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Bob Dylan se encuentra con Pablo Iglesias en Newport

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“No pienso trabajar para la granja de Maggie nunca más”

Guillermo Zapata

24 Septiembre 2014 06:30

Es sábado 24 de Julio y estamos en el festival de Newport. ¿El año? 1965. Jóvenes y no tan jóvenes con camisas de campesino y pantalones de pana se sientan en el suelo y esperan a que se inicien los conciertos del festival más importante de folk del mundo. Es su festival. Las mujeres llevan el pelo largo, lacio, suelto. Ellos el pelo corto, sencillo, aunque revuelto; no es un corte marcial. Son los protagonistas del movimiento de derechos civiles y las protestas contra la guerra de Vietnam. Negros y blancos se sientan juntos en las praderas en las que se celebra el festival. Es más que una fiesta de la música: es un proyecto comunitario.

Esa mañana, Dylan ha interpretado algunos de sus temas clásicos como “All I really wanna do” y otros. Como siempre, con su guitarra y su harmónica. Con su pelo caótico y su camisa. Esa camisa como la de aquellos jóvenes.

Sin embargo, hay algo que no va bien. Algo no gusta al bardo de Nueva York. Esa mañana ha escuchado comentarios desagradables de uno de los programadores del festival porque la “Paul Butterfield Blues Band” ha tocado con una banda completamente elecrificada: un combo roquero.

Dylan está enfadado. Dylan quiere electrificar a esos folkies. Dylan lleva ya tiempo con la mosca detrás de la oreja. Ese mismo año, en enero, ha sacado una canción de titulo “Maggie´s Farm” que disimula poco sus intenciones: “No pienso trabajar para la granja de Maggie nunca más”, dice su primer verso. Es un corte de mangas muy poco disimulado a toda la escena folk.

Dylan dice que la noche del domingo, cuando tiene que dar su gran concierto, piensa hacerlo electrificado. Piensa salir ahí con su guitarra eléctrica y acompañado de su banda. Llevará una cazadora de cuero negro y gafas de sol. A la mierda; que les jodan: “Its all over now, baby blue”.

La noche del domingo 25 de julio Dylan sale al escenario. El sonido es pésimo cuando se lanza con “Maggie´s Farm” (no podía ser de otra forma) y entre el público se escuchan abucheos. Apenas tocan cuatro canciones. La calidad del sonido y la provocación de Dylan han puesto a la gente en pie de guerra. Salen del escenario entre gritos y abucheos. Hay quién dice que por el sonido exclusivamente, pero las imágenes documentales de la época enseñan a jóvenes airados que miran a cámara y blasfeman. ¿Qué se ha creído el puto Dylan? ¿Sale con una banda? Se ha vendido. Se ha vendido al sistema. Ya no es de los nuestros. Ya no respeta las reglas de la comunidad folk.

La política y las leyes del folk

Las reglas de la comunidad folk son: más anonimato que arrogancia individual. Más compartir letras, estructuras musicales, canciones y más intercambios entre bandas y menos ir por libre. Más comunidad y menos individualismo. Compromiso político y sobriedad. No hedonismo rock. Más escena común y menos ego particular.

Dylan parece haber liquidado él solo toda esa escena con una actuación musical. En Newport, 1965, pasó algo que modificó la música para siempre. Ese algo fue un cambio en las formas tradicionales de una comunidad que se va sacudida hasta sus cimientos por un orgullo, un descaro y una soberbia que abre las puertas de otro mundo. El festival no duró mucho más después de aquello. En 1971 cerró sus puertas y no volvió a abrirlas hasta 1985, convertido ya en una atracción para la nostalgia. El propio Dylan volvió a tocar allí treinta y pico años después ataviado con una peluca y una barba falsa. Como si no fuera él, sino un alter ego cómico.

¿Y qué tiene todo esto que ver con Podemos y su irrupción en la escena política española?

Enero de 2014. Hace unos días se presenta un manifiesto que invita a la construcción de una candidatura popular para las elecciones europeas para las que quedan apenas 5 meses. Los impulsores del mismo presentan días después el proyecto en el Teatro del Barrio, en Madrid. Lo hacen con números en las manos. Desde hace meses manejan encuestas que les indican que el cambio político en España es posible. Eso sí, siempre y cuando se mueva en unas coordenadas atadas a un ADN de nueva política que rompa con las lógicas tradicionales.

Nadie parece dispuesto a dar el paso para poner en marcha dicho proyecto político. Ni los viejos partidos de izquierda, demasiado preocupados por mantener sus cuotas de poder particulares, a la vista también de que las encuestas les dan un leve aumento de la intención de voto que les hace soñar con ser una fuerza relevante. Tampoco los viejos movimientos sociales, superados de por sí desde el estallido social del 15M en 2011, y que entienden la acción política como una expresión lejos del territorio de la representación. Ni por supuesto las estructuras organizativas nacidas al calor del 15M, por definición apartidistas y anónimas. Así que han decidido hacerlo ellos.

Ellos. Un grupo reducido de personas vinculadas a la universidad, profesores y estudiantes, algunas organizaciones políticas de corte izquierdista en proceso de transformación, así como el carisma mediático (construido durante años de minucioso trabajo en La Tuerka, su programa de debate y posteriormente en diversas tertulias televisivas) de Pablo Iglesias.

Ellos intuyen que puedan construir algo importante, pero no saben cuánto, ni cómo de rápido.

La traducción en términos institucionales y de nueva organización política del escenario de explosión social nacido años antes se escenifica en un teatro. Las camisas, por cierto, son similares a las que los folkies portaban cuarenta años atrás, pero el desafío se asemeja al gesto de Dylan. La ruptura con una tradición política y cultural que es, sin embargo en la que los protagonistas de la apuesta han vivido toda su vida. La mutación.

Miedo a la electricidad

La reacción de los viejos fans del folk se asemeja también a la reacción de los viejos activistas de izquierda, que lejos de criticar la forma de la propuesta, parecen criticar la propuesta en sí, la experimentación, el desafío. Una suerte de miedo conservador a esa electricidad que Dylan le impuso a las viejas formas de la cultura folk.

Miedo, en fin, a una transformación radical de la escala y los desafíos ante el riesgo (palpable, evidente) de llevarse por el camino toda esa escena anterior. Puedo hablar de ello en primera persona porque en aquel mes de Enero de 2014 me quedé ronco de apretar mis puñitos con rabia identitaria.

La aparición de Podemos es más bien el escenario político en el que se desencadena la electricidad y quizás no la electricidad misma. El canal y la melodía, pero desde luego no la energía.

La energía la aportan miles de personas anónimas que entienden, comparten y se incluyen en la propuesta: miles de personas que lejos de funcionar con los código de los viejos fans del folk o de los nuevos fans de Dylan —esos que adoran con actitud sacrosanta lo que su centro cultural les diga—, funcionan con la lógica de los fans de las buenas series de televisión. Esos que critican los capítulos que no les gustan, escriben cartas a los Showrunners para que se quite a tal o cual personaje o se cambie tal o cual trama, y que tienen capacidad para escribir, incluso, sus propios capítulos.

PD. En 2013 los Hermanos Coen estrenaron una película sobre la mediocridad construida a partir de la imposibilidad de cambiar. La historia se condensaba en el personaje que le daba título: “Llewyn Davies” Un cantante folk atrapado en su propia genialidad e incapaz de adaptarse a un mundo en transformación.

Davies, cuyos motivos para el estancamiento son absolutamente razonables e incluso dolorosos, interpreta una última canción folk en el viejo local del Greenwich Village dónde solía ir a tocar. Tras él, que se aleja fracasado, toca un joven que apenas está empezando en el mundo de la canción, pero parece que tiene talento. Es Bob Dylan.

El mundo que Llevyn Davies siempre amó acababa de morir por la vía mas extraña posible, convirtiéndose en patrimonio colectivo y objeto de deseo de cientos de miles de personas. Solo que no es él quién está en el escenario tal y como siempre había pensado que sería, sino que ahí arriba, ante los focos, hay otra persona.

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