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Anemia vampírica: ¿hacia dónde va “True Blood”?

Sin confirmación oficial de una sexta temporada todavía, la serie de Alan Ball se despide de la parrilla al borde del abismo, con Sookie y Bill perdidos entre una nube de secundarios

A la espera de la confirmación de una sexta temporada, "True Blood" se ha despedido de la parrilla con un derroche de imaginación pero varios problemas estructurales. Hacemos balance

Para Fredric Brown, autor de “Martians, Go Home!”, la novela sobre el escritor de ciencia-ficción al que acaba de dejar su novia y se pregunta si podrá volver a escribir justo en el momento en el que un marciano repelente toca a su puerta (y le suelta: “¿Cómo puedes vivir en un lugar tan horrible? No me extraña que tu chica te haya dejado”), no existe nada más horrible que la palabra hechos. Los hechos impiden que el escritor, y, por extensión, el creador, sea libre. “Aquel que sólo tiene un universo en el que plantear sus argumentos y que debe retorcer y recortar los productos de su imaginación para que se adapten al molde inflexible de los hechos no es libre”, apuntaba Brown, en el prólogo de su estupendo (y marciano) “Amo Del Espacio”. “Una palabra horrible, pues, hechos, concluía, “que nos impide llegar el futuro y a las estrellas”. Sí, Brown era un buen tipo. Y apuesto a que habría estado orgulloso de su discípulo Alan Ball. Oh, en primer lugar habría estado orgulloso de Charlaine Harris, la señora que hizo del decimonónico y señorial universo vampírico de Anne Rice una auténtica orgía redneck de sexo y sangre enlatada. Y humor, mucho humor. Para empezar, creó a Sookie Stackhouse, la camarera más repelente del mundo, y a la vez, la más valiente (por repelente) del mundo, capaz de soltarle a un vampiro de 3.000 años: “¿Quieres dejar de mirarme como si fuera tu cena? No tengo tiempo para eso ahora”, y otras cosas por el estilo. Y, por supuesto, creó Bon Temps, su particular Nueva Orleans, un Twin Peaks sudoroso y decididamente redneck en el que no ser un monstruo es raro. ¿Cuántas veces se ha preguntado el siempre perdido Jason Stackhouse si es el único ser no sobrenatural del pueblo? A menos que tener una hermana hada y tratar de ser devorado por panteras que primero fueron tu novia y luego quisieron convertirte en pantera (devorándote) cuente como sobrenatural.

Fue en la sala de espera del dentista donde Alan Ball leyó por primera vez una novela de Charlaine Harris. Tras el éxito de “A Dos Metros Bajo Tierra”, Ball había firmado un contrato para producir otra serie para la HBO pero hasta entonces, hasta aquella tarde en el dentista, no tenía ni idea de que sería una serie sobre vampiros. Le fascinó la idea de vampiros saliendo del armario. Oh, bueno, del ataúd. En cualquier caso, hoy, seis años después de que arrancara el buque (por momentos siniestro y casi siempre desternillante) “True Blood”, y con cifras de audiencias que superan los cinco millones de espectadores (algo que, cuando hablamos de una serie que apenas conseguía reunir a cuatro en sus primeras temporadas, no está nada mal) al cierre de su quinta temporada, todo parece indicar que mientras Harris aguante, y Ball también, que aún no ha confirmado una sexta temporada pero sí ha dejado claro que le sigue apeteciendo estar al mando, tendremos sangre enlatada para rato. Aunque eso sí, a mayor tamaño del monstruo, más posibilidades de que la trama se resienta y el recuerdo final de la serie empiece a resultar agridulce. Esto es, la fuerza con que arrancó se puede diluir en el millón de subtramas (cada vez más presentes, hasta el punto de robarle, como ha ocurrido en esta última temporada, prácticamente todos los minutos al tándem Sookie-Bill, teórico epicentro desde el principio de los tiempos, de la serie) y acabar destruyendo una serie que ahora más que nunca debería sentarse a reflexionar. Sentarse ante una taza de café y decirse: “¿No hemos ido demasiado lejos? ¿No podríamos olvidarnos de un buen puñado de personajes y volver a, por todos los dioses vampíricos, centrarnos?”. Sí, algo así debería decirse. Porque la quinta temporada no ha llegado tan lejos como la cuarta (en el sentido de que no ha creado a un grupo de pordioseros capaces de convertirse en panteras y obsesionarse con el hermano de Sookie), pero ha estado cerca. Y, aunque ha aprovechado alguno de los nuevos giros narrativos a los que inevitablemente llevó la season finale (una de las más brutales de su historia), se ha centrado en exceso en ese extraño ente de control vampírico llamado The Authority.

Y es en este punto donde animo a dejar de leer a todo aquel que aún no haya acabado de ver la quinta temporada, porque van a empezar a llover los spoilers. Bien. La cosa empezó en casa de Sookie, justo donde lo dejó la season finale en la que la ex de Alcide le voló la cabeza a Tara. Tara, un personaje que, a mi juicio, Ball no ha sabido exprimir. No hay que olvidar que fue una conversación entre ella y Sookie la que sirvió de arranque a la serie (tras la epatante escena en la gasolinera, la escena del camionero vampiro y la pareja de adolescentes). Tara tenía un trabajo horrible en unos grandes almacenes y recibía a clientes estúpidos en una tumbona. Tara tenía carácter. Era un personaje incómodo. Siempre tres pasos más allá de Sookie. Se perdió con su supuesto trauma católico (y su madre alcohólica) y estuvo a punto de no regresar cuando decidió que había tenido suficiente y se largó, para liarse con una luchadora. Pero Tara había vuelto y había sido poco más que un estorbo la anterior temporada, así que en el giro perfecto que dotó a la season finale del broche de oro, Ball pidió que le volaran la cabeza. Y, obviamente, en una serie en la que los muertos no mueren sino que pasan a mejor vida, una vida vampírica, eso sí, Tara se convierte en vampiro. Y a todos nos parece estupendo porque: 1) Tara estaba muerta como personaje desde la tercera temporada y 2) el odio que esta decisión genera en la propia Tara (que desde ahora y para siempre odiará a Sookie por haberle pedido a Pam que la convierta en muerto viviente) parecer haberle devuelto su mal carácter. Mal carácter que siempre estuvo ahí, pero que había llegado a ser tan secundario (sólo brilló durante la, por otro lado, brillante, insuperable, segunda temporada) que prácticamente no se veía. Pero, ¿qué ha pasado con semejante acontecimiento en el Universo True Blood? Pues que ha quedado sepultado por un millón de semejantes acontecimientos más. Y es que el exceso es el único enemigo de Alan Ball.

"¿Lo que estaba por venir? El fin de la convivencia entre humanos y vampiros: la guerra"

Pero centrémonos en lo que ha sido el argumento base de la quinta temporada: la religión. Bueno, el sangüinismo. O lo que es lo mismo: la vuelta del vampiro salvaje. El vampiro que no quiere oír hablar de sangre enlatada. El vampiro que quiere devorar humanos y sembrar el caos y la destrucción en la Tierra. El vampiro malvado. El vampiro que haría palidecer a Bela Lugosi. Para los iniciados, el vampiro que fue Russell Edgington, cuya resurrección (al cierre de la cuarta temporada) presagiaba todo lo que estaba por venir. ¿Lo que estaba por venir? El fin de la convivencia entre humanos y vampiros: la guerra. Guerra fría que comienza cuando los propios vampiros bombardean las fábricas de True Blood (la marca de sangre enlatada) para justificar sus crecientes ataques a humanos. Un plan que ha urdido el mismísimo Bill. El amable Bill. El vampiro enamorado de una humana (Sookie) con la que, lo que son las cosas, sólo comparte tres planos de escasos minutos en toda la temporada. Pero no culpemos a Bill. Porque Bill no tiene la culpa. La culpable es Lilith, la diosa de los vampiros, que le tiene, literalmente, sorbido el seso.

"Nadie se lo hace con nadie. Ni siquiera Jason. Estamos ante la temporada con menos sexo de True Blood"

Cuando el encargo de matar a Russell Edgington se convierte en Hagamos De Russell Edgington El Ejemplo A Seguir y los nuevos cancilleres del gobierno vampírico (The Authority), entre los que se cuentan Bill y Eric, el único, este último, que conserva la cordura, organizan excursiones para comer humanos (de diez en diez), la Humanidad empieza a preguntarse si no debería deshacerse ella primero de los chupasangre. Aún ajenos a todo ello, un minúsculo grupo de Obamas (tipos con la máscara del presidente) se dedica a matar monstruos (esto es, vampiros, hombres lobo, cambiaformas, todo lo que encuentra) hasta que Sookie los detiene (con sus manos láser). Y hablando de Sookie, ha empezado a perder sus poderes. Porque no es un hada. Es una medio hada. Y resulta que sus padres lo sabían. Y lo que es aún peor: conocedores del valor de la sangre de hada para los vampiros (les permite salir a pasear en pleno día), se la habían prometido a un vampiro llamado Warlock que, además, supuestamente, es el asesino de sus padres. Sí, digamos que Sookie está demasiado atareada esta temporada para pensar en Bill y Eric y, aunque por un momento parece que por fin va a haber algo entre ella y Alcide (de hecho, se quedan a los pies de la cama), al final nada de nada. Y no es que Sookie no se lo haga con nadie esta temporada, es que nadie se lo hace con nadie. Ni siquiera Jason. Sí, chicos y chicas, estamos ante la temporada con menos sexo de “True Blood”. ¿Será cosa de Dios? No, es cosa de la falta de tiempo. Esta vez ha pasado demasiado.

Porque mientras todo lo dicho sucedía, la pareja formada por uno de los Bellefleur (Terry) y Arlene se ha visto amenazada por un Ifrit, una especie de demonio de fuego (sí, un fuego con cara) que ni aportaba nada a la trama, ni ahondaba en la historia de los personajes (porque ya todos teníamos claro que él había estado en Irak y que por eso estaba un poco loco). Sólo molestaba. Como molestó el novio de Lafayette hasta que decidieron deshacerse de él (por cierto, vuelve, pero no dura demasiado y Lafayette ocupa por fin su lugar otra vez tras los fogones del Merlotte's, la pregunta es: ¿por qué cambiar a un personaje totalmente cuando el personaje funciona? Pierde su esencia, querido Ball, y dejamos de creérnoslo). En ese sentido, ¿por qué continuar manteniendo a los hombres lobo? Cualquier seguidor de la serie hubiera cambiado la ida y vuelta de Alcide a la manada y Emma, la hija de la novia más que airada del sacrificado Sam Merlotte, convirtiéndose en cachorro de compañía del reverendo Newlin (GRAN rescate, aunque desaprovechado, de esta quinta temporada), por más escenas entre Eric y Sookie, o algo más de desarrollo en el definitivo fin del trío Jason-Jessica-Hoyt (sin duda, la partida de Hoyt, ha sido uno de los momentos más emocionantes de la temporada; personaje que, por otro lado, llevaba muerto desde el fallido intento de matrimonio con Jessica y han hecho bien en quitarse de encima). Pero no ha sido así. Y que conste que muchos echamos de menos a Sookie escuchando los pensamientos de todo el mundo.

¿Conclusión? Ball, los personajes secundarios son secundarios. No necesitan tramas propias. Ayudan a los principales, pero nada más. ¿Acaso necesitamos saber algo más de Arlene? Nah. Tampoco queremos saber nada más de la novia bruja del sheriff Andy. Sí, es probable que ahora queramos saber más de sus cuatro bebés hada, sobre todo porque Andy es, desde el principio, un personaje principal. O un secundario que se ganó el título de principal. Pero todos los demás han estado ahí, desde el principio, para apoyar a las torres que levantaron la serie: Sookie y Bill. No lo olvides la próxima temporada, ¿quieres? No te encadenes a los hechos. Sigue siendo libre. Pero respeta tu universo. Y, por favor, haz que alguien se beba a Bill (he aquí el broche final de esta temporada: Bill se ha convertido en vasija, Bill se ha convertido en DIOS). Haz que Bill vuelva a ser un vampiro tontorrón. O destrúyelo para siempre. Porque no puede dejar de ser él tantas veces. Jugar con la credibilidad del espectador es delicado. Y cambiar la esencia de los personajes los va dinamitando poco a poco. Y algunos de tus queridos personajes, queridísimo Alan Ball, están al borde del abismo.

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