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“Boardwalk Empire”: sexo, drogas y charlestón

Tras dar comienzo la tercera temporada de la serie en Estados Unidos, echamos un vistazo a su nuevo arranque y reflexionamos sobre la importancia capital de esta historia de la Mafia en Atlantic City

Acaba de arrancar la tercera temporada de “Boardwalk Empire” en Estados Unidos –en noviembre llegará a España, vía Canal +–, y es el momento perfecto para deshacerse en elogios con esta serie de mafiosos y analizar el arranque perfecto de su nuevo año de gloria y sangre.

El salitre se adhiere a la madera de los edificios que recorren la línea de playa. El paseo marítimo es un riachuelo de sombreros de fieltro y gaviotas. Allí arriba, en una de las ventanas más privilegiadas de Atlantic City, Enoch Thompson observa. Se ajusta los gemelos, tuerce el gesto y estudia una ciudad construida en los márgenes de la ley, un monstruo en crecimiento cuyo sistema circulatorio bombea alcohol de contrabando en cantidades obscenas. Estamos en los años 20, y hete aquí una obra monumental dedicada al vicio que Nucky ha contribuido sobremanera a levantar trabajando duro, es decir, codeándose con el poder, alimentando a políticos con putas y whisky de estraperlo, y cultivando con ahínco y hasta cierta elegancia el arte del soborno.

No os dejéis engañar por la piñata de zarigüeya, los ojos de lagartija y la dermis blancuzca, viscosa, de Steve Buscemi. Nucky Thompson podría ser perfectamente el personaje más fascinante de la televisión actual, no en balde copa el protagonismo de la que ya es para muchos la mejor serie del momento. Lo cierto es que “Boardwalk Empire” muestra un pelaje distinto al resto de competidoras, es una obra preciosista, barroca y muchas veces desbordante; una tragedia de hombres abocados a la muerte en la que el drama, la polaroid histórica y el relato mafioso se equilibran con inteligencia y complejidad.

"La serie tardó en arrancar; era como si avanzara a tientas pero los que abandonaron el barco antes de tiempo cometieron un error gravísimo"

La trayectoria de Nucky Thompson es, en las raspas, la biografía no autorizada de Atlantic City en sus años más convulsos, el sangriento relato que palpita en las alcantarillas de la urbe y no debería olvidarse. Pero cuando un lugar acumula en sus cimientos tanta pólvora y sesos desparramados, las historias brotan como chorros de agua caliente en un geiser. Ese violento manantial es precisamente el que supo aprovechar Terence Winter, guionista y productor de “Los Soprano”. El escenario era perfecto, el contexto histórico muy jugoso y la plataforma, HBO, la ideal para poner en solfa un drama criminal de época de tanta envergadura. El espinazo de la serie era robusto. Las maquinaciones de este mafioso con cara de batracio se revelaban como el cobre conductor que alimentaba una telaraña de historias paralelas con abundancia de secundarios de altura.

Desde el desbordante episodio piloto, dirigido por Martin Scorsese, me dejé seducir con cierta ingenuidad, lo admito, por una maquinaria cinematográfica paquidérmica, excesiva. Con toda seguridad, esa grandeur fue la razón por la que muchos tomaron el otro camino y se ensañaron alegremente con la primera temporada: demasiado envoltorio, poco contenido. Y algún gramo de razón tenían los más críticos. La serie tardó en arrancar; era como si avanzara a tientas. Esa falta de mordiente generó escozores entre los sibaritas, pero en sus últimos episodios la trama fue adquiriendo los tintes de drama shakesperiano ultraviolento que pedía el patio de butacas. Los que abandonaron el barco antes de tiempo cometieron un error gravísimo. “Boardwalk Empire” encontró su voz y se acomodó a su verdadero estilo en las postrimerías de la primera campaña, allanando el pavimento para la llegada de una nueva andadura destinada a salpicar mucha más sangre en nuestro tresillo.

Y así fue. La segunda temporada consiguió eliminar las lagunas anteriores y solidificar las virtudes del producto. Vimos, seguramente, la llegada a la madurez de “Boardwalk Empire”. La gradación de violencia aumentó, las tramas mafiosas se sirvieron con costuras reforzadas y se intensificó la exploración de algunos personajes, como Jimmy Darmody –rivalizando en protagonismo con el mismísimo Nucky- o el inquietante humanoide llamado Richard Harrow. En la cara mutilada de este ex francotirador, en esa máscara perturbadora que le cubre las heridas faciales, está condensada gran parte de la esencia dramática (esa finura en la descripción de algunos protagonistas) de “Boardwalk Empire”: Harrow es una caja de sorpresas que el espectador quiere y no quiere abrir, un tipo deforme capaz de despertar la ternura más sincera y el horror más absoluto. La historia aparentemente tangencial del asesino sin faz terminó siendo una de las mejores metáforas de la segunda temporada, una temporada que también confirmó el peso del personaje femenino más poderosos de la serie, el de Margaret Schroeder, la “mujer” de Nucky Thompson.

Todos ellos, o mejor dicho, casi todos ellos, con Nucky al frente, están destinados a copar gran parte del interés de los fieles en la tercera campaña, estrenada en Estados Unidos el 16 de septiembre. Después de ver al cacique de Atlantic City a punto de morder el polvo por una traición múltiple en la segunda temporada, la serie nos brinda ahora a un protagonista reforzado, más afianzado que nunca en su poltrona, lo que seguramente se traducirá en nuevos y mayores quebraderos de cabeza, crisis inesperadas y más tipos cabreados con ganas de rajarle el pescuezo.

No soy amigo de lanzar spoilers, de modo que intentaré glosar las virtudes del episodio inicial de la tercera temporada sin herir sensibilidades seriófilas. A los que han llegado hasta aquí y notaron un endurecimiento o humidificación genital a lo largo de la segunda campaña, les digo que tranquilos, que seguirán sintiendo un je ne se quoi en el bajo vientre. Las cosas siguen igual en Atlantic City. Igual de bien. Igual de chungas. El comienzo de esta nueva temporada se alinea con el tono amenazante y los excesos que tanto me deslumbraron en la segunda; todo parece seguir e incluso superar el canon de calidad (y mala hostia) establecido en la anterior entrega: estamos en 1922 y ha pasado un año y medio desde los últimos y épicos acontecimientos que vimos. La violencia en las calles ha escalado hasta límites insospechados y como el propio Terence Winter advierte: “Nucky tendrá que jugar muy bien sus carta para sobrevivir”. La cosa promete.

Después de este retorno fulgurante –ya puedo decirlo sin miedo a meter la pata–, “Boardwalk Empire” se confirma como la SERIE, y lo hace con un arranque fastuoso, mostrando a todos los peces gordos –Nucky Thompson y Arnold Rothstein como cabezas de cartel– en una fiesta de nochevieja faraónica donde se tenderán las primeras alianzas y se producirán las primeras peleas de gallos. Hablando de gallos enrabietados, en el apartado de nuevos antagonistas, mucho tendrá que decir el hampón Gyp Rosetti, peligroso siciliano que se siente insultado por el capo de Atlanitc City. Apuesto mi colección de cómics a que el nuevo fichaje tendrá el antojito comerse el hígado crudo de su nuevo enemigo para desayunar. Sobrado de mala baba y con más pronto que un wookie con dolor de muelas, el italiano es uno de las incorporaciones a tener en cuenta. A los 2 minutos de conocerle ya le odias y le temes a partes iguales.

Todos tranquilos, pues, “Boardwalk Empire” ha dejado muy atrás ya las callosidades de sus inicios para reivindicarse como la producción más compleja, impactante –tiene algunas de las imágenes más brutales que he visto en mucho tiempo– y mejor escrita de la televisión actual. El acabado es ahora casi perfecto. Si la tercera temporada se despliega en concordancia con los inmejorables augurios de su primer capítulo –más violencia, más decorados, más personajes, ¡más todo! –, volveremos a soltar un puñetazo en la mesa cuando expire el último episodio, y aullaremos por el cuarto chute con más fuerza que nunca. La mejor serie de mafiosos desde “Los Soprano”, que ya es mucho.

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