Columnas

Arrested Development: regreso a lo grande de la familia más patética de la televisión

Siete años después de su cancelación, Netflix ha conseguido recuperar esta serie de culto para su cuarta temporada. La hemos visto entera y te contamos todas su claves

"Arrested Development" era la mejor sitcom familiar que habíamos visto nunca, y en su tercera temporada Fox decidió cancelarla. Nos quedamos vacíos, sin nuestro chute de freaks. Pero siete años después, el núcleo duro de los Bluth ha vuelto vía Netflix. Somos felices, y aquí van todas las razones.

Lo sé, tu padre es un parásito: le huele el aliento a boquerones, se descojona con “Vaya Par De Gemelas” y la dermis de sus nalgas se han fusionado con la piel sintética del sofá. Tu madre es bipolar, y el jueves intentó cepillarse al portero del equipo de fútbol sala del cole. Tienes un hermano gilipollas que te roba la marihuana. Una hermana que ha convertido su entrepierna en el centímetro cuadrado más transitado de todo el pueblo. Un abuelo vicioso que mete la nariz en la habitación cuando subes con tu novia. Un caniche sarasa. Tu familia es un puto manicomio, socio, como la de la mayoría de los que están leyendo esta introducción absurda.

Nadie se libra de tan implacable castigo, es lo único reconfortante de la familia: que no sólo eres tú quien la sufre, todo el mundo pasa por caja. Porque el concepto de “familia normal” no existe. De hecho, las que más normales intentan parecer a ojos de Dios resultan ser las más esquizoides puertas adentro. No hay otro vínculo más tendente al desvarío que el consanguíneo. ¡Aceptémoslo, diablos! Estamos en el 2013; se supone que ya somos mayorcitos para detectar nuestros males, abrazarlos y convivir con ellos sin mayores traumas. No obstante, todavía hoy la gran mayoría se resiste a aceptar la cruda realidad familiar: lo que se conoce como pariente no es más que una diminuta ruedecita dentada en un engranaje más grande que el universo, un engranaje que desde que el hombre es recolector gira de forma inexorable hacia el caos y la locura con un solo objetivo: convertir al ser humano supuestamente civilizado en un puto chalado.

El enajenamiento parental ha sido alimento para pocas series de televisión. Si comparamos el número de producciones que han cantado las bondades del núcleo familiar de forma ultraconservadora con el número de producciones que han tratado de dinamitar el concepto de familia feliz a base de mala hostia, apreciaremos que Bill Cosby le ha comido la tostada a Al Bundy durante muchos años. De todos modos, los que preferimos el punkismo a los guiones supervisados por el Opus Dei Negrata, sabemos que le debemos mucho a Bundy y a su parentela basura, pues “Matrimonio Con Hijos” fue la primera serie que se cebó con la institución a lo cerdo. Desde entonces, la televisión se ha atrevido más bien poco a seguir sus pasos, sobre todo en formato sitcom, aunque cabeceras como “Shameless”, por ejemplo han dejado profunda huella como elementos disonantes en una televisión claramente pro-familia. Horadar el prestigio del linaje es un riesgo, especialmente en la parrilla estadounidense generalista, cuyo límite de irreverencia está marcado por los chistes blancos –de calidad, peor blancos al fin y al cabo– de “Modern Family”, un sucedáneo azucarado de la serie que nos ocupa. De hecho, “Arrested Development” se fue por la puerta de atrás pese a los elogios flamígeros, y los rumores apuntan a que aquello se debió no sólo a las cifras decrecientes de espectadores, sino al constante toma y daca entre contenidos amorales y aspavientos de la Fox.

Los que llevan poco tiempo sumergidos en el pozo de la droga catódica quizás nunca han visto o, quién sabe, tan solo conocen de oídas la leyenda de “Arrested Development”, la mejor comedia familiar que se ha hecho nunca en televisión. La radiografía antropófaga de la familia Bluth, un hatajo de ricachones pirados que no tienen el más mínimo respeto por los lazos de sangre, nos dejó tres temporadas memorables en la Fox que sentaron las bases de un discurso cuyos elementos más llamativos se han reciclado en incontables series posteriores. Han pasado siete años desde el previsible ocaso de esta familia de perdedores en un capítulo final desternillante, y ha sido imposible durante todo este tiempo encontrar un substituto que le llegara al betún. Por eso, la resurrección de la serie ha generado unas expectativas altísimas: ganas de ver cómo continuarían la historia; ganas de comprobar si las cotas de humor volverían a ser tan altas como antaño; ganas de reecontrarse con los personajes más carismáticos; ganas de disfrutar, por Dios bendito, de una serie sobre una familia disfuncional como Dios manda y ganas, muchas ganas, de enviar a la mierda a “Modern Family”. La pregunta es obligada, pues: ¿Ha estado a la altura de las circunstancias el esperadísimo retorno de George Michael, Tobias, Gob y compañía? Como diría Jesús Gil: pojclaaaaaro. Las claves, aquí.

Netflix es Dios

Llevo siete años haciendo pucheros y comportándome como un yayo reaccionario cada vez que se estrena una nueva sitcom familiar. ¿El mantra? “Arrested Development era mejor”. Pues no me queda ni un solo gramo más de gratitud para esta milagrosa plataforma online llamada Netflix. Y digo lo de milagrosa porque no es precisamente fácil rescatar una serie desparecida hace siete años, conseguir que todos sus protagonistas vuelvan a reunirse y lanzar a la atmosfera los 15 capítulos de la nueva temporada en bloque, para que los veamos al ritmo que nos dicten las gónadas. La labor de rescate de “Arrested Development” de Netflix merece nuestro más alto reconocimiento, pues parece responder al simple placer de dar placer al seriófilo, y no a razones meramente pecuniarias; de hecho, la serie le ha costado hasta pérdidas de dinero a la plataforma. Al parecer, ha habido durísimas y airadas críticas a la cuarta temporada en Estados Unidos, tanto es así que la cotización en Bolsa de Netflix ha bajado. Esperemos que esto no disuada a la empresa y que ésta persevere en su nueva misión de rescatar títulos de culto cancelados. Se me ocurren algunas opciones a bote pronto: “Quantum Leap”, “Jericho”, “Farmacia de Guardia”... Ah no, que nos falta Carlos Larrañaga.

Nueva estructura

Aunque a mucha gente le ha tocado la cresta el asunto, la inesperada forma de estructurar la serie, enormemente condicionada por la disponibilidad de los actores, ha sido la más inteligente para hacer viable la reanimación de “Arrested Development”. Básicamente la acción de los 15 capítulos transcurre más o menos simultáneamente, y cada episodio se centra en un personaje, aunque su camino se cruza con algunos de los miembros de la familia. Se pierde, por supuesto, la continuidad de una trama excesivamente limitada en el tiempo, se quedan interrogantes sin responder, el guión “general” se ve afectado, pero los principales ejes de la serie –gags, chistes, juegos de palabras, personajes…– se mantienen más vivos que nunca. A la mierda si la estructura entorpece un pelín el visionado. Estoy dispuesto a pagar tal precio solo para volver a disfrutar de los shorts tejanos de mariconeo fino de Tobias Fünke.

Di no a las maratones

Las maratones no son buenas con esa casta de chalados que disfrutan embutiéndose en mallas galácticas, lucen camisetas ceñidas de colores flúor y devoran barritas energéticas hasta para coger el carrito de la compra. Para la nueva etapa de “Arrested Development” mi recomendación es evitar a toda costa la ingesta masiva de la serie. Di no a la maratón. Michael Hurwitz ya advirtió que la peculiar estructura de esta temporada invita a verla con mesura, y razón no le falta. Aquí hay que ir piano piano, el ansia viva y las ‘barrechas’ Churruca, mejor guardarlas para el retorno de Jack Bauer.

Siguen siendo unos hijos de puta

El principal atractivo de la serie, a mi modo de ver, es el retrato salvaje que ésta hace de un núcleo familiar ponzoñoso que se devora a sí mismo. Salvo dos o tres personajes –el binomio decadente formado por George Michael y Michael Bluth se incluye en las excepciones–, todos los miembros de la heráldica Bluth son unos hijos de la gran puta. Malas personas. Tipejos despreciables cuyo pulso no tiembla cuando se trata de joder vivo, engañar, insultar o timar a algún miembro de su propia familia. Resulta balsámico comprobar que ninguno de ellos se ha dejado adocenar por el paso del tiempo. ¿La consanguinidad? Un engañabobos en su diccionario mental de sinónimos. Los Bluth siguen persiguiendo los objetivos egoístas de siempre: despreciarse, odiarse y hacerse la vida imposible unos a otros sin descanso. La hijoputez es un don que ni siquiera el paso de los años puede mitigar, especialmente cuando son los escualos hambrientos de Michael Hurwitz quienes habitan la pantalla.

Michael Hurwitz sigue siendo Michael Hurwitz

Michael Hurwitz, el padre de este invento, no es un escritor al uso. Sus miras van mucho más allá de los límites de la sitcom, un género que ha moldeado y corrompido a su antojo tanto en la forma como en el fondo. En cierto modo, hasta lo ha reinventado para que sean otros los que se lleven los laureles. Hurwitz sigue haciendo gala de un pulso humorístico revolucionario, aportando un humor rasposo, ácido y deliciosamente incómodo que ya es la marca de fábrica de la escudería. Incesto, drogas, alcohol, racismo, mala baba, misantropía, chistes absurdos, decadencia, patetismo… elementos que flotan en un magma de cachondeo fino, con guiños constantes a la cancelación de la serie y a los años que han pasado desde la tercera temporada. El metahumor hurwitziano adquiere en esta nueva temporada más sentido que nunca y sirve de perfecta sazón a una fórmula humorística que, pese a las críticas, funciona igual de bien que antes. Una delicia.

Sensación de continuidad

Es un acierto que “Arrested Development” no haya roto los lazos con el pasado y haya apostado por una estructura continuista. Si no fuera por los estragos del paso del tiempo en más de un actor, tendríamos que hacer esfuerzos sobrehumanos para no pensar que estamos en el 2006. Nada parece haber cambiado desde que cancelaran la serie y eso es bueno. Además, Hurwitz planta bastantes flashbacks a lo largo del recorrido para que sepamos lo que ha ocurrido en este lapso de tiempo. Bien.

Están todos los que son

Lo primero que pensé cuando se barajó el retorno de “Arrested Development” es que no podía faltar el núcleo duro de desgraciados. Si fallaba alguno de ellos, como decimos en Cataluña, cagada pastoret. Y para mí el núcleo duro está formado por Tobias Fünke, Gob y ese lamentable dúo padre-hijo que forman Michael Bluth y George Michael. Pues todos están ahí, vaya si están, y no han bajado un ápice su estado de forma. Gob sigue viviendo en una burbuja de imbecilidad extrema, es un niño mimado al que le regalarías una paliza con bate incluido, pero cuyas apariciones te producen una hilaridad máxima. Un personaje imprescindible que eleva a la categoría de actor de culto a Will Arnett –por si no lo situáis, el ejecutivo maricón de “30 Rock” que conspira contra Donaghy–. Por otra parte, la relación entre George Michael y su padre está redimensionando el adjetivo absurdo. Michael Bluth sigue creyéndose en un estrato moral superior al de sus parientes –y seguramente es el que más pena da– y su hijo, igual de bobalicón que siempre, ya no sabe cómo decirle que es un tipo patético. Para terminar, el mejor, esa mariposa calva y juguetona de nombre Tobias Fünke, un engendro entrañable que en cada aparición en pantalla siempre deja mensajes cifrados sobre su evidente pasión por la carne en barra, aunque en su carnet de identidad ponga claramente: heterosexual. En mi lista de personajes favoritos, el bueno de Tobias siempre irá por delante, aunque al tipo siempre le guste por detrás.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar