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Apología del pasotismo: cuando sudar de todo es una llamada a la insumisión

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«No hago una mierda. Me considero un canalla. Odio trabajar», Eduard Limónov

Antonio J. Rodríguez

05 Enero 2015 10:08

Fotografía de Tom Hunter

Hace unas semanas El Mundo Today proponía el siguiente chiste: «Tu cuñado Alfonso empieza a ensayar su discurso sobre Podemos de cara a la cena de Nochebuena». Al poco tiempo, en el día de los inocentes, El Confidencial repetía una broma parecida: «Ingresan en un hospital psiquiátrico a un joven obsesionado con Podemos». Anteriormente, El Diario cerraba el año con un artículo titulado «Guía para debates navideños sobre Podemos». Luego llegó el 31 de diciembre y publicaron esto: «Trivia: ¿Cuánto sabes sobre Podemos?»

Los cuatro artículos apuntaban a un misma tendencia: 2014 acababa con un empacho de política. Habíamos dejado de ser una sociedad despolitizada para convertirnos en una sociedad donde todo el mundo se considera politólogo. Los movimientos que empezaron siendo política para gente que no creía en política parecían estar diseñando a su propia casta de expertos. Mientras, el nuevo modelo de ciudadano medio ideal era ese sujeto comprometido que ve tertulias las 25 horas del día y que constantemente tuitea ingeniosos chascarrillos políticos.

De la política banal, ¿habíamos pasado a la banalización de la política? Y en 2015, ¿habría vida política más allá de podemólogos y nuevos politólogos?

Borrachos, eufóricos y fuera del sistema

Eduard Limónov

Hace unos meses se publicaba en España Soy yo, Édichka, del escritor ruso Eduard Limónov. Édichka es un inmigrante soviético en Nueva York. Tiene una vida de mierda y a veces se siente orgulloso de ella. Las cosas le van mal. Édichka escribe poemas y encadena trabajos basura. Es un oprimido. La política le preocupa pero no siempre es su prioridad. Édichka debería estar haciendo la revolución, pero eso es algo que consume demasiadas calorías. En su lugar, prefiere emborracharse.

O como él mismo explica:

«Recibo una prestación social. Vivo a vuestra costa, vosotros pagáis impuestos y yo no hago una mierda, voy un par de veces al mes a una oficina espaciosa y limpia en Broadway 1515 y me dan mis cheques. Me considero un canalla, un despojo de la sociedad, no tengo vergüenza ni conciencia porque no me martiriza, no tengo intención de buscar trabajo, quiero recibir vuestro dinero hasta el fin de mis días. Y me llamo Édichka. Y aún os salgo barato. Vosotros salís a primera hora de la mañana de vuestras camas calientes y, unos en coche, otros en metro y autobús, vais corriendo al trabajo. Yo odio trabajar».

Édichka es la clase de persona que ya debería haber clavado un piolet en la frente de sus jefes, y sin embargo está más preocupado por follar con mujeres y por follar con hombres que por leer la prensa. 

No es el único que opina así.

En Historias de la cadena de montaje, el periodista Ben Hamper, uno de los escritores más celebrados por el cineasta Michael Moore, memora sus días trabajando en una fábrica. Hamper reconoce que sus compañeros y él se sentían tremendamente alienados y que deberían haber volado la fábrica que los destruía por dentro. A pesar de sus deseos de revolución, tampoco estaban especialmente comprometidos a la salida del trabajo. Sencillamente, no les quedaban energías. Hamper reconoce que estaban demasiado borrachos. En sus propias palabras:


Bailábamos, bebíamos, vomitábamos, rompíamos muebles y básicamente nos comportábamos como un hatajo de lunáticos en una rave permanente



Algo parecido es lo que la fotógrafa Molly Macindoe expresó en sus series sobre raves en Londres a finales de los 90. Su cometido era, como recientemente comentábamos por aquí, «sacar del fango del desprecio a miles de jóvenes que mediante el disfrute planteaban un desafío a las vidas grises». Su compromiso social nunca estaría reflejado en los sondeos electorales.

El valor de un silencio

Fotografía de Molly Macindoe

Limónov, Hamper y Macindoe son tres nombres que han compartido un tema en común: la contestación de las clases dominadas mediante el más despreciativo de sus silencios. Sus personajes no quieren perder el tiempo con la cháchara de la actualidad. Prefieren pasárselo bien. Sus rutinas ya aburren demasiado como para encima seguir prestando atención a los debates políticos. Siempre hay cosas más estimulantes que hacer.

Sería interesante descubrir cómo serán hoy los personajes de los que hablaban Limónov, Hamper y Macindoe. Desde luego, estarán igual de desesperados que ellos. Sus empleos serán tan deprimentes como los de Hamper en la fábrica, y probablemente a veces se sientan despojos sociales como Édichka. Puede que su pasatiempo ya no esté en la rave y sí en sus habitaciones digiriendo youtubes. En cualquier caso, la diversión será la misma. Lo más probable es que la política, o lo que los periódicos señalan en sus páginas de política, les de lo mismo. Pero, ¿y qué?


Con frecuencia, la gente más importante en términos políticos es la que menos tiempo pierde hablando de política

 


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