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Atención, cuidado: talleres literarios, otra forma de engañar a incautos aspirantes a escritores fracasados

Estos centros en los que supuestamente te enseñan a escribir son el nuevo yoga, y para demostrarlo hemos salido a la calle para hacer un tedioso y exhaustivo trabajo de campo

Están muy de moda y no sirven absolutamente para nada. Los talleres literarios, impartidos por escritores mediocres y fracasados, se han convertido en una plaga de los cafés de las grandes ciudades. Tienen un claro peligro (moral y estético), y se ha salido a callejear para comprobarlo in situ.

Respecto a mi futuro inmediato, hay tres cosas a las que les tengo miedo:

1. Que me llegue una carta anunciándome que tengo que repetir octavo de EGB (esto en cierto modo, no me sorprendería demasiado, teniendo en cuenta que apenas soy capaz de dividir).

2. La combustión espontánea, arder de forma repentina, sin explicación, dejando sólo una mancha negra en el suelo y como mucho un zapato medio chamuscado.

3. Los talleres literarios.

Entre estas tres posibilidades, sin lugar a dudas, el taller literario es la opción que me da más miedo. Entre otras cosas, porque es la que veo más cercana, más próxima, más plausible. Están por todas partes, a la vuelta de la esquina. Se anuncian en Facebook, en Twitter, en las paredes de los bares. Cada semana, me encuentro por la calle a algún amigo o conocido escritor que me anuncia que en breve empezará a dar clases en un bar o en un café-librería, “será algo breve”, me dicen, “un taller literario”. No pueden negarse a aceptarlo. Necesitan el dinero. Desgraciadamente, sé que esa será la última vez que lo vea tal y como los conozco. La próxima vez que nos encontremos, mi amigo o conocido habrá sido absorbido por el oscuro mundo de los talleres, algo negro se habrá apoderado de él. Lo habremos perdido. Me aterra que eso me suceda a mí. He publicado dos libros, y desde entonces he rechazado otros tantos talleres literarios, algunos en Madrid, otros en Barcelona. De momento, he conseguido resistir. Pero, ¿cuánto tiempo más podré seguir negándome a hacerlo? ¿Cuánto falta para que me convierta en un cínico de las letras?

Los talleres literarios se publicitan como lugares donde intercambiar ideas y desarrollar el talento y el potencial literario bajo la supervisión de profesionales de la literatura. Pero en realidad son, en el 95% de los casos (no dudo que haya existido un 5% de excepciones valiosas), una completa pérdida de tiempo para personas que confunden su conductas patológicas con talento literario incomprendido, gente de entre 30 y 50 años demasiado ametrallada por la vida e indisciplinada para aprender a escribir por su cuenta. O sencillamente autores desesperados por publicar que, hartos de acumular cartas de rechazo por parte de las editoriales, necesitan que alguien escuche, aunque sea de su propia voz, los relatos que han escrito en la soledad de su cuarto, o en el remanso de paz de su habitación en un psiquiátrico.

"Sesiones de lectura que invariablemente desembocan en terapias de grupo, psicodramas que ponen la obra de tal o cual inmortal poeta como excusa"

Esos sitios son una comedia para farsantes, no enseñan nada, los profesores suelen ser escritores mediocres, que no escriben apenas o escriben demasiado y son muy malos, gente oscura, lo usan para ganar dinero y follar con jovencitas psicológicamente inestables e influenciables por una figura de poder cualquiera, un mal negocio. Habitualmente, los talleres suelen estar organizados por semi-profesionales de la literatura habituados a la verborrea fácil y al lanzamiento indiscriminado de referencias dispersas, gente bohemia con los zapatos gastados por el asfalto del mundillo literario, que necesitan panoja para llegar a final de mes, aunque sean cincuenta o cien euros. Estos talleres, que se celebran en una esquina de una librería vacía o en la parte de atrás de un café lleno de libros de segunda mano, son ranchitos proclives al intercambio de ditirambos gratuitos. Fiestas de liteRATAS que se resisten a abandonar el barco de las letras. Sesiones de lectura celebradas en la bodega novelesca que invariablemente desembocan en terapias de grupo, psicodramas que ponen la obra de tal o cual inmortal poeta como excusa. Conozco bien a los diferentes tipos de escritor que imparten talleres. Algunos se las dan de profesionales de la literatura, otros van de cínicos que se consideran demasiado buenos para haber triunfado, los hay que han publicado libros que apenas se han vendido y se niegan a volver a vivir a casa de sus padres en Salamanca. También están los que tienen ramalazos mesiánicos, sueñan con montar una secta, y les gusta estar rodeados de acólitos sobre los que proyectar sus delirios de grandeza, todos ellos acostumbran a ser escritores mediocres que no se han realizado a través de su obra escrita, y se conforman con el cotorreo literario, sentar cátedra sobre libros que no han escrito les hace sentirse importantes durante breves lapsos de tiempo (seguidos por ataques de furia) y les provee de un ejército poco numeroso pero irreductible de jovencitos (y aún más importante, de jovencitas) que sexualizan e idealizan el hecho literario, sujetos impresionables y desequilibrados. También es posible encontrarse con gente bienintencionada, con ramalazos depresivos, que aman la literatura sinceramente, pero son incapaces de comprender que esa no es la manera de honrarla, más bien al contrario.

Creedme, sé de lo que hablo. He hecho trabajo de campo. Durante semanas, me he sumergido en el mundo de los talleres literarios, ha sido una inmersión a distancia, por supuesto, nadie me ha visto, pero yo estaba allí, al otro lado de la calle, enfrente de una librería-café del Raval, sentando en la mesa de al lado de un taller de poesía automática en el barrio Gótico, o en un centro de estudios jungiano en la Villa Olímpica, donde se celebraba un curso sobre el Zen y la escritura creativa con todo el mundo descalzo, tomando notas en el puerto o en el barrio de Gràcia, pasándolas a limpio en el ordenador de cualquier ciber-café morune, jugándome la vida (en sentido metafórico, tampoco exageremos) por vosotros, investigando los tipos de talleres literarios que se pueden encontrar en las sucias calles de Barcelona y en el turbio mundo de la narrativa online, una experiencia hardcore como la película de Paul Schrader del mismo título. Así me he sentido. Como un George C. Scott (de aspecto bastante menos masculino) que en lugar de a su hija busca recuperar la virginidad de las letras.

Y es que el mundo de los talleres literarios me aterra. Y es sucio.

"Son el equivalente literario a las terapias conductistas y a los coach que te refuerzan y te aumentan la autoestima sin ningún fundamento ni objetivo"

Pese a los desesperados intentos de los profesores por hacerle creer a su ramillete de alumnos que las clases que se imparten en el taller son el colmo de lo literario, una experiencia única y transformadora, la realidad es que dar clases en un taller literario no tiene nada de creativo, más bien es el final de la creatividad, el lugar donde mueren la vida y los sueños de los que hablaba Calderón, el cementerio de elefantes narrativos, si consideramos a Hemingway y Kafka como extintos paquidermos de la escritura. Los profesores lo saben, se les nota en la cara, en los pequeños detalles, en la perilla con la que se presentan algunos, en la americana raída, en la goma de la carpeta que contiene sus apuntes, en el estado decrépito de su portátil, en la forma en la que sorben el café con leche o el modo en el que miran al ojo izquierdo de la alumna más loca y más atractiva, la loca del pelo rojo. En el fondo de estos semiprofesionales hay una gran rabia, se les escapa cuando hablan de ciertos autores a los que envidian. Sencillamente, si les fuera bien su carrera de escritor no estarían en un café-librería desmenuzando el Aleph de Borges ante un grupo de histéricos patológicos vestidos como una versión realista de los habitantes de El país de Nunca Jamás en el que vivía Peter Pan, entre cappuccino y cappuccino.

Hablemos en serio. Ningún verdadero escritor puede creer en la docencia aplicada a la escritura. Por la sencilla razón de que no se puede enseñar a escribir. La mayoría de los talleres literarios que he conocido a lo largo de estos días son un fraude. Sólo sirven para reforzar las fantasías ego maníacas de gente que probablemente no está bien de la cabeza, personas que confunden el odio que sienten hacia sus padres con el talento literario. Lo que mucha gente llama “potencial narrativo” suele ser un desarreglo neuronal. Y en cambio nadie dice nada, todo vale. Esto es lo que nos ha traído internet, nos hace creer que lo que decimos y escribimos importa. Todo está permitido, y por lo tanto, todo está en cuestión. Cualquiera puede decir cualquier cosa y sentirse autorizado a hacerlo, porque eres bloguero literario y tienes 3.000 seguidores en Twitter.

Cada año, cientos (quizá miles) de personas pasan por estos talleres, la mayoría de ellos jamás se dedicarán a la escritura, ni de lejos, en el mejor de los casos tomarán el relevo de este bucle obsceno convirtiéndose ellos también en profesores, impartiendo un nuevo curso sobre esto y aquello, a los que vendrán nuevos alumnos perpetuando una espiral interminable que nada tiene que ver con la literatura, su desvío más obsceno y grosero. Los talleres literarios son el equivalente literario a las terapias conductistas y a los coach que te refuerzan y te aumentan la autoestima sin ningún fundamento ni objetivo, que elevan el ánimo que hasta ese momento tenías por los suelos, que te llenan la cabeza de pájaros que revolotean a tu alrededor piándote locuras, aves con el rostro de tus escritores favoritos, pajarracos imaginarios que intentan convencerte de que tú también eres uno de ellos. Pero no te dejes engañar.

Si realmente te gusta escribir, escribe en tu casa, o en la calle, donde quieras (menos en un Starbucks, por favor, no escribas en un Starbucks). No necesitas ir a ningún café librería a que un cubano divorciado te hable de Bolaño, no va a salir nada bueno de allí, como mucho, un suicidio colectivo en una nave industrial, en nombre de Cortázar. O una visita a un centro de planificación familiar en busca, no del tiempo perdido de Proust, sino de la píldora del día después.

Si te gusta escribir, escribe. Y ya puestos, sal de Twitter. Si emplearas la mitad del tiempo que estás en Twitter en escribir tu novela, a estas alturas tendrías ya un documento de Word lleno de frases sueltas. Todas incoherentes y carentes de continuidad, eso sí.

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