Columnas

Caída y auge de la familia Kiko Amat

Parricidio frustrado en París

1. Miro tras las persianas: ¿Saigón? Mucho peor: París. Mierda. Me temo que he venido de vacaciones por error, que decían en Withnail & I. Cuando acepté debía apetecerme, asumo, pero las circunstancias han cambiado y hoy no me apetece lo más mínimo. Es un caso claro de comunicación interrumpida: mi mujer, Naranja, me explicó que deseaba realizar cuanto antes nuestro primer viaje internacional con niños (a París, añadió), y a la sazón mi rictus no debió reflejar de forma ilustrativa el atroz julepe que me inspiraba la idea (o yo estaba pensando en mis asuntos y no escuché ni palabra de lo que me dijo, que también es posible). La cuestión es que ahora estoy atrapado en París, sin posibilidad de vuelta atrás. Ha sido un malentendido colosal.

Estamos los cuatro delante de la catedral de Notre Dame, un martes a las 18h de la tarde, rodeados de todos los turistas del planeta y algunos más que —por sus rasgos abotagados, cuerpos contrahechos y equipajes desmesurados— asumo deben venir de otras galaxias. Ha sido un día largo de maletas y aviones y mapas y cates a niños tercos, que ahora mismo mi hijo menor ha decidido apostillar echándose encima una crepe de chocolate entera. No contento con ello, luego se la ha repartido con ambas manos por el pecho, como una pornstar derramando aceite lubricante en sus berzas. Mi benjamín no solo está pringoso, ahora, sino también famélico, de modo que procede a entrar en una de sus crisis blitzkrieg de mal humor. Su hermano mayor, solidario como un huelguista de Chicago en 1905, decide contagiarse del mal café fraterno y empieza también a fruncir el ceño, escupir al suelo y declarar en lenguas muertas que todo le parece una monumental mierda, París y yo incluidos. ¿Los dos así, pelirrojos y pecosos y desaliñados, arreándose empujones torpes y jurando de formas terribles con dicción defectuosa? Parecen dos viejos borrachos riñendo en la puerta de un pub dublinés.

¿Y yo? Yo ya estaba de un humor de perros del infierno, amigos lectores, así que no me cuesta ni un ápice deslizarme hasta la atmósfera de odio fratricida y protoviolencia casera que se respira a orillas del Sena.

El Sena. El bello y apacible Sena. Un momento: ¿Podría lanzarles a ambos al río? No: el mayor se hundiría como un yunque, pero seguro que el menor flotaría, solo para fastidiarme. Aún así, no estaría de más intentarlo. Los franceses son un pueblo moderno, culto y civilizado. Fueron pioneros en lo de decapitar jerarcas apalancados, y también en lo de liberalizar prácticas sexuales desviadas y permitir la publicación de libros americanos cerdísimos. Decido investigar a fondo la ley francesa, a ver si por algún milagroso vacío burocrático-legal aquí está permitido el parricidio.

Mis hijos parecen dos viejos borrachos riñendo en la puerta de un pub dublinés

No veo otra opción. De todos modos este viaje está abocado a la catástrofe y al divorcio y al abandono calaveresco de mis obligaciones paternas (con ramera francesa mediante, si puede ser). Es como si Mr. Scrooge se hubiese ido de turismo con los dos viejos refunfuñones de Los Teleñecos, pero sin la parte de las risas enlatadas. ¿Cómo dicen? ¿Mi mujer, que dónde para? Oh, no padezcan por ella: mi mujer está requetecontenta, silbando Juliette Greco, dando brincos de iglesia a iglesia en zapatillas de ballet y hablando sobre Stendhal (en impecable francés) con perfectos extraños, extasiada ante la posibilidad de pasar cinco días aquí. Mi mujer está, en una palabra, optimista. O sea, atontada del culo. Louis CK tiene razón: “That's what optimistic means, you know? It means stupid”.

Me doy cuenta de que no tenía pensado llegar tan lejos. No había visualizado el viaje con ese tipo de previsión. Para empezar, creía que en el vuelo de ida moriríamos envueltos en llamas mientras el fuselaje del Boing se hacía fosfatina a nuestro alrededor, justo antes de impactar violentamente contra la ladera sur de alguna cima pirenaica. Pero no ha habido suerte. El avión iba pilotado por el único capitán estable psíquicamente de la fuerza aérea comercial europea, y para colmo el nuestro era el único vuelo sin terroristas de la terminal C. ¡Mierda! Digo: ¡Merde!

Please, kill me

2. Lo único positivo de todo esto, de momento, es que no estamos en un hotel, sino en una casa. Una casa cuca y con patio en pleno barrio de Belleville —de donde era nativa Edith Piaf— al lado de la estación de metro de Jourdain. No, no la hemos comprado, no sean ilusos (soy un p*** mileurista; lo único que podría permitirme en París es un carro de basurero con vistas a la penúltima banlieu, según sales a la izquierda). Para que se enteren, estamos intercambiando casa, una flamante práctica con la que quizás ustedes no estén familiarizados. ¿No? Tranquilos; yo se lo cuento. La cosa consiste en canjear habitáculos con purria forastera a la que uno no conoce de nada, más allá de lo que se vislumbra en su perfil de internet: unos cuantos selfies Familia Feliz y unas cuantas imágenes engañosamente lujosas de su chabola y unas cuantas frases de auto-engrandecimiento a lo Ice T, solo que redactadas con la hiperexcitación didáctica de Dora La Exploradora. Por lo general se trata de gente benigna, bienintencionada y amable de clase media que, sin embargo, utiliza distintas acepciones para los conceptos “acaracolado pelo de pubis”, “chaise longue apolillada” y dejar la nevera “llena”.

Mi mujer está, en una palabra, optimista. O sea, atontada del culo

Pero no me permitan ser un cínico de mierda. Lo cierto es que la choza de marras está de fábula, que esto le da mil vueltas a alojarse en un hotel y que —como bonus— es el paraíso de los cotillas con afición divulgativa como yo. Paseándome en calzoncillos por hogar ajeno como un pervertido cualquiera, husmeo en su biblioteca, meto las napias en sus medicamentos (un método infalible para saber qué picores aquejan al sospechoso, como saben bien los detectives de novela negra) e incrusto el dedazo en sus salsas y condimentos. Solo que, cuando estoy a medio chuparme el índice pringado de chutney, pienso en lo que a su vez estará haciendo el Señor René François Artois en MI CASA. ¿Pajeándose furiosamente en mis visillos, tal vez? ¿Escratcheando con abandono turntablista mis preciados álbumes originales de David Axelrod? ¿Probándose mis tangas de leopardil fantasía y admirando sus derrumbadas nalgas galas en el espejo? ¿O quizás realizando una orgía de carácter incestuoso en las literas de mis rorros? (después de todo, son franceses; no pueden luchar contra la lujuria nacional congénita) ¡Deja en paz mis propiedades, mesié François Artois! De lo contrario, yo haré lo mismo con tu colección de cedés y empezaré a pincharlo todo sin control. A ver: Jamiroquai, Springsteen, Clapton, Lenny Kravitz... Vale, mejor no. Tú ganas, tío.

Comprendo bien tu tesitura, señor Dodo

3. —Aquí tenéis los cinco croissants —le digo, cabizbajo, a mi mujer.

—¿Cinco? Pero si somos cuatro.

—Ya lo sé, estúpida mujer. Pero no sé pronunciar quatre.

Mi mujer se carcajea, y mis hijos proceden a ignorar los croissants que he puesto en la mesa con el sudor de mi acento. Estamos todavía en la mañana del segundo día y ya tengo ganas de llorar todo el rato. Llorar mientras sacudo a mis hijos, como un psychokiller extraordinariamente perturbado de los que sollozan y se masturban sobre el tronco desmembrado de su víctima, para luego prorrumpir en espeluznantes risotadas MUAJAJAJAJAJA y defecarse encima y luego volverse a masturbar allí y poner los ojos en blanco y mascullar salmodias en latín vulgar.

¿Qué estará haciendo el Señor René François Artois en mi casa? ¿Pajeándose furiosamente en visillos, tal vez?

Para evadirme de lo que me rodea, echo un somero vistazo a mis correos digitales, a ver si por un casual me ha escrito Pete Townshend o me han concedido ya la Gran Medalla al Mérito Onanista. No hay nada de eso, pero los de Blackie Books me envían fotos de la cubierta de mi nuevo libro, Chap chap. ¡Míralo él! Míralo qué mono, y qué gordito está. Es igualito a su padre, ¿verdad? Desde luego, ojeando la imagen adjunta, la sensación que me invade es la misma que debieron tener los soldados de la 1ª Guerra Mundial, cuando recibían una foto de su hijo recién nacido mientras se pudrían en las trincheras del Somme. Vale que yo no estoy allí, ni en Verdún; pero estoy en París, que es asaz peor. Una cosa puede decirse a favor del frente: al menos allí no había niños. Ni mujeres. Joder, suena como el paraíso, aunque luego un obús boche te arrancara las dos piernas de cuajo.

—Los griegos tuvieron una buena idea —le decía yo el otro día en un bar a mi amigo David—. Una sociedad de hombres cultos y barbudos en túnica, con los huevos al fresco, comiendo y bebiendo y discutiendo el sentido de la vida y la dirección de la polis y la existencia del alma, guerreando de forma sanguinaria de vez en cuando con la ciudad-estado vecina. Sin mujeres ni niños dando por saco todo el rato.

—Bueno, niños sí que había —me contestó él—. Y es curioso que digas lo de dar por saco, porque los griegos eran muy aficionados a eso. Con los niños, de hecho.

—Ya sabes lo que quiero decir, chalao —le dije yo—. Idea “buena” si no fuese por tener que hacer eso todo el rato.

—Sí, ya —me respondió, observándome de reojo y ponderando sus opciones de fuga.

Evil Dead III: el ejército de las tinieblas

4. Aún es la mañana del segundo día. París, naturalmente. Empieza a llover con creciente intensidad. Chuzos de punta, vamos. ¡Aleluya! Espera, espera un instante: ¿por qué este alborozo repentino? No soy un payés del Ampurdán. No peligraba mi cosecha de sandías y cucurbitáceas. La última vez que me alegró tanto la lluvia fue porque tenía un examen de educación física al aire libre, en 3º de BUP, y se acabó cancelando por condiciones meteorológicas (librándome así de la inevitable incrustación de potro en zona perineal). Y entonces lo sé: llueve, ergo no podremos ir andando a escrutar piedras antiguas amontonadas en forma de edificio puntiagudo de liturgia y superchería, ergo podremos pasar el día entero en un café, leyendo y bebiendo cerveza sin pegar ni golpe, que es una de mis grandes aficiones pre- y post-hijos.

—Aquí tenéis los cinco croissants. —¿Cinco? Pero si somos cuatro. —Ya lo sé, estúpida mujer. Pero no sé pronunciar quatre

Sentado a la mesa del desayuno, cierro el iPad, observo el croissant extra que permanece allí plantado como un pobre cangrejo sin cita para el baile y, mientras la lluvia tamborilea sobre la claraboya de nuestros anfitriones, sueño despierto en viajes bonitos del pasado. En la última visita (sin niños) que realizamos mi esposa y yo a París, por ejemplo: yo andaba por ahí con un pork pie ladeado, creyéndome Dean Martin o Gene Kelly o qué se yo, y a Naranja le ardía la cabellera cuando se ponía el sol (su cabellera era una puesta de sol), y me comí a traición la cara hervida (entera; ojos inclusive) de una ternera muerta en un bistró provenzal (¿o era bretón?), y engullimos un vinazo jovencísimo, casi púber, mientras hablábamos de libros raros y alucinantes y conmovedores, y en la librería Shakespeare & Co. encontré una novela tardía de Joseph Heller que hacía tiempo que buscaba. Baratísima, además.

Y ahora, ahora solo esta desazón. Esta pesadumbre existencial. Este Qué demonios hago aquí. Esta mierda. Mierda parisina, para colmo, y compuesta de: dos apanochados trolls de mentalidad nihilista que andan como si calzaran zapatos de hormigón y hacen alarde de las compulsiones divo-consumistas de una ex-starlet shopahólica de Beverly Hills. De una mujer enloquecida por la maternidad y las buenas vibraciones y un supremo e inasequible amor familiar, que insiste en partirse de risa cada vez que pide por error un “vin noir” (vino negro) en restaurantes gabachos, para la consternación del respetable y horror del sector servicios parisién. Y de mí, que soy un bastardo anglófilo (y, por consiguiente, galófobo), que he envejecido 10 años en dos días y que solo sé decir en francés “Avez-vous du poison?” (“¿Tiene usted veneno?”).

Los griegos tuvieron una buena idea. Una sociedad de hombres cultos y barbudos en túnica, con los huevos al fresco, comiendo y bebiendo y discutiendo el sentido de la vida

Sí, yo, que... Un momento. Un momento. Efectúo un barrido de mesa a mi alrededor y lo que veo me llena de pavor demente: todos están contentos. Todos ríen y planean y bromean, ahora. El humor general ha realizado un giro de 180º, y yo permanecía en la inopia, atrincherado en mi infierno mental, en las simas miasmáticas de mi dañada psique. La conclusión me golpea con la intensidad de un catapultazo de alquitrán, como en uno de esos capítulos de La dimensión desconocida donde el protagonista repara de repente en que es el único humano, o el único cuadrúpedo parlante, o el único acordeonista búlgaro de la habitación.

Sí: soy yo. Yo otra vez. Yo soy el único del clan que aún paseaba por ahí con cara de enfurruñado Minion lila. Yo estaba arruinando este sensacional viaje con mis viejos demonios y ensoñaciones punibles por la ley y pétreos conceptos de tarado. Me digo que debería ponerme en modo Sonriente Jefe Scout cuanto antes, a riesgo de motín, reyerta marital y postrero suicidio en lares extraños. Me digo que debería alegrarme de una maldita vez. Todo indica que tengo razones para ello.

Selfie con cerebros

4. Ya me alegré. Ha sido así de fácil. Quizás todos esos veinteañeros pizpiretos y alborotados y algo frívolos con los que me cruzo de cuando en cuando tienen algo de razón: es posible divertirse así, por decisión existencial. Porque has decidido que las cosas son “divertidas” SIEMPRE y vas a pasarlo pipa todo el rato, suceda lo que suceda, aunque a tu alrededor todo sea fatalidad, frustración y hecatombe.

O quizás lo que sucede, simplemente, es que todos esos rozagantes mozos y mozas esconden su dolor, rabia y amargura con mejores actuaciones que la mía.

Lo cierto es que soy incapaz de adoptar esa perspectiva vital de asueto estrábico a ultranza que ignora las nociones más elementales de sentido común o realismo social (“la vida es muchas veces triste”, como cantaba Sr. Chinarro), pero de momento tendrá que servir. Después de todo, se trata de una emergencia.

5. Mi alegría continúa, ya completamente enloquecida e irreductible, a lo largo de los restantes tres días. Todo es auge desde aquí; cenizos abstenerse.

Visitamos el museo de Historia Natural, y luego el de dinosaurios y otras marranadas, que ni recuerdo como se llama ni pienso ponerme a buscarlo ahora. Como buen pro-victoriano, aplaudo mayormente los fetos despanzurrados que flotan en formol desde 1888: gatos, monos y algunas aberraciones de la naturaleza como becerros bicéfalos y puercos cíclope, todos poniendo cara de desconcierto ante su presente situación de fiambres públicos. Me encantaría mostrárselos a mis hijos, pero han salido chutando entre grandes náuseas, al igual que mi mujer. Al final de un pasillo hallamos al Dodo: un pájaro pazguato, feo, torpón, obsoleto y finalmente extinto. He encontrado mi avatar, al fin.

La última vez que me alegró tanto la lluvia fue porque tenía un examen de educación física al aire libre, en 3º de BUP

Paseamos por Montmartre, que es una mezcla de Pals + la fortaleza más cutre del Exin Castillos, con algo del cartón piedra de Carcasona y el abigarramiento de Tossa de Mar en un 10 de agosto. Es un lugar de mentirijillas, mendaz y sanitizado, aunque algún día debió ser la pera, imagino. Esos días, qué duda cabe, terminaron, por mucho que el ayuntamiento busque engatusarnos soltando por allí a actores disfrazados de pintores con llagas de gonorrea y encías piorréicas para darle al barrio ese toque a boheme harapienta. Pero a mí no me la pegan. Si hubo alguna vez cultura fiera, radical e interesante en este país, ahora se aloja en las banlieues.

Al lado de la torre Eiffel, un rumano con papel y carboncillo en la mano se me planta delante y me suelta:

—¿Quierre una cacatúa?

¿Una cacatúa? Tardo unos segundos en comprender que ha querido decir “caricatura”, y allí me asalta un tremendo ataque de júbilo carcajeante. Sí, tío, ¿sabes qué? Acabo de darme cuenta de que quiero una cacatúa. Quiero una puta cacatúa, aquí en mi hombro, y andar por ahí pegando berridos de pirata enajenado, como John Silver El Largo. Eso es lo que necesito, a partir de ahora, para ser auténticamente feliz. ARRRRRR. ¡Dame ya esta CACATÚA!

El rumano huye despavorido. Bah. En un bar del Trocadero me zampo una cerveza tamaño copa Champions, mastico pretzels como un gorrino y soy derrotado por mis hijos en una reñida partida de cartas-dinosaurio. Estoy de fábula aquí. Me lo estoy pasando inesperadamente bien, caramba. Casi no he pensado en ningún instante en mis numerosos desvaríos de enfermo mental.

Como buen pro-victoriano, aplaudo mayormente los fetos despanzurrados que flotan en formol desde 1888

Mirando tan pancho por la ventana pienso que París, dada su condición de centro turístico del universo conocido, debería ser el lugar perfecto para cruzarme con algunos de mis héroes. No sé: Ray Davies, Chastity Lynn o El Detective Marciano. Pero no: de repente (no se creerán esto) pasa ante mí como una exhalación la ex-mujer del tenista Manolo Santana, actual tertuliana televisiva de holocaustico espanto. ¿Cuál es su nombre? Ni idea. Un ser horrible. Que pasa ante mí en realidad, no como producto de mis desorganizadas ensoñaciones freudianas.

—Este quizás hay sido el avistamiento de celebridad más raquítico y birria de la historia del turismo parisién —le espeto a Naranja.

—¿A quién has visto, guapetón?

—A nadie. O sea, que no era nadie de verdad. Pídeme otra cerveza, anda —le contesto, y luego, ya mirando al resto de la mesa—. ¿Quién puede batir a este Diplodocus? En peso, pasmaos.

Cerdo cíclope

Apéndice: 10 cosas que he aprendido en París

1) Saucisse Princesse, pese a su imperial nomenclatura, es chopped del Dia. Ni más ni menos. Chopped glorificado, pero igualmente hecho de anos y encías y pezuñas de ungulado, como el nuestro.

2) Todo el vino es bebible. Delicioso, vaya. Incluso el de 3 euros. Incluso el de tetra-brik. Incluso el recién regurgitado que yace, tibio, a los pies de un alcohólico.

3) El emblema de BNP que aquí uno ve por todas partes no significa BRITISH NATIONAL PARTY (un legendario partido nazi inglés), como temí por unos instantes (¿Habrán llegado al poder esos hijos de zorra?). Resulta que es un banco. Los colores de la FAI que en París también hallarán hasta en la sopa son de otro banco, la Societé Generale. Los franceses tienen un extraño sentido del humor para los logotipos corporativos.

4) Leen mucho más que nosotros. O sea: mucho más.

En un bar del Trocadero me zampo una cerveza tamaño copa Champions, mastico pretzels como un gorrino y soy derrotado por mis hijos en una reñida partida de cartas-dinosaurio

5) La gente tiene móvil, pero no siente la compulsión de trastear con él en todo instante, como sucede en España. Los transeúntes aquí ocupan su tiempo en otros menesteres: hablar por los codos y leer, mayormente. Y realizar posturitas y mohines. Y comer pastelitos de crema sin supervisión dietética de ningún tipo.

6) Por fortuna no me gusta el dulce, porque los pasteles aquí son una auténtica chifladura. Ves uno de esos bollos glaseados en un escaparate y, como dice Dylan Moran, te entran ganas de llevártelo a una habitación de motel. Goce repostero que raya lo tabú.

7) El look prevalente entre la población femenina es aún el de criptobohemia en ruinas: rímel corrido (o aplicado a brochazos párkinson por toda la faz, sin ningún tipo de criterio cromático ni espacial), botines despellejados (o Stan Smith raídas; aquí son lo más, como lo fueron en Londres en 1999; los fashionistas parisinos, ahora lo veo, van 15 años atrasados), palidez mortuoria, rictus de extravío mental leve. No digo que todo eso no sea atractivo. Solo digo que a uno le entraban ganas de invitarlas a un emparedado reconstituyente, más que a cogerlas por detrás en algún pulgoso jergón del Marais.

Lo llaman Saucisse Princesse, pero pese a su imperial nomenclatura, es chopped del Dia

8) Todos los clichés franceses son reales: el veinteañero con camiseta bretona que lee a Zola en el metro (según mi mujer, ese no era francés; los galos leen a Zola a los nueve –ver punto #4); la cara Degaulliana de los gendarmes; la mala baba criptofascista de los taxistas; la gente deambulando sin rumbo con baguettes incrustadas en las axilas; la peña abarrotando los bares a todas horas, como en Sevilla o Cádiz, sin hacer amago del menor impulso laboral o productivo. ¿Todos esos implausibles lugares comunes que aparecen en Un americano en París y Ratatouille? Todo verdad. Palabrita. Incluso el grafiti es 100% francés: “Il pleure dans mon coeur. Come il pleut sur la ville”. Eso es lo que vi en una tapia inmunda. Un soneto fifí de Verlaine. En Barcelona solo hallaríamos el garabato de UNA GRAN POLLA.

9) Su rock’n’roll es porquería y sus tiendas de discos dan pena. En algo teníamos que ganarles, pardiez.

10) Los franceses siguen siendo la nación más afectada y pretenciosa de Europa. Y por ello, porque me obligan a escoger entre ceporrez (española) y solemnidad (la suya), les odio y envidio a la vez. No me queda otro remedio: escojo solemnidad (puaf).

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