Columnas

El terrorismo que no da miedo pero que mata igual

Armas de fuego en EEUU

Un día más en en los Estados Unidos de América, un día más de fuego de armas, dolor y pánico. Esta vez ha sido la ciudad de San Bernardino, en California”.

Podría ser la entradilla de la pieza de un corresponsal desde Bagdad o Kabul. Pero no. Eran las primeras palabras del enviado especial de la BBC en San Bernardino, donde esta semana un matrimonio mataba a 14 personas y hería a otra veintena.

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Syed Rizwan Farook, de origen pakistaní, asistió a una fiesta de la compañía de control medioambiental en la que trabajaba. Después de una acalorada discusión con otro empleado, se fue a su casa, dejó a su hijo con su madre y, junto a su mujer Tashfeen Malik, enfundados en chalecos antibalas y con armas de asalto, volvieron a la fiesta y comenzaron a disparar.

Ambos fueron abatidos por la policía cuando huían en un SUV negro. Las investigaciones, aún prematuras, no descartan que se trate de un acto terrorista. En su casa han encontrado bombas. Farook, de 28 años y amante de los coches clásicos, jamás había levantado sospechas por ideas extremistas o por comportamientos violentos. Pero tenía acceso a las armas.  

Terrorismo doméstico

 

 

Con las diferencias obvias de escala y motivos, en EEUU se produce un atentado como el de París casi todos los días. Es decir, ataques con armas de fuego contra gente inocente en sus quehaceres cotidianos: fiestas de empresa, universidades, institutos, cines, clínicas... Igual que en los atentados de los yihadistas. Igual de terroristas.

Puede que dé menos miedo y que suene atrevido decir que el libre acceso a las armas en EEUU es en sí más peligroso que el terrorismo yihadista, pero si nos fijamos solo en las cifras, en EEUU mueren entre 8.000 y 9.000 personas al año por armas de fuego. Es decir, casi un tercio —en un solo país— de las muertes mundiales por terrorismo en 2014, que fueron 32.700 (y eso que se duplicaron y que cuentan las que han ocurrido en países en guerra como Siria).

Los escenarios son los mismos: lugares cotidianos. Y las víctimas también: civiles inocentes.

Y las cifras siguen:

Como dijo el jefe de la estación de policía de San Bernardino, podríamos llamarlo “terrorismo doméstico”. Pero terrorismo al fin. Con sus diferencias, pero igual de atroz.  

El problema de las armas de fuego

Lo cierto es que, en sí mismo, el hecho de que haya armas en manos de los ciudadanos no tiene por qué demostrar nada. Un ejemplo: como cuenta Nick Kristof en una columna en The New York Times, en Suiza todos los ciudadanos tienen armas de asalto en sus casas. Es un país sin ejército en el que los ciudadanos entrenan unas semanas al año y guardan las armas para actuar en caso de invasión.

Y teniendo armas en sus armarios, Suiza tiene una de las estadísticas de crimen más bajas del mundo. Un país en el que, por otro lado, la renta per cápita es una de las más altas. Todos son ricos.

En EEUU no. En EEUU, la desigualdad es una enfermedad casi crónica. Y la brecha entre ricos y pobres es interminable. Aunque no hay una estadística que las vincule directamente, la mayoría de perfiles de asesinos con armas de fuego en EEUU tenían problemas médicos mentales o eran personas marginadas por la sociedad.

Sumado a una cultura que se ha forjado en los últimos 300 años a golpe de armas, esto produce una ecuación perfecta —desigualdad + acceso a las armas— para que el “terrorismo doméstico” siga cobrándose víctimas.

Dobles raseros

 

En EEUU la gente es consciente del problema. Las últimas encuestas muestran que los ciudadanos apoyan masivamente la restricción a las armas, los controles médicos y el seguimiento de cada arma que adquiera un ciudadano. E incluso la prohibición total.

Aún así, el Congreso de EEUU ha bloqueado siempre la solución a este problema. Mientras, ha apoyado intervenciones militares en el extranjero para combatir, precisamente, al terrorismo. Es decir que pierden la cabeza por eliminar al enemigo de fuera pero no ven al que tienen dentro.

¿Por qué este doble rasero? El lobby de armas de EEUU, liderado por la Asociación Nacional del Rifle (NRA por sus siglas en inglés) es uno de los principales financiadores de las campañas de congresistas y senadores republicanos. Para decirlo claro, la NRA tiene secuestrada a la democracia en EEUU con 81 millones de dólares desde el año 2000.

A pesar de todo, uno de los grandes líderes históricos republicanos, Ronald Reagan, ya avisaba en 1991 en un artículo que era necesaria una restricción para detener la espiral de violencia que causan las armas de fuego.

También los hay, como Donald Trump, que creen que la solución no está en las restricciones, sino en mayores libertades que permitan incluso llevar las armas en la calle. Su razonamiento se basa en que, si la gente pudiera llevar las armas encima, podría defenderse ella misma de los ataques, sin esperar a la policía.

Pero propuestas como la de Trump no harían más que alimentar el ciclo de violencia. Y que se repitieran escenas como la que se produjo en el combate de boxeo entre Pacquiao y Mayweather, cuando un hombre que no había pagado los 100 dólares que costaba ver el combate por televisión se unió a un vecino que sí lo había pagado, y terminaron a tiros.

Se mataría la gente en las colas del supermercado, en las rebajas del Black Friday (en el que en un solo día se vendieron 185.346 armas de fuego en oferta en todo el país), o en los partidos de fútbol americano.

A veces, hay valores que no son compatibles: la libertad de todos a vivir tranquilos con la libertad de todos a acceder a instrumentos diseñados para matar.

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