Columnas

“Alps”, diagnóstico de la miseria social y moral

Se estrena la nueva película del incisivo cineasta griego Giorgos Lanthimos, el inquietante director de “Canino”

Una empresa que sustituye a los muertos, a los seres queridos, por personas normales. El griego Giorgos Lanthimos, el provocador director de “Canino”, estrena una nueva película que desnuda las miserias del mundo actual, su bajeza moral (sin escatimar unas gotas de humor freak). Must see.

Visto como está el patio, el estreno de una película como “Alps” es un acto tan suicida como oportuno y necesario. Suicida por razones obvias: si ya no vamos al cine para que nos entretengan, ¿vamos a ir para que nos enseñen las miserias circundantes y nos diagnostiquen las propias? Y es oportuno y necesario porque pocas películas recientes han reflejado con tal clarividencia y virulencia una sociedad en crisis en su sentido más amplio. En el mundo que dibuja “Alps” –o que esboza, mejor dicho, pues su autor reincide en la caligrafía escurridiza pero contundente de su anterior filme–, la crisis económica es tan flagrante como la crisis de valores. Ojo, y esas son sólo dos de las muchas ruinas que convergen en su historia.

Uno.

"Las actividades llevadas a cabo por las personas que integran la “empresa” titular, Alps, dan pie a una cavilación sobre un mundo que ni se tiene en pie ni tiene pinta de hacerlo pronto"

Su director y coguionista, el griego Giorgos Lanthimos, tiene, contando éste, cuatro largometrajes, de los que aquí sólo se estrenó el anterior, “Canino” (2009), tremendísima película, de afilada naturaleza crítica y muy contundente en su representación de la violencia, que, quizá porque su atractiva poesía visual camuflaba el veneno, llegó incluso a estar nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa. “Alps” no es una mera repetición de aquel filme, básicamente porque es la obra de un autor inquieto –e inquietante– que explora de continuo el lenguaje narrativo y visual. Pero el lazo entre ambos títulos (también con “Kinetta”, segundo largometraje de Lanthimos tras una comedia más o menos mainstream codirigida con Lakis Lazopoulos) es más que evidente. El cineasta reincide en muchas de las variables de su anterior filme. A saber. Como en “Canino”, reproduce los males sociales más comunes a partir de la muestra depravada. Parte, una vez más, de un entramado reducido y corrupto de relaciones interpersonales para poner sobre la mesa temas de alcance e interés general. En aquella, los usos y las costumbres de una familia asilada casi por completo de la realidad –tanto a un nivel mental como físico–, con sus propios códigos estructurales y morales y sometida al yugo de un patriarca chalado, invitaba a reflexionar sobre los mecanismos nocivos de la institución familiar y del sistema educativo para garantizar la unidad y la obediencia: el miedo inducido y el castigo. En la película que nos ocupa, las actividades llevadas a cabo por las personas que integran la “empresa” titular, Alps (la explicación al porqué de ese nombre no tiene desperdicio), dan pie a una cavilación sobre un mundo que ni se tiene en pie ni tiene pinta de hacerlo pronto.

Dos.

Lanthimos, por tanto, parte otra vez del microcosmos desquiciado (al que, como en “Canino”, da sus propios códigos de comportamiento y, aun en menor medida que en aquélla, dota de un lenguaje propio) para reflejar el conjunto, para tantear males colectivos. Vuelve a haber un líder (el jefe o impulsor de la empresa), una jerarquía (el segundo en importancia, cuya “profesión real” es profesor de gimnasia rítmica, decide sobre los empleados y les castiga cuando lo cree oportuno) y un conjunto de personas a la vez de víctimas y verdugos. ¿A qué se dedican los miembros de Alps? A suplantar a los muertos. Para ayudarles a sobrellevar la pena (ésa es la versión oficial), para aliviar su dolor, proponen a las personas que han perdido a un ser querido hacerse pasar por el difunto y visitarles varias veces por semana, imitar a los desaparecidos y simular sus escenas cotidianas.

"¿Hasta dónde llegarías por dinero? ¿Qué sacrificarías? ¿El sentido común? ¿La moral? ¿La cordura? O, en el extremo opuesto, ¿qué estarías dispuesto a comprar para aliviar el dolor? ¿Hacia dónde va el consumismo compulsivo?"

Ese negocio loco y su ejecución, entre escandalosamente mercantilista y abrumadoramente compasivo y solidario, da pie a Lanthimos a tantear desde una abstracción inteligible (no es “Alps” un filme confuso o ambiguo) varios temas de rabiosa actualidad y, por extensión, a reflejar con furia la deriva del mundo en que vivimos. La película es una especie de muñeca matrioska en la que cada idea encierra otra idea, en la que cada quiebro de un personaje es la antesala de una reflexión tan contundente como la anterior. No hay tregua para el espectador, sus cavilaciones van en espiral y no acaban con la película. Pero es posible sacar algunos de sus temas clave, formulados a modo de sátira incisiva pero raramente bella. Serían el absurdo y las tremendas consecuencias de la sociedad de consumo: ¿Hasta dónde llegarías por dinero? ¿Qué sacrificarías? ¿El sentido común? ¿La moral? ¿La cordura? O, en el extremo opuesto, ¿qué estarías dispuesto a comprar para aliviar el dolor? ¿Hacia dónde va el consumismo compulsivo?

A pesar del esquematismo, en las películas de Lanthimos los personajes no son meras piezas al servicio de una reflexión. La vulnerabilidad de los elementos –y de las elementas– en juego permite al cineasta abrir la puerta a otras ideas. Sin intención de hacer spoiler, la enfermera interpretada por Aggeliki Papoulia (una de las hermanas de “Canino”), la empleada más entregada del negocio, sintetiza el desamparo ante una realidad que se derrumba, la búsqueda desesperada de algo parecido al afecto y la adicción a cualquier cosa que te haga sentir vivo, por nociva que sea.

Tres.

Esbozado en unas líneas, el contenido de “Alps” tiene tanta tela, es tan tremendo, que puede parecer una película incomoda de ver. Y en parte lo es. No nos engañemos: hace pupa. Pero Lanthimos trabaja con suma habilidad dos cosas que facilitan la ingesta: la puesta en escena y, sobre todo, el humor. Como en “Canino”, el director da unicidad a los escenarios vulgares de una forma difícil de descifrar. Y, sin caer en la estética de la desolación o sofisticar la sordidez, encuentra la poesía debajo de las piedras. Juega a favor de esa poética cuarteada su extrañísima forma de encuadrar las escenas, la rara y a menudo desequilibrante (nunca sin sentido) composición de los planos. Y, también en sintonía con su anterior filme, aborda el drama desde el humor. Por extraño que parezca e, importante, sin pretender que el espectador se sienta mal o culpable por reír, Lanthimos firma una película que hace gracia. En otra demostración de su debilidad por las palabras (recuerden la familia de “Canino” tenía un lenguaje propio, una variación freak del lenguaje común) que se traduce en diálogos fascinantes, el autor da rienda suelta a un humor inesperado, absurdo y minimalista que, de alguna manera, humaniza a los personajes y subraya el disparate del mundo con el que lidiamos cada día.

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