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Más allá de “En La Carretera”: una guía literaria de la generación beat

La adaptación cinematográfica de la obra cumbre de Jack Kerouak ha vuelto a rescatar el recuerdo de uno de los movimientos literarios clave del siglo XX, y nos da la oportunidad de repasar qué fue y qué obra nos ha legado aquella generación irrepetible

Con la adaptación cinematográfica de “En La Carretera”, la generación beat que agitó la vida literaria en Norteamérica en los años 50 vuelve a estar de máxima actualidad, y su mensaje liberador y contracultural tan vigente como siempre. Es el momento, pues, de volver a figuras como Allen Ginsberg, Jack Kerouac y Neal Cassidy y recordar qué hicieron y cómo su legado nos llega hasta hoy.

La adolescencia y la juventud, tal como las conocemos ahora, no han existido siempre: eso que a veces se da en llamar cultura juvenil y que abarcaría de los 13 a los 19 años (si nos atenemos a la definición anglosajona de “teenager”) en realidad se consolida bien entrada la década de los 50: hasta entonces, lo que se esperaba de cualquier joven era que a los veinte tuviera su vida bien encauzada y fuera un “hombre de provecho”. No existía una cultura juvenil, el rock estaba aún en paños menores y el ocio y el consumo no se dirigían a ellos. Es en esa sociedad de postguerra en la que surge la generación beat (nombre que en realidad Kerouac empleaba para lo que no dejaban de ser sus amigos) y compuesta, principalmente, por el propio Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Neal Cassady, Lawrence Ferlinghetti, Gregory Corso, Carl Solomon... y William Burrroughs, padre putativo de los beats y coautor con Kerouac de “And the Hippos Were Boiled in Their Tanks” [“Y Los Hipopótamos Se Cocieron En Sus Tanques”, Anagrama, 2010]. Para ellos, seguir el “buen camino” no era una opción, y si bien lo intentaron (bodas, carreras universitarias y hasta algún que otro alistamiento en el ejército) finalmente optaron por salirse por la tangente y reescribir su vida rompiendo todas las convenciones y huyendo hacia delante, con prisa, conscientes, tal vez, de que no había otra forma.

“Enamórate de tu vida”

“Enamórate de tu vida”: no es un eslógan, es uno de los treinta puntos en los que Jack Kerouac pretende sintetizar su filosofía a la hora de escribir. Pero en Kerouac, como en los demás miembros de la generación beat, vida y obra son prácticamente indisolubles. La suya es una generación en la que las fronteras entre realidad y ficción son tan difusas que sus obras se convierten en autobiografías noveladas y poemas que se interrelacionan como si se tratara de vasos comunicantes: leer a Ginsberg, a Ferlinghetti, al primer Burroughs o a Kerouac es aproximarse a todas las versiones de los hechos, desde todos los ángulos posibles. Burroughs muestra la cara más cruda, Ferlinghetti y Corso la más lírica y Kerouac la más realista. “En La Carretera” es una detallada cuenta de los viajes de Kerouac y Cassady por Estados Unidos, conduciendo a la deriva, aceptando trabajos temporales, escuchando jazz en cualquier bar que se les pusiera a tiro (ahora no parece gran cosa, pero entonces aún estaba vigente la ley segregacionista Jim Crow, y negros y blancos no se mezclaban: Kerouac y Cassady, en cambio, buscaban esa mezcla) y consumiendo drogas. Dice la leyenda que Kerouac escribió el libro en tres semana en un rollo de teletipo, pero también es cierto que buena parte de la obra ya se había gestado durante el viaje, en los cuadernos que Kerouac rellenó durante los meses que duró su periplo por Estados Unidos. En 2007 vio la luz la versión original de ese rollo, con los verdaderos nombres de los protagonistas. “En La Carretera” es una de esas novelas que se sienten más que se leen y, también, es uno de esos libros casi generacionales que parece que hay que leer a cierta edad: superada la veintena, por mucho que se simpatice con ello, parte de la fuerza se ha acabado diluyendo. Un consejo a lectores despistados: lean antes el libro, y después, si les hace falta (es posible que no), vean la película.

Mentes destruidas por la locura

“He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche, quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando el jazz”. Así comienza “Aullido”, uno de los poemas más conocidos del siglo XX y sin duda la obra más relevante de Allen Ginsberg: un verso largo, infinito, febril y desquiciado que se aleja de rimas y de formas canónicas para acercarse a la cadencia de ese jazz que tanto adoraban. 81 palabras que resumen los demonios de la generación beat, esa búsqueda de lo espiritual que también retrata Kerouac en su obra (con Ginsgerg y Cassady tratando de comunicarse telepáticamente) y que en el caso de Ginsberg acabaría derivando un budismo y una militancia pacifista que casó muy bien con el movimiento hippy (cuyos jóvenes le recibieron de brazos abiertos como gurú y padre espiritual).

La publicación de “Aullido” (dedicado a Carl Solomon, otro beat ilustre que prefirió dedicar su vida a la poesía y el periodismo) fue posible gracias a Lawrence Ferlinghetti, quien se vio envuelto en un juicio por obscenidad a causa de la edición de libro. Finalmente, no sólo ganó el caso, sino que gracias al escándalo “Aullido” fue reimpreso y permitió la apertura de una de las librerías más conocidas de San Francisco y de buena parte del mundo: City Lights.

Cassady

Neal Cassady es más conocido por el personaje que por su breve obra literaria: fue el aglutinador de la generación beat, una suerte de musa que impulsó a los demás a romper las cadenas de sus vidas y explorar un poco más allá. Sin él, no podríamos hablar de “En La Carretera”, ni de “Aullido”, ni de decenas de poemas de Corso, Ferlinghetti o Solomon inspirados en la vida que llevaron en común, compartiendo desventuras, drogas e incluso parejas. Es tal la trascendencia de Cassady que se filtra en las obras de Hunter S. Thompson ( “Los Ángeles del Infierno”) y Tom Wolfe ( “Ponche de Ácido Lisérgico”), John Clellon Holmes ( “Go”), Charles Bukowski, Ken Kesey, Robert Stone... Aunque su vida fue la antítesis del sueño americano (murió joven, sin dinero y su ex esposa le dedicó una biografía muy poco amable), sí que encarnó ese espíritu de libertad, sin ataduras y aventurero que de alguna forma también está en el ADN cultural de Estados Unidos.

Corso y Ferlinghetti

Tal vez porque llevaron vidas más discretas o porque no dejaban de ser secundarios en la novela fundacional del movimiento beat, son figuras injustamente olvidadas de la generación. Sus versos libres, a menudo deudores de la tradición poética de Walt Whitman, tienen ese ritmo veloz y jazzístico de las obras beat, además de hacer gala de un espíritu a veces libre y a veces libertario, en el que se dan la mano crítica política y social (Henry Thoreau, autor de “Walden” y “La Desobediencia Civil” era otro de sus iconos), y la reivindicación mediante la normalización de la homosexualidad, de las relaciones interraciales y del consumo de drogas. Poetas sin duda incómodos en los años posteriores a su juventud, con políticos cada vez más conservadores sentándose en el despacho oval: la llegada de Nixon al poder supuso el fin de la era beat y de cualquier otro movimiento contracultural. “A Coney Island of the Mind” de Ferlinghetti o el poema “Marriage” de Corso son lecturas tan recomendadas como los títulos más celebres de la generación beat.

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