Columnas

Björk: amor por el remix

Se edita esta semana “Bastards”, un nuevo álbum en el que la artista islandesa aparece remezclada de mil formas. Aquí repasamos su idilio por este tipo de reconstrucciones.

La remezcla tiene un papel fundamental en la historia musical de Björk, es un hilo conductor que homogeniza una carrera que nunca ha querido negociar ninguna rebaja con la idea de vanguardia pop. Con la salida de “Bastards” queremos repasar la relación de amor entre la islandesa y los remixes.

Desde el primer single de adelanto de “Debut” –los fans ya conocen el dato al dedillo: “Human Behaviour” (1993)– Björk ha apostado siempre por extender la vida de su música a través del formato de la remezcla. Ahora, dejarse remezclar oficial (y también extraoficialmente, y si no que le pregunten a Lana del Rey) es un recurso al día, fácil, quizá incluso demasiado sobreexplotado por los técnicos del marketing. Pero a inicios de la década de los 90, cuando todavía existía una brecha abierta entre el mundo del pop y el de la emergente y cada vez más creciente cultura de club, de las raves y los DJs, dejarse remezclar era un acto de afirmación estética mucho más profundo. Significaba creer y apostar por la tecnología como el medio idóneo para hacer y comunicar música, por un tipo de hedonismo opuesto al nihilismo del grunge y de parte del indie-rock, y no es por casualidad que Björk consiguiera consolidarse, en pocos años y no sin dificultad, como un icono del vanguardismo en el pop: ella es de las artistas que mejor representa la transición de una época ‘rockcentrista’ a una modernidad, de la que nuestro momento actual es una extensión lógica, en la que las formas musicales se trasvasan las unas entre otras de manera líquida y donde el medio (la tecnología) domina el mensaje musical.

Las virtudes de Björk son innumerables y no cabrían en este artículo. También es cierto que la Björk de entonces no es tan entusiasta, incisiva y desacomplejada como la actual; y por supuesto hay un abismo creativo entre los logros mayúsculos de la era que comprende de “Debut” hasta “Vespertine” (2001) y la que llega desde “Medúlla” (2004) hasta el reciente “Bastards”, puesto a la venta esta semana. Pero en toda su historia, más allá del vestuario excéntrico, el uso particular de la voz y el trabajo comunal con los mejores músicos, letristas, escenógrafos y realizadores de clips de cada momento, hay un hilo conductor que se prolonga durante dos décadas: la remezcla. Björk es la mujer que ama las remezclas. Empezó con una de Underworld –nada menos que de 12 minutos, en un EP que también incluía reconstrucciones de Speedy J y Dom T.– y ha llegado hasta las de Omar Souleyman, Hudson Mohawke y Death Grips del reciente “Biophilia” (2011). Incluso podemos decir que, si desapareciera toda la música de los últimos 20 años y sólo quedara la de Björk, podríamos reconstruir buena parte de nuestra historia musical reciente –a la manera de los arqueólogos que excavaron el antiguo Egipto– sólo a partir de cómo ha sonado, quién le ha producido y, sobre todo, quién le ha remezclado.

1. La esquimal que amaba los white labels

Hay un disco que suele pasar desapercibido en la historia de Björk pero que es muy definitorio de su manera de entender la música: “The Best Mixes From The Album-Debut For All The People Who Don’t Buy White-Labels”, técnicamente un EP que recogía, en 1994, las remezclas aparecidas en varios singles editados fuera de los canales habituales de su discográfica, One Little Indian. Hay que entender que estábamos en 1993 y por entonces había un bien preciado entre los DJs, el white label, ese vinilo sin información, sin portada, sin etiqueta, en el que aparecían remixes furtivos y muy limitados sólo para su consumo en discotecas. El listado de “The Best Mixes…” incluye, reunidos en CD –también hubo ediciones en cassette y vinilo–, algunos maxis de circulación muy restringida entre los que asomaba la remezcla épica de Underworld, más tres de The Sabres Of Paradise y dos de The Black Dog, lo que convierte este título en un tesoro interesante para coleccionistas de la edad dorada del techno inteligente inglés y, en particular, de los artistas de la primera y mejor etapa del sello Warp.

2. Los otros remixes de “Debut”

Los remixes de la época “Debut” son magníficos, pero quedan ensombrecidos por la enorme trascendencia de las versiones originales, que ninguna remezcla ha sabido ni podido mejorar. “Violently Happy”, “Big Time Sensuality”, “Human Behaviour” y “Venus As A Boy” (más la colaboración con el hombre de las bandas sonoras, David Arnold, en “Play Dead”) aparecieron todas como single, y todas con sus remezclas: el listado de artistas elegidos demostraba una preocupación por la ciberdelia y el house más reglamentario –David Morales y Justin Robertson, por entonces pesos pesados del clubbing en Nueva York y Londres, respectivamente, se encargaron de echarle mano a “Big Time Sensuality”, transformándola en un himno garage–. Mención aparte merece el abrumador elenco contratado para “Violently Happy” en 1994: Fluke, Graham Massey y Masters At Work, que seguro que costaron una pastizara gansa. Si se tienen que comparar con los white labels y los limited copies, lógicamente no hay color. Pero alguna joya encontramos. En aquella época, Björk era al pop revoltoso lo que la fiebre del oro al Far West: una pepita a cada paso.

3. De “Post” a “Telegram”

“Post” (1995) fue un álbum más calmado, carente en buena parte de la erupción de juventud, entusiasmo y fosforescencia de “Debut”. Sus cualidades eran otras: beats a medio tiempo influenciados por el trip hop, que por entonces se había convertido en el sonido más cool del día –eran los tiempos de sus flirts, personales y profesionales, con Howie B y Tricky–, una dimensión cinematográfica y una vocación, tal como lo establecía el último corte del disco ( “Headphones”), de ser escuchado con auriculares en casa, lejos de la comunión y el barullo del club, trasformando el cerebro en un laberinto. De este modo, “Post” fue un LP remezclado con menos intención y además sin euforia, más multicultural –perlita de Talvin Singh, el maestro de la electrónica de aroma hindú, en “Possibly Maybe”, y del ex DeeeLite y adalid del easy listening Towa Tei para “Hyperballad”–, pero con algunas joyas de interés: el remix del 808 State Graham Massey en “Army Of Me”, el de Beaumont Hannant (en su proyecto Outcast) para “Hyperballad” y la primera colaboración con Mark Bell, que se firmó un remix a su nombre en “Enjoy” y otro como LFO en “Hyperballad”. Casi todo este material hay que ir a buscarlo en los maxis, porque cuando se reunieron en el álbum “Telegram” las remezclas, muchas se descartaron y otras fueron especiales para la ocasión. Las más chocantes, la reescritura de “Hyperballad” para cuarteto de cuerda del Brodsky Quartet –que pocos meses antes habían trabajado con Elvis Costello en "Letters To Juliet"–, y la de Mika Vainio para “Headphones”.

4. “All Is Full Of Love”: la cumbre

Una de las canciones más emblemáticas y memorables de Björk es “All Is Full Of Love”, y sin embargo sólo fue el quinto single del homogenial “Homogenic” (1998), tras “Jóga”, “So Broken” (bonus beat de algunas ediciones, sobre todo de la española por la colaboración de Raimundo Amador), “Alarm Call” y “Hunter”. Por primera vez en la carrera de Björk, un álbum no iba seguido de un disco de remezclas –en aquel tiempo ya era un recurso trillado, que además no le acaba de convenir a un álbum de la solemnidad orquestal y de la belleza polar de éste–, pero los singles tenían sorpresas chocantes por todas partes. De “All Is Full Of Love” hay dos remezclas legendarias: la de Funkstörung se planchó en un 12” limitadísimo y muy codiciado en Fat Cat, un sello que Björk había ido coleccionando con tesón desde principios de los años 90 y en cuyo catálogo quiso aparecer de manera semi-clandestina, y la de Plaid es uno de esos extraños casos en los que la versión supera al original –esas texturas psicodélicas que parecen brillar con el resplandor de tres soles–. Pero toda esta fase björkiana comenzó de una forma aún más convulsa, con los terremotos servidos por Alec Empire con el fin de derruir “Jóga” hasta los cimientos y por Mike Paradinas para retorcer la belleza de “Hunter” en un rompecabezas IDM. Los vinilos de “Alarm Call” son los que indican la transición hasta “Vespertine”: aquí participaron Mark Bell y Matmos, y aportaron sus rarezas Beck y Alan Braxe.

5. 2001-2005: la sequía

Para “Vespertine” apenas hubo remezclas: las firmaron los productores del álbum (Opiate, Matthew Herbert y Matmos / The Soft Pink Truth) a modo de intercambio de favores o tomas alternativas de “Cocoon”, “Pagan Poetry” o “Aurora”. Peor fue la cosecha de “Medúlla” (2004), en la que cada remix era como una especie de pegote dentro de un single –Lesser, uno de los terroristas californianos de la pandilla de Matmos / Kid606, le echó mano a “Who Is It”– o un 12” furtivo y muy poco cuidado, como el que reunió dos remezclas prescindibles de Vitalic y Fantômas –sí, la banda de Mike Patton– en 2005, aunque hay una pequeña virguería que se puede rescatar de este periodo oscuro: es el remix (también de “Who Is It”) que firmó el polaco Bogdan Raczynski en Rephlex, en una maniobra tan cool como la que llevó a Björk a Fat Cat de la mano de Funkstörung. Además, su IDM de campanillas sigue sonando tan preciosista como el primer día.

6. “Volta”: la desgana

Parece haber un consenso entre los fans de Björk para considerar “Volta” (2007) su peor disco. No sólo su peor disco, sino su momento más predecible, aburrido y desanimado. Es, en su carrera, una época de desgana, de reexaminar sus prioridades y su dirección artística, y sólo así se entiende el cacao organizado con las remezclas del álbum: en un single ( “The Dull Flame Of Desire”) aparecen Sinden y Modeselektor –el giro truchero–, y en el de “Innocence”, Simian Mobile Disco y Alva Noto –la noche y el día–. Los que vinieron después, con Herbert, Ratatat o XXXChange a la cabeza –y el omnipresente Mark Stent, del que ya no se ha vuelto a saber mucho más– tampoco son para tirar cohetes. Más hubiera valido prolongar la sequía que darnos de beber sin sed.

7. “Biophilia”: la remontada

El proyecto “Biophilia” empezó muy bien en lo teórico –la naturaleza y la ciencia, la diversidad de la vida, la mutación y la mitosis, de lo micro a lo macroscópico, en una especie de traducción musical de la metafísica de “El Árbol de la Vida” de Terrence Malick–, y el álbum ciertamente incluye grandes canciones como “Crystalline” o la muy convulsa “Virus”. Pero los remixes empezaron mal: con el ubicuo Matthew Herbert en horas bajas y el discreto Serban Ghenea no se iba a ningún lado, hasta que a alguien se le ocurrió llamar al sirio Omar Souleyman, con sus teclados de gasolinera, y reactivar el factor sorpresa que había sido la tónica en las remezclas de Björk hasta 1999. Pero lo mejor estaba por llegar: uno de los objetivos de “Biophilia” era en ser semilla y espora, en ser el origen de nueva música a través de apps para iPad y de remixes, no era un proyecto cerrado, y en este 2012 toda la producción de la islandesa ha estado dedicada a dejarse remezclar, a dejarse remezclar mucho y sin descanso, hasta un total de ocho maxis que forman parte de “Biophilia Remix Series” y que ahora son recopilados, en parte, en “Bastards”, y que cumplen esa función utópica que habíamos apuntado al principio: ser una brújula de la modernidad a partir de la colaboración y la admiración. Los nombres asociados a este nuevo “Telegram” son, entre otros, These New Puritans, King Cannibal, Alva Noto (otra vez, ahora bien, ahora sí), Current Value, Hudson Mohawke, Death Grips y El Guincho. Y todo ha vuelto a su orden. La mujer que amaba las remezclas ha demostrado, para despejar cualquier duda, que su cariño era verdadero y no un rollo de verano (del verano del amor).

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar