles. Las reglas del juego económico –como si se tratara de la selección natural– se han cepillado muchas de las citas anuales. Las que quedan lo hacen con cifras de público masivas, rondando las 100.000 personas de asistencia, entre las cuales hay buenos, fieles y abnegados melómanos cuyo objetivo es, por encima de todo, disfrutar de conciertos. Pero también hay un buen montante de jóvenes cuya escala de valores se diversifica: vestir el modelito que jamás se atrevieron a usar en su barrio de origen, salir en los blogs de moda, hacer un millón de fotos para colgar en Instagram o ponerse como Lindsay Lohan son algunos de sus objetivos en su lista previa de to do’s. Y luego está el cada vez más abultado número de estrellas de la pequeña y gran pantalla, diseñadores, hij@s y/o novi@s de, modelos y/o demás fauna del famoseo que, con su reluciente pulsera VIP, han convertido los grandes festivales en un sarao más de su agenda. No les estigmaticemos todavía, pues probablemente la viabilidad económica de los festivales pase directamente por su presencia. Nos guste más o menos, ellos –también– hacen posibles las citas del verano.

El primer ejemplo de la temporada nos lo da California y su desértico enclave en Indio. Coachella, la cita doble musical que inaugura la temporada global de festivales, ha sido una de las etiquetas más usada en los últimos días, tanto en las publicaciones musicales como en las de tendencias. Miles de galerías han retratado las actuaciones de Blur, Nick Cave, Wu-Tang Clan, Janelle Monae, Yeah Yeah Yeahs, Bat For Lashes, Major Lazer, Paul Oakenfold y otros artistas y bandas. Sin embargo, millones de usuarios en Internet ignoraban lo que acontecía sobre las tablas, lo que verdaderamente importaba era qué celebrities se habían dado un garbeo por el festival y qué modelito habían escogido para resistir imbatibles y monísimas al calor, el sol y el polvoriento ambiente del desierto. Galerías que se han complementado con las excentricidades, el revisionismo hippie y el exhibicionismo impúdico de ese público joven y ávido de protagonismo y diversión.

Paris Hilton con vestidos más propios de las tiendas Natura que de su vestidor, ángeles de Victoria’s Secret vestidos como de Forever21, los protagonistas de “Crepúsculo” disfrazados de joven pareja que se dispone a pintar su apartamento o la sempiterna exaltación patriótica yankee en el outfit de la hija de Alec Baldwin son algunas de las aberraciones que han vomitado esas galerías. No hace falta recurrir a Kiko Rivera y su chándal para adivinar que famosos y buen gusto no van siempre de la mano. Las aberraciones no acabaron con las estrellas más buscadas, sino que se multiplicaron entre las tendencias más vistas de sus asistentes. Por ejemplo, en ellas y las hectáreas de crochet. Si juntamos todo el crochet –un tricotado tan inútil como feo, que ni tapa ni abriga ni aporta nada nuevo a la moda– que se paseó en Coachella se podría haber construido el tapete más grande del mundo.

"¿Por qué no optar por un pantalón corto o una bermuda si al fin y al cabo te estás poniendo unos calzoncillos debajo?"

Sigamos con ellos y con el uso imperante del bañador a media pierna. Tienen más tela que el resto de bañadores masculinos y las marcas –primero las de surf, luego las de fast fashion– han exprimido los posibles estampados hasta convertirlos en una prenda tan apta para la playa como para la calle. La pregunta es: ¿por qué no optar por un pantalón corto o una bermuda si al fin y al cabo te estás poniendo unos calzoncillos debajo? ¿Qué le pasa a la rejilla interna de esos bañadores que tantos hombres sienten la necesidad de ponerse underwear y destrozar la bonita caída en la cadera que tienen? El terror en las tendencias masculinas en Coachella continúa con las combinaciones de estampados. Las camisas estampadas están bien, el problema llega cuando las combinas con los susodichos bañadores estampados. La alternativa a las camisas han sido las camisetas de tirantes. La coartada del calor disculpa esta elección, pero desde luego, no justifica su uso masivo.

¿Por qué seguimos asimilando como cool Coachella cuando ni las estrellas de Hollywood ni la gran mayoría de su público, esto es, la carnaza de las galerías de fotos del festival, hacen gala del buen gusto para vestirse? La respuesta se puede encontrar en dos lugares específicos del festival. El primero son las fiestas paralelas al evento, organizadas en su mayoría por marcas de moda o de bebidas y, en muchas ocasiones, alrededor de una fresca y límpida piscina azul. Cuando hemos encontrado un outfit que verdaderamente nos ha enamorado ha sido al borde del agua, rodeado de frondosas celosías y al cobijo del sol abrasador y las nubes de polvo. El segundo spot en el que hemos visto combinar tendencia, comodidad, frescura y gusto por la moda ha sido sobre los escenarios o nada más descender de ellos. Los excéntricos y coloristas dos piezas de Karen O, el conjunto tornasolado de top, falda larga y capa de Natasha Khan sobre el escenario, Teophilus London estrenando camiseta de la colección de Kesh para American Apparel (y la propia Kesh enfundada en otro de sus diseños), el acierto de Solange Knowles –aunque no se subiera a los escenarios– o la clase infinita de Janelle Monae vestida de nívea amazona nos enseñan una lección de cara al resto de festivales de año: sea cual sea tu motivación de asistencia, no apartes la vista del escenario.

* No todo son errores a la hora de vestir: en Coachella también hemos visto aciertos como los que te traemos en esta galería.

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