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¡Basta! Cómo internet está empezando a matar nuestras series favoritas

Teorías locas, debates interminables: la discusión en la red crea expectativas altas en los desenlaces de las series que siempre acaban en decepción e insatisfacción. ¿No habría que frenar esto?

La obsesión por las series de televisión ha llegado a un punto de absurdo: ahora, son los consumidores los que se creen con derecho de decidir cómo debe ser el desenlace de un episodio, tras el crecimiento exponencial del ruido en la conversación en red. ¿Nos estamos cargando las series con nuestro egocentrismo?

Hace un cuarto de siglo que llegó “Twin Peaks” y David Lynch aplicó un electroshock salvaje al subconsciente del respetable, alterando de un modo radical la percepción que hasta ese momento tenía el espectador del formato serie. Era la primera vez que una ficción catódica se propagaba como una infección vírica entre sus fieles y pasaba de ser un mero divertimento post cena a una obsesión colectiva mareante, una dependencia intensísima activada con violencia en la mente colmena de sus millones de esclavos catódicos.

Pasaron 15 años hasta el rebrote del virus. La serie era “Lost”, la esencia de la enfermedad era la misma, pero el contexto había cambiado drásticamente: con Internet como aliado, la infección se multiplicó exponencialmente. Cada click, cada post, cada comment, todo sumaba en la carrera por socavar el sistema inmunitario del fan y hacerse con el control de sus apetitos. Los resultados de la simbiosis entre “Lost” e internet fueron devastadores y todavía hoy me invitan a pensar en lo que podría haber pasado con “Twin Peaks” si en 1990 hubiésemos tenido a Google, y no a la revista Tele Indiscreta, como mejor amigo. Pese a la magnitud faraónica de las cifras que podrían surgir de dicha ucronía, no cuesta imaginar el daño que la nube virtual habría infringido a la mejor serie de todos los tiempos. A mi modo de ver, si durante su emisión hubiera sido objeto del fervor seriéfilo en las redes, “Twin Peaks” no permanecería en la retina del fan como LA SERIE, sino como una gran serie con desenlace insatisfactorio, que es lo que tanto parece estilarse ahora.

Hace ya unos años que internet y las redes sociales se han convertido en satélites fundamentales de las ficciones televisivas. A menos que seas un anacoreta afincado en las Cuevas de Altamira y devores "Juego de Tronos" gracias a las cintas VHS de que te lanzan desde un biplano, no podrás blindarte contra las rías de información, análisis y contranálisis que anegan internet. Se trata de un fenómeno imparable cuya génesis radica en esa gripe A global que trajo “Lost”. Una gripe mal curada que, lejos de disiparse con el tiempo, ha afianzado e incluso expandido su cepa. En el año 2014 es inconcebible que florezca una serie hit sin el ensordecedor acompañamiento del barullo virtual: elogios febriles, blogs dedicados exclusivamente a la serie de marras, torrentes de teorías sobre posibles desenlaces, spoilers voluntarios e involuntarios, guiños culturales perfectamente detallados, los libros que debes leer antes de verla, qué cigarrillos fumaba tal actor durante la escena del asesinato... y así hasta el infarto estomacal.

Lost versus internet: el comienzo del fin

Con “Perdidos” descubrimos la maravillosa complementariedad que hay entre una buena serie (o al menos una serie adictiva) y los dominios http. Amplificamos hasta el paroxismo la fascinación, convirtiéndola en obsesión, merced a un producto televisivo que tenía todos los ingredientes para prender en las redes como una cerilla en un estanque de keroseno. Desconozco si la arquitectura de la serie estaba premeditadamente ajustada al guante virtual o se encontró con el empellón online por sorpresa, lo cierto es que “Perdidos” abrió una realidad paralela a la experiencia catódica, un espacio infinito rellenable con avalanchas de información (y desinformación) que se renovaban capítulo a capítulo; la serie no sólo se circunscribía a los 40 minutos de cada episodio, también se derramaba en nuestro Macbook en andanadas de datos, elogios, comparaciones y referencias a lo largo de toooda la semana hasta que llegaba la nueva entrega. No había descanso para el fan.

"Podemos encontrar sesudos análisis de miles y miles de caracteres de todos los episodios, uno a uno, escasos días después de que se hayan emitido en Estados Unidos"

Nos puede gustar más o menos el fenómeno, pero la importancia de “Perdidos” no sólo se explica por su contenido –que la tiene y mucha–, sino también porque la ficción de Abrams se convirtió en la primera puerta dimensional documentada del universo series hacia la realidad paralela de las redes. Tele e internet se fusionaban violentamente para formar un binomio indestructible, especialmente en lo tocante a las cabeceras sobrevoladas por un gran misterio. Fue la primera vez que los fans comenzaron a matar sus ficciones favoritas metidos hasta el hocico sin saberlo en una atracción fatal construida a golpe de sobreanálisis y elogios flamígeros, sin percatarse de que tanta auscultación enfermiza y teorización terminarían por convertir el esperado tramo final de “Perdidos”, la que hasta ese momento era la serie más bien parida del universo, en un mar embravecido de quejas y lamentos. El patrón estaba condenado a repetirse.

Desde la irrupción de “Lost” en pantalla, los principales mastodontes de la ficción catódica actual –desde “Breaking Bad”, pasando por “Sherlock”, hasta “True Detective”– se han visto sometidos al escrutinio exhaustivo e inexorable de las redes. Cualquier serie de calidad presidida por algún misterio sufrirá el efecto “Perdidos” y, salvo raras ocasiones, describirá la curva lostiana de entusiasmo, locura, vertido masivo de datos, montañas de teorías inútiles y, en última instancia, decepción sistemática con el the end, por muy coherente que sea. Por si fuera poco estamos refinando las formas de envenenar al espectador. Diablos, si incluso podemos encontrar sesudos análisis de miles y miles de caracteres de todos los episodios, uno a uno, escasos días después de que se hayan emitido en Estados Unidos. Como si no fuéramos capaces de exprimirle todo el jugo a un capítulo de 40 minutos y necesitáramos leer tan sesudas parrafadas para no dejarnos ni una gota por el camino. ¿Hace falta?

Mucha teoría y pocas nueces: Gattiss se revela

El bombardeo online puede ser estimulante, aunque casi siempre termina hiriendo de muerte a la serie en cuestión. Tantos datos nos distraen, y a pesar de todo, nos vemos impelidos a devorarlos sin coto, sin filtros, porque somos así de curiosos, queremos saberlo todo antes que nuestro vecino, ser los más listos de la clase. Se va generando pues una costra densísima con sobrantes de información en torno al núcleo de la serie, hasta que terminamos por perderlo de vista. Tengo la sensación de que a veces nos olvidamos de disfrutar de nuestra ficción favorita, pues nuestra atención, que debería estar dedicada por entero a la pantalla de televisión, se fragmenta en incontables pedazos, contaminada por los oleajes de teorías en los páramos online.

Ah, las teorías. El puto mal. Y no lo digo yo. Lo dice Mark Gatiss. De hecho, el primer episodio de la tercera temporada de “Sherlock” revela hasta qué punto la presión de los seguidores de internet puede moldear los guiones de una serie. El capítulo en cuestión es un órdago bilioso e humillante contra la marabunta de teorías vertidas en blogs y páginas no oficiales que intentaron resolver el enigma de la resurrección del detective antes de que comenzara la nueva andadura del personaje.

Gatiss sabía que las hordas de teorías de la comunidad virtual terminan emponzoñando el visor del espectador, sobrestimulado y sobrealimentado con todas las resoluciones posibles del entuerto. Con todos los ángulos. Preparado para cualquier eventualidad. No dejamos que trabajen los guionistas, queremos ser los guionistas. Parece que no queramos que nos sorprendan. Y las consecuencias son siempre funestas, pues la resolución del enigma propuesta por la serie nunca está a la altura del mash-up de teorías que hemos construido en nuestra cabeza cortando y pegando de aquí y de allá (por cierto, prefiero no profundizar en los genios que se llevan un berrinche porque su teoría no ha sido la ganadora, como si sus ocurrencias fueran mucho mejores que las del equipo de guionistas. Mejor no perder el tiempo con este tipo de fan infantiloide: hace años que me bajó el testículo derecho).

De modo que, en lugar de volver con una resolución al problema que seguramente sería acribillada por los fans, en la tercera temporada de “Sherlock”, Gattis decidió darle un escarmiento a sus seguidores más obsesivos, mofándose descarnadamente de sus sesudas teorías y del tiempo que han invertido en tan estúpido ejercicio; no tuvo reparos en hipotecar el leti motiv de todo un episodio inicial para conseguirlo. Finalmente, se nos ofrecieron varias resoluciones, ninguna de ellas válida, todas posibles. Una habilísima vuelta de tuerca para demostrar que quienes mandan son los guionistas y no los nerds 2.0; la primera muestra de rechazo a la sobreexposición de las series en internet desde las mismas entrañas de una serie. Ya que nadie va estar a contento, vamos a tocarles un poco las pelotas a estos pesados.

Hay una Carcosa que te quiero decir

Le pasó también a “Breaking Bad”. En su última carrera hacia el esperado final, la magistral serie de la AMC se vio también sacudida por un tornado de elogios desmesurados y datos, muchos datos. La parroquia enloqueció. Internet era un hervidero. Facebook, Twitter, blogs, páginas de televisión, webs de tendencias… “Breaking Bad” en todas partes. Teorías en todas partes. Walter White en todas partes. Se desató una euforia extenuante que, como era de prever, terminó costándole a la conclusión de la serie una injusta marea de decepciones. El final de “Breaking Bad” no podía ser otro, es el final correcto, es coherente, y creo que cualquier persona en su sano juicio será capaz de verlo con el margen del tiempo a su favor. La sobrecarga de estímulos, la burbuja infladísima de les expectativas, las montañas de finales anticipados, el ruido online fue tan estrepitoso que llegamos totalmente mediatizados (e idiotizados) a los metros finales. No disfrutamos de la llegada a meta.

"Con “True Detective” han quedado expuestas las vilezas de la seriefilia online. Se ha impuesto un ansia loca por descubrir nuevos guiños ocultos y ser el primero en contarlo"

Ni siquiera una pieza de orfebrería como “True Detective” (por unanimidad la mejor serie del 2014 a 9 meses para que termine el año, una cumbre que debería estar fuera de toda duda) se ha librado de la enajenación de la comunidad virtual y del consiguiente desinflado en lo que se refiere a la conclusión de la trama. Llegados al cuarto episodio, redes sociales, blogs y páginas web ya habían analizado hasta el último fotograma de la serie; ya nos habían servido una colección interminable de links con todas las claves de su universo diseccionadas hasta el tuétano; ya nos habían hablado de "El Rey de Amarillo", de Robert W. Chambers, de Ambrose Bierce, de H.P. Lovecraft, del terror cósmico, de Carcosa… De tantas cosas que el espectador virgen se sentirá desnudo si antes de verla no se ha leído una bibliografía interminable (y al parecer imprescindible) y se ha convertido en el mayor experto en terror cósmico del barrio. No recordaba una autopsia tan concienzuda de una serie desde “Lost”.

Mientras escribo estas líneas, el gran tema de debate es si Sahsa Grey aparece en un frame de los títulos de crédito. Hasta ese grado de locura hemos llegado. Con “True Detective” han quedado expuestas las vilezas de la seriefilia online. Se agradece la detección de referencias literarias (o de cualquier tipo), pero en su justa medida, sin caer en el empacho que hemos padecido con la serie de la HBO. Se ha impuesto un ansia loca por descubrir nuevos guiños ocultos y ser el primero en contarlo. ¡Yo dije Carcosa antes! Si por el flanco del name dropping ha resultado imposible librarse de la dispepsia informativa, la arquitectura de la serie ha contribuido también a disparar la imaginación de los estrategas de internet. Demasiada imaginación, la verdad. Una vez más, avivadas por el trasfondo ocultista de la investigación, las oleadas de fabulaciones han vuelto a contaminar al espectador, le han preparado para un final idealizado que no se ha hecho realidad. Es el anticlímax inducido por las redes, un tumor maligno que, sumado a los elogios histéricos de los internautas, ha vuelto a empequeñecer a golpe de expectativas desmesuradas el final de otra gran serie, una serie que en sus primeros compases parecía estar totalmente protegida contra la follie de los internautas.

La tendencia es imparable. Y nadie se salva. Las series de misterio están condenadas a lidiar con la realidad paralela de las redes, la estroboscopia feroz de estímulos online y la verborrea incontenible de la comunidad virtual. Lo que en un principio parecía una relación simbiótica perfectamente equilibrada –promoción para unos, clicks para otros– está convirtiéndose en un affaire contaminante para el mundo de las ficciones televisivas. Se habla más de ellas, se genera un caldo de cultivo burbujeante y vivo, pero al final, internet termina horadando las entrañas de la serie con cada nuevo elogio, análisis y teoría. Antes veíamos las series con dos ojos y ahora lo hacemos con doscientos mil. Es la forma que tienen los internautas de matar de éxito a sus ídolos catódicos.

Bonus track: A favor de los spoilers

Como habréis comprobado, no me he referido a los spoilers en internet como uno de los peores males de la humanidad, causa de linchamiento asegurada y todas esas cosas. No creo en los spoilers en la red. Si te encuentras con uno, mala suerte. A mi modo de ver, la gente que hace el esfuerzo de ver una serie a su ritmo de emisión tiene todo el derecho a poner los spoilers que le plazca en Facebook, Twitter, donde sea. Hay que poner coto a la dictadura del spoiler y de la violencia verbal que sus fasci di combattimento emplean con los spoileristas. Si el capítulo ya se ha emitido y lo has visto, ¿dónde está escrito que no puedes comentarlo en tus redes? Encima tienes que morderte la lengua porque hay gente se ha dormido en los laureles o llega tarde a la fiesta. Si nos has hecho los deberes y no has visto el desenlace de “True Detective”, amigo, no entres en internet. Y si lo haces, no es de recibo coser a gorrazos al pobre tipo que ha picado piedra, ha visto diligentemente el capítulo y ha puesto en su cuenta de Twitter que el asesino es el mayordomo. El spoiler, aquí, es el menor de los males.

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