Columnas

“Alice #3”, un relato de Ben Brooks

Nueva parada en el ciclo ‘Ficción rara’, esta vez con una aportación del joven escritor inglés recientemente afincado en Barcelona, autor de la novela “Crezco” editada por Blackie Books.

Ben Brooks, el autor de la celebrada novela “Crezco” (Blackie Books, 2011), sobre la inseguridad y la confusión de la adolescencia, es el tercer autor que se asoma al ciclo ‘Ficción Rara’, coordinado por Luna Miguel para PlayGround y con traducción de Zulema Couso. En este relato vuelven a aflorar sus personajes habituales, jóvenes desorientados cargados de dolor y miedo.

[ Ben Brooks (1992) es autor de cinco libros de prosa, entre los cuales destaca “Crezco”, publicado en España por la editorial Blackie Books y traducido a varios idiomas. Su obra ha sido alabada crítica y por autores de la talla de Dennis Cooper. Hace poco puso un estado de Facebook en el que anunciaba que no tardará demasiado en publicar su nueva novela, titulada “Lolito”.]

Alice dice que las demás personas son como las revistas de la sala de espera del dentista. Tiene tantas pecas que la mayoría se tocan. Cuando acerco mi cara a la suya, a veces finjo que es otro planeta. Le gusta decirme que tiene a su mitad y que es callado y coreano y que tiene los hombros más anchos que yo. Mis hombros no son nada del otro mundo. Eso lo admito. Intento hacer pesas cuando puedo pero no es algo que me entusiasme demasiado. El año pasado me atracaron tres veces. Durante las tres no paré de murmurar que lo sentía mucho y, en una de ellas, les di mis zapatos sin que me los pidieran.

Aparto el edredón y me siento. Son las 22h. Nos acostamos a las 16:30h porque no dormimos la noche anterior. Queríamos ver todos los capítulos de “Parks and Recreation” antes de que empezara la nueva temporada. Alice está sentada con las piernas cruzadas en su lado de la cama, de espaldas a mí.

Elefante gruñe un poco. Me pregunto si podría matar a un perro con las manos. Depende de la raza del perro, supongo. Creo que podría matar a un Pomerania. Sí, creo que podría hacerlo. Lo cogería de la cola y lo estamparía con fuerza contra el suelo.

—Hola —me dice.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunto.

—Nada —responde.

Estaría bien que, después de matar a su perro, viniera la policía y dibujara la silueta del cuerpo con tiza. Eso me haría sentir mejor sobre muchas cosas. El perfil de tiza de un perro diminuto dentro de un recinto cerrado con cinta amarilla de la escena del crimen.

—¿Tienes hambre?

—No.

—Tengo mucha hambre.

—Vale.

—Quiero una hamburguesa. Con cebolla y todo eso. Y cerveza.

Me inclino hacia adelante y miro por encima de su hombro. Sus manos parecen manos de extraterrestre bajo el brillo azul de la pantalla. Está mirando Facebook y se para de vez en cuando para chasquear la lengua al ver fotos de chicas que no reconozco. Es una de sus actividades favoritas junto con pedirme que le diga “cosas bonitas” y quedarse dormida en la bañera.

—Ve a por una.

—Vale.

Elefante salta por encima de mí y aterriza en la alfombra. Se lame la pata izquierda. Bajo las piernas de la cama y me pongo calcetines desiguales. Uno es gris con rayas verdes. El otro me queda apretado y tiene un dibujo de Winnie the Pooh. Me pongo unos vaqueros y una camiseta.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta Alice.

—Me estoy vistiendo.

—¿Me vas a dejar aquí en mitad de la noche para ir a emborracharte solo?

—No lo sé —respondo—. Me has dicho que podía irme.

—Pues vete.

—Me tomaré cuatro cervezas.

—¿Por qué siempre tienes que beberte cuatro cervezas?

—No siempre tengo que beberme cuatro cervezas.

—Vale.

Baja la tapa del ordenador de golpe y se enrosca como una bola. Parpadeo. Cojo mi lado del edredón y lo doblo por encima de su cuerpo y de su cabeza. Me levanto.

—¿Qué estás haciendo? —grita—. ¿Crees que voy a desaparecer si haces eso? No he desaparecido. Sigo aquí.

—Vale —digo—. Eso está bien.

No está tan bien. Ojalá desapareciera. No de forma violenta sino en silencio y de una sola vez. Podría caerse por una alcantarilla o ser devorada por un león huido.

—¿Está bien? Seguro que ni siquiera quieres que esté aquí.

—Es tu casa —digo—. Sí. Claro. Quiero que estés aquí.

—Estupendo.

—Ahora no estoy para esto —digo y me marcho rápido de la casa y me pellizco para no sonreír.

Afuera hay zonas cubiertas de nieve a intervalos sobre el asfalto. Me siento sobre un muro bajo de ladrillos y me río. Me resulta muy difícil decirle cosas serias a la gente. Ahora no estoy para esto. Pero sé que tendré que estarlo o de lo contrario pensarán que no me preocupo tanto como ellos.

Sinceramente, no soy una persona a la que le importen demasiado las cosas pero intento parecerlo con todas mis fuerzas.

La semana pasada, cuando me aburrí de masticar chicle, lo envolví en un trozo de periódico y lo dejé en el asiento de un tren. También acaricié a un perro que no conocía y le di a un indigente tres caramelos para la tos.

Camino despacio.

Cojo un palo y lo utilizo para borrar mis pisadas sobre la nieve para que Alice no pueda seguirme. Es algo que podría hacer. Otra cosa que sin duda podría hacer sería tirarme un pisapapeles a la cabeza y matarme por accidente. Tiene una personalidad extremadamente impredecible.

En el restaurante, sigo a mi camarera hasta una mesa pequeña en un rincón. Me pregunta si quiero tomar algo y le digo que quiero tres copas. Sonríe. Su sonrisa es del tipo de sonrisa que hace que quiera convertir nuestra conversación en un buen magreo. Me gustaría sobarla a base de bien. Las mejillas, la tripa y las pantorrillas. Me pregunta si va a venir algún amigo mío y le digo que tengo muchos amigos pero que esa noche voy a cenar solo.

—Ipso facto —digo con la esperanza de que sea vagamente relevante.

Se va a buscar mis copas y saco un libro. Me siento mejor cuando estoy solo, borracho y leyendo. Creo que eso no va a cambiar. Pero no pasa nada.

Alice cree que estamos biológicamente definidos pero sólo en el sentido de que la gente nos trata según nuestro aspecto. Sus pies tienen la forma de manos. Nunca me deja fumar antes del desayuno y una vez la pillé besándose los dedos de los pies. Es probable que lo dejemos en dos meses y muramos sin habernos reencontrado.

A veces creo que tengo a mi mitad y que murió el año pasado, en un accidente de coche en mitad del tráfico nocturno en Yakarta. Me imagino su cuerpo desgarrado como pan mojado. Me imagino que el cielo tenía el aspecto de un acuario envuelto en papel de calco y que su madre lloró con la fuerza suficiente para que le estallaran los vasos sanguíneos de alrededor de la boca. A veces finjo que he vomitado para despertar la compasión de mis compañeros de trabajo y nunca le he dado un puñetazo a nadie en la cara.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar