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Bernard Madoff, Charles Ponzi y la estafa piramidal: historia de un fraude típicamente español

¿Pensabas que Bernard Madoff era la culminación del timo piramidal ingeniado por Charles Ponzi? Pues no. En realidad los antecedentes de la estafa se encuentran en España. Concretamente, en la hija de Mariano José de Larra.

El mundo de los inventos españoles va más allá de los tópicos. Además de ponerle palitos a las cosas (fregonas o chupa-chups), los emprendedores mediterráneos también han llevado a cabo impagables aportaciones al capitalismo contemporáneo, como por ejemplo, la estafa piramidal. Mucho antes de Charles Ponzi, el romanticismo español se las ingenió para hacer un montón de dinero de la nada. Visto así, aún hay esperanza de remontar la economía.

El mayor fraude económico de la historia se cumplió hace cinco años. Cincuenta mil millones de dólares, que escrito en números debe de ser algo así como 50.000.000.000$, aunque la mayor parte de mortales sentimos mareos a la hora de sacar cuentas con tantos ceros cuando están vinculados a una moneda, y la cifra pasa simplemente a ese limbo que responde más fácilmente a expresiones como “un huevo de pasta”, “más dinero del que verás en tu vida” o “una cantidad de billetes que ni siquiera está claro que hayan sido impresos jamás”. El caso es que ‘Bernie’, pues así se referían sus amigos, admiradores y clientes a este mago de las finanzas, a este ángel caído de Wall Street, fue capaz de engatusar durante décadas a un sinfín de inversores de esos que a pesar de su trato más o menos frecuente con la cosa financiera prefieren pensar que los niños vienen de París y los billetes de cien dólares son una especie de maná que aparece por generación espontánea. O lo que es lo mismo, gente capaz de creer que un rendimiento anual de entre el diez y el doce por ciento, fijo e independiente de las fluctuaciones del mercado cualesquiera que estas sean, no está emparentado con los mundos de Yupi. Gente, en última instancia y por encima de todo, que había depositado toda su confianza y parte de su corazoncito en el bueno de Bernie. Pero, ¿cómo lo hizo?

Bernie, el hombre cercano

Bernie en realidad se llama Bernard Madoff, aunque el diminutivo cariñoso no es en absoluto baladí, pues la gesta que avalará su presencia en los libros de historia económica y política de los próximos siglos no fue obra ni mucho menos de eso que nos han enseñado a llamar ‘ingeniería financiera’ –entendida como una especie de forma apolínea de cálculo infinitesimal sólo al alcance de matemáticos con varios doctorados a los mandos de gigantescos ordenadores en batería–, sino de un cierto carisma. Esa fascinación puramente personal tiene mucho que ver con su nombre coloquial, con ese ‘Bernie’ tan dulce y familiar. Es como los camellos, que te dicen puedes llamarme Toni o Ricky o Lolo porque a fin de cuenta somos amigos, ¿no? Y es que a eso es a lo que se dedicaba Bernie. Bernie era un dealer, un dealer cojonudo. Así se desprende, por ejemplo, del mordaz análisis de Matt Taibbi, colaborador de Rolling Stone, en el interesantísimo “Cleptopía. Fabricantes de Sueños y Vampiros Financieros en la Era de la Estafa” (Lengua de Trapo, 2011): “En el nuevo gueto americano, el motor es una pesadilla llamada economía de la burbuja, una estafa de alta tecnología que destroza barrios igual que la droga –salvo que el producto que se distribuye no es el crack o la heroína, sino el crédito–. Como el narcotráfico, la burbuja concentra con una eficacia brutal el dinero de la población en unas pocas manos, y como en el narcotráfico, el producto mismo, la deuda, desmoraliza al cliente hasta hacerlo incapaz de rebelarse contra su dominación permanente”. Así es, unas de esas pocas manos eran las cálidas manos de Bernie.

¿Cómo orquestó el bueno de Bernie el que pasa por ser el mayor fraude de la historia cometido por un solo hombre?, ¿se le ocurrió a él solito o alguien le sopló la idea?"

Otra cosa que afirma Matt Taibbi en su libro es que hoy en día sólo se puede estudiar el capitalismo financiero desde la criminología. Y ese es precisamente el punto de partida de “Madoff & Cía. Vida y Milagros de los Hombres que Cometieron los Grandes Fraudes Financieros de la Historia del Capitalismo” (Errata Naturae, 2012), una compilación de textos de varios autores que orbita, en palabras de sus editores, alrededor del concepto de “cultura corporativa del fraude”. El último de ellos, “Bernard Madoff, el hombre que valía cincuenta mil millones de dólares”, firmado por el periodista norteamericano Mark Seal, resulta sumamente interesante a la hora de afrontar ciertas preguntas que hoy, cinco años después de esta aparatosa caída, podrían interesarnos: ¿qué hizo en realidad este señor?, ¿cómo orquestó el bueno de Bernie el que pasa por ser el mayor fraude de la historia cometido por un solo hombre?, ¿se le ocurrió a él solito o alguien le sopló la idea? Aunque si digo que la extensa crónica de Mark Seal resulta muy interesante en relación a estas preguntas, no es sólo por lo que en ella nos cuenta –que es mucho–, sino, sobre todo, por lo que no nos cuenta.

Seal entrevistó a decenas de las víctimas de Madoff –con esa información construye la primera parte de su crónica–, y obtuvo una confesión en toda regla de Eleanor Squillari, nada menos que la secretaria personal del magnate –ella sola se basta para protagonizar la segunda parte del texto, al punto que Seal imposta su voz en un relato en primera persona–. ¿Qué datos aporta toda esta valiosísima información a las preguntas que acabamos de formular sobre qué hizo Bernie y de dónde sacó su idea? Ninguna. En serio, absolutamente ninguna. ¿Estoy con ello diciendo que el esfuerzo de Mark Seal es infructuoso o inútil? En absoluto. Su capítulo en “Madoff & Cía.” resulta impagable para entender el entorno personal, familiar y profesional de Bernard Madoff –junto y revuelto en muchos casos–, y para asomarnos a esa cercanía en el trato que lo hizo merecedor del cariñoso diminutivo, a ese donaire tan suyo. Pero, ¿qué hay de sus métodos? Nada. De nuevo, nada en absoluto. Insisto en que con ello no estoy criticando el texto ni tampoco el libro. Si no se nos dice nada de sus métodos es simple y llanamente porque no revisten el menor secreto. Porque el de Bernie es un timo de los de toda la vida, un clásico, vaya. Pero, ¿a cuándo se remonta este timo canónico? ¿Quién lo llevó a la práctica por primera vez?

Ponzi, ¿el padre de la criatura?

Normalmente la respuesta a esta pregunta siempre es Carlo Ponzi (1882-1949), un astuto ítaloamericano que en los años veinte del siglo pasado puso en marcha una estafa piramidal a la que acabaría prestándole el nombre. Fue así como nació el llamado Esquema Ponzi, que consiste, en palabras de Matt Taibbi, en “un sistema de fraude por el cual se pagan altos intereses con las aportaciones del capital de los nuevos asociados, sin que exista rentabilidad real”. Por su parte, Mary Darby, en su texto “In Ponzi we trust”, recogido también en “Madoff & Cía.”, es si cabe más expeditiva. En su opinión, el esquema Ponzi consistiría en “el viejo truco de pedirle a Fulanito para prestárselo a Menganito”, con la salvedad de que aquí “pedir” y “prestar” se codifican en términos de inversión y rédito. De una forma parecida a lo que hace Mark Seal con Bernard Madoff, Mary Darby nos ofrece un perfil de Carlo Ponzi en el que descubrimos, de nuevo, a un hombre carismático y megalómano. Un buscavidas que descubrió que podía comprar cupones postales internacionales en países con monedas débiles –España, por ejemplo, pues la idea se le ocurrió en medio de un trapicheo con un empresario español–, para cambiarlos luego en países con monedas más fuertes –sus adoptivos Estados Unidos de América–, y quedarse así con la diferencia. Esta idea constituyó el anzuelo a partir del cual crearía su empresa Securities Exchange Company y empezaría a atraer incautos que confiaban su dinero a tan suculenta estratagema. Fue así como se lió a ofrecer duros a cuatro pesetas, o lo que es más exacto –y también más lucrativo–, un interés del ¡50% en sólo noventa días! Su historia a partir de ese venturoso instante, eso sí, es mucho más vertiginosa que la de Bernie, pues no tardó ni siquiera un año en ser juzgado y declarado culpable.

Entonces, ¿fue Ponzi el primero en poner en marcha uno de estos lucrativos esquemas piramidales? ¿Es él el maestro de Bernie? No. Con cierta frecuencia se alude como precedente de Ponzi a un contable neoyorquino que ha pasado a la historia como William Quinientos por Ciento Miller, cuya estafa data de 1899 y asciende a más de un millón de dólares. Pero no, tampoco es a Miller a quien estamos buscando. Entonces ¿quién?

La Baldomera, nuestra precursora

En realidad, tratándose de un timo de los de toda la vida, como hemos dicho antes, o del viejo truco de pedirle a Fulanito para prestárselo a Menganito, como sostenía Mary Darby, resulta un tanto arriesgado postular una respuesta definitiva a esa pregunta. Oficios “más antiguos del mundo”, como todos sabemos, hay varios. El de quedarse con el dinero ajeno sin necesidad de partirle la crisma a nadie es uno de ellos. Y hay especialidades –como muy bien podría ser el caso de la pirámide–, que quién sabe si no vendrán de la noche de los tiempos. Hecha esta salvedad, existe constancia documental de un caso anterior al de Bernie, al de Ponzi y al de Miller. Un caso español que cabe considerar como precursor de estos maestros contemporáneos. Un referente que se remonta a los tiempos y los personajes de nuestro Romanticismo. Esta es su historia abreviada.

Tres o cuatro años antes de pegarse un tiro a la edad de 27, el escritor y periodista Mariano José de Larra veía nacer a la más pequeña de sus hijas, Baldomera Larra Wetoret. Unos años más tarde, la Baldomera, que es como habrían de llamarla en las calles de Madrid, se casó con Carlos de Montemayor, médico del rey Amadeo de Saboya. Amadeo había sido el único al que encontró la diplomacia española por esas cortes de Europa dispuesto a hacerse cargo de la corona de España tras la Revolución de 1868. Pero no duró mucho. Lo nombraron en 1870 y en 1873 ya estaba renunciando al trono y corría a refugiarse en la embajada italiana, asegurando horrorizado que esto era una jaula de locos. A continuación se proclamaría la Primera República Española, pero lo que ahora nos interesa es que Amadeo se largó por donde había venido, y al poco, tras perder su posición de privilegio y empezar a verse perseguido, también se esfumó su médico don Carlos de Montemayor, quien juzgó oportuno marcharse a hacer las Américas. De este modo abandonaba a su esposa Baldomera, que se quedaba sola con todos sus hijos y en tremendos aprietos económicos.

"Los clientes de la Baldomera conseguían acallar sus dudas con sólo cerrar los ojos e imaginarse en posesión de tanto dinero como esperaban ganar"

En tan terrible situación, la pobre Baldomera se vio obligada a acudir a un prestamista, que le dejó 16 duros a un interés del 100%. Milagrosamente, la Baldomera consiguió devolver los 32 duros en el tiempo acordado. Poco podía imaginar que la noticia correría como la pólvora por todo Madrid, al modo de una azarosa e involuntaria campaña viral, a resultas de la cual fueron muchos lo que acudieron a ella para prestarle dinero en tan ventajosas condiciones. Mientras tanto, don Carlos su marido no daba señales de vida, y a ella cada vez le costaba un mayor esfuerzo sacar a su familia adelante. Fue así como se le ocurrió aprovechar la situación, y de perdidos al río. En poco tiempo, nuestra heroína creaba la “Caja de Imposiciones” (organización delictiva precursora de Bernard L. Madoff Investment Securities LLC, y de Securities Exchange Company, aunque de más modesta nomenclatura). El sistema era sencillo, bastaba con dejarse caer por su establecimiento en la plaza de la Paja, ingresar allí una suma de dinero y rellenar un formulario indicando la cuantía de la imposición y donde figuraba la fecha en que le sería devuelta con los debidos intereses.

La Baldomera ofrecía un rédito del 30% mensual, a medio camino entre lo ofertado por Ponzi y luego por Bernie. Ponzi decía dedicarse al tráfico de sellos y con eso bastaba –de hecho, su enfrentamiento con el gobierno federal a raíz de estos menesteres no hizo sino acrecentar su popularidad y la demanda de su producto financiero–. En cuanto a Bernie, ni siquiera necesitaba responder a esa pregunta, pues él ya trabajaba en unos tiempos oscurantistas absolutamente imbuidos por el concepto de la Magia Financiera, y con dar su palabra de brujo y de buen inversor era más que suficiente –¿quién iba a desconfiar del bueno de Bernie?–. ¿Qué decía nuestra Baldomera? Pues más o menos lo mismo: “Mi garantía es el viaducto”, afirmaba a los pocos que preguntaban, haciendo alusión velada a que se suicidaría si la cosa no iba bien. Y con esto y un bizcocho, de nuevo, era más que suficiente. El resto de dudas, como en el caso de sus dos herederos americanos, los clientes de la Baldomera conseguían acallarlas con sólo cerrar los ojos e imaginarse en posesión de tanto dinero como esperaban ganar –que ofrecer duros a cuatro pesetas es la forma ideal para ganarte la discreción y el silencio de “tus socios” es algo que sabe y ha sabido siempre todo buen timador–. El caso es que en 1876, la Baldomera puso fin a sus tejemanejes del único modo que puede hacerse con esta clase de negocios: huyó de Madrid con veinte millones de reales, dejando tras de sí a más de cinco mil impositores estafados. Algo que, por cierto, no consiguieron ni Miller, ni Ponzi, ni Bernie. Pasó dos años evadida en Francia, pero en 1878 regresó, fue detenida, y la condenaron a seis años y un día de prisión.

Pero resulta que por el camino, la hija de Larra se había hecho con el cariño popular. Hubo recogidas de firmas, gente que avergonzada retiró su denuncia, compusieron canciones en su nombre… hasta que en 1881 la indultaron, y su hermano Luis Mariano la obligó a cambiar de nombre para huir de su triste reputación. Pasó entonces a llamarse la tía Antonia.

Todo esto nos lo cuenta el periodista Enrique Rubio (1920-2005; gracias, maestro, por habernos dejado sus libros) en su fascinante “La Timoteca Nacional”, primera pieza de una trilogía. Y es que la “cultura corporativa del fraude”, en palabras de los editores de “Madoff & Cía.”, o la perspectiva criminológica a la hora de abordar el estudio del capitalismo financiero, según la propuesta de Matt Taibbi en “Cleptopía”, pagan un peaje previo e insoslayable en la tradición popular del timo. Porque los viejos timos, como sucede con la energía, no se crean ni se destruyen, sólo se transforman. El bueno de Bernie no dependía de ningún tipo de ingeniería, ni siquiera de una especial inteligencia. Lo había apostado todo a su carisma, a esa cercanía que mana del diminutivo. Como la Baldomera, a quien le bastaba mentar el viaducto como aval de la viabilidad de sus manejos. A fin de cuentas, no eran ningunos genios. Sólo tenían la cara más dura que la media.

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