Columnas

El Bienestar

Antonio Luque

Mueble BarEl Estado del Bienestar es un aburrimiento. Es el "parece que está dormida" que decimos a una muerta en el velatorio al que vamos para que no se hable mal de nosotros; misma motivación que en la cena de Nochebuena, la noche más larga, el descanso eterno. Las comodidades; una vida de sacrificios, de almuerzos en la cocina estrecha, de pagos de innumerables cuotas de seguros, seguros médicos, de hogar, de coche, de vida... Da miedo pensar que "el paso del tiempo" y "los cambios que da la vida" puedan dejarnos sin ellas, las comodidades. Pero la vida cambia cuando nos tumba, yéndose, nunca antes: sólo procura que tengamos alimento, sexo y sueños reparadores, sueños que nos preparan para la comodidad celestial, dándonos una idea de ella, una idea de la nada si el sueño es bueno de verdad: encontrarse con fantasmas debe de ser aún peor si estás muerto, pues volverían a hablarte en confianza, como antes.

La vida sólo se quiere a sí misma, es lo mejor para sus descendientes (trata de no decir lo mismo de ti). Descontando el nacimiento y la muerte, y según el slogan del anuncio del matacucarachas, queda crecer y reproducirse: comida y cama, asunto cuartelero. Pero la comida y la cama parecen poca cosa cuando no se sabe cocinar, cuando nuestro estómago comprueba una y otra vez que en bares y restaurantes "no se tira nada", cuando la rutina convierte el catre en el sitio donde uno se calienta los pies. Entonces el Estado del Bienestar está en las tiendas. La Junta de Andalucía le ha pedido al Corte Inglés que adelante las rebajas. Hay jóvenes que apedrean los centros comerciales en cuanto hay ocasión, sospechando el fallo de la idea del Estado ese, aunque no puedan evitar meter la mano en el escaparate, y no para llevarse el trozo de cristal, como en aquella película de W. Allen, precisamente. Así no hay quien les crea. Viéndoles por la tele, miles de personas se han quedado sin nada que hacer. Da igual. Eso que hacían no servía para nada tampoco. Todas las materias primas son arrancadas al planeta, pero no me quiero poner hippie, no sea que alguien me imagine ya tirando piedras por la calle Larios y tocando los timbales en la Plaza de la Constitución, fumando porros: eso destacan los periodistas acerca de estas primeras revueltas, un poco filosóficas por fin, siquiera en apariencia, por su origen griego, mala leche cortada. Con un perro no creo que me imagine nadie. La vida se presenta en demasiadas formas; los biólogos pueden corroborarlo, se aburren en cuanto acaban de estudiar. A los animales hay que imitarlos, no pedirles que nos imiten. Puedo relinchar perfectamente, conste.

Pensando en la Navidad me he acordado del "mueble bar". A las familias no les importa destinar una parte del salón, ese en el que no se cena normalmente para que sea eterno, a acumular botellas regaladas de licores extraños que esconden lagartos o gusanos, o así acaba pareciendo con el paso de las fechas de caducidad: un laboratorio infernal de un científico loco. Licor de menta, licor de huevo, licor de una escena campestre, caldo de cultivo de la vida, el alcohol, el que da una idea de la felicidad cuando el atardecer inoportuno nos recuerda la hostilidad del medio y los nuevos modelos de calefactores, y los lotes de comida en canastos de mimbres gitanos, y la pose de un osezno robando meriendas en la cama. El equipo de musica acabó en la basura, sin embargo. Ocupaba mucho. Total, ya el niño está todo el día con los cascos blancos puestos. Mientras, los tocadiscos giran en sentido contrario al de las agujas del reloj en vertederos de países pobres del hemisferio sur.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video

cerrar
cerrar