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Adolescencia, mixtapes, amor, copia, cultura: las trampas de la nueva Ley de Propiedad Intelectual

El Gobierno quiere aprobar una reforma de la LPI que cambia las reglas del juego respecto a la copia privada. ¿Por qué lo hace, a quién beneficia, quién la paga?

El anteproyecto de reforma de la Ley de Propiedad Intelectual incluye pasajes perturbadores, los que más los que tienen que ver con la penalización de la ‘copia privada’. Ya no será lo que era, lo que siempre habías creído que era, copiar tus cosas para ti. En ese proyecto de ley hay trampas y aquí intentamos arrojar luz sobre la cuestión.

Era todo tan sencillo cuando teníamos 15 años. Bueno, a ver, “sencillo” si aplico una amnesia profunda al devastador acné, la bipolaridad emocional adolescente, los padres que dejan de ser amorosos para convertirse en guardias civiles del hogar y esos chicos y esas chicas, lejanas y hermosas, que repentinamente no hablan nuestro idioma y sufren ataques de ceguera cuando entramos en su campo de visión. Como Terminators, pero al revés. Quitando esto, todo lo demás era “sencillo” si cabía en una TDK de 90 minutos.

Al contrario que ahora, la Propiedad Intelectual jamás perturbó mis meditaciones ventaneras. Estaba más preocupada por la mala impresión que daría mi colección musical si no conseguía llenar los 45 minutos de la cara A con una selección decente de canciones, ensombreciendo los minutos finales con un temita que en realidad me importase poco, pero que durase menos de los dos minutos de cinta restantes. Las cintas de cassette, un derecho de la adolescente de finales de los ochenta, un derecho a la copia privada.

Si sigo en este tono van ustedes a pensar que me he convertido en Kiko Amat. No he podido evitarlo. El Legislador, ese misterioso Hombre que escribe las leyes de España, dejando caer sobre su mesa el pico de una corbata azul gaviota –es una metáfora– habla hoy de todo eso –adolescencia, mixtapes, amor, copia, cultura– cuando remoza la Ley de Propiedad Intelectual, para ir parcheando un poco entre que les da tiempo a escribir una nueva, prevista para la presente legislatura. Porque a El Legislador le urgía elevar a rango legal lo que la palabra de Mariano Rajoy ya había convertido en hecho: una nueva definición de la copia privada y la modificación de su sistema de compensación a los creadores de obra sujeta a Propiedad Intelectual. Autores miembros de una sociedad de gestión de derechos que pudieran ver mermados sus ingresos por culpa de esas adolescentes atolondradas copiando discos para empujar a sus amigas a montar una banda y películas para ayudar a esos chicos a que vuelvan a entenderlas, como antes.

Con el acuerdo del Consejo de Ministros sobre el anteproyecto de reforma de la Ley de Propiedad Intelectual del pasado 22 de marzo se modifica el funcionamiento de ese asunto de la copia privada, que es la figura que nos ampara para seguir haciendo copias de aquello que hemos adquirido legalmente con total tranquilidad. Desde el 1 de enero de 2012, los dinerillos para el saco de la compensación a los autores no salen ya del canon que se aplicaba a los fabricantes de los cassettes o los cedés, sino que se cargan al bolsillo común, también llamado Presupuestos Generales del Estado. Es decir, que si antes teníamos a una no sé si numerosa pero al menos ruidosa marea de consumidores de este tipo de soportes, agrupada en la lucha contra el canon, defendiendo el legítimo argumento de no tener que pagar un canon a la Sgae por grabarse un cedé con sus canciones copyleft, sus hojas de cálculos de la contabilidad familiar o su copia de respaldo del Ubuntu, ahora tenemos algo peor. Ahora tenemos un sin duda numeroso aunque claramente silencioso conjunto de españoles, de todos los españoles, pagando entre todos, ¡todos!, el canon compensatorio. Los 47 millones de españoles, ¡todos!, aunque no tengan un ordenador, ni un vídeo, ni un disco duro multimedia, ni una hija adolescente haciéndose un best of de Joy Division.

Y claro, aunque somos muchos, el bolsillo no es tan grande. Y si las grandes fábricas de soportes, esos gigantes internacionales como la americana Imation o las japonesas Mitsubishi y Sony llegaron a generar 120 millones de euros por el canon, el Estado ha valorado la compensación en cinco millones, que es lo que debía caber en nuestros pírricos presupuestos. ¿Y por qué sólo cinco?, ¿y por qué cinco concretamente? Hay quien analiza que cinco son los millones de euros con los que Noruega compensa por la copia privada en su país, justo el sistema que estamos copiando. Pero, a ver, en España hay diez veces más población que en ese país nórdico.

A la Sgae de Antón Reixa, claro, no le gusta nada el trato. Se queja de no haber sido consultada y que este nuevo sistema perjudica “sobre todo a los ciudadanos”. Dice Reixa que, a fin de cuentas, el 20 por ciento de lo que ingresaban por copia privada lo invertían en promoción, formación y acción social. No nos cuenta lo que hacen con el 80 por ciento restante, pero yo se lo recuerdo: lo reparten proporcionalmente entre los que más ingresan. Es cierto que con ese dinero se podría estar compensado una copia privada de un disco de El Sueño de Morfeo, pero también de uno de Comando Suzie, cuyo compositor ni siquiera es socio de la Sgae. En 2011, Sgae ingresó 20,2 millones de euros en concepto de copia privada, un 28 por ciento menos que el año anterior. Si se mantiene la proporción, una regla de tres nos ayudaría a intuir que el año que viene este colectivo de autores pasará a recibir de 20,2 millones a 670.000 euros. Normal que Reixa se ponga nervioso.

"Nos quieren explicar que lo privado es personal; pero yo, que soy autónoma y freelance, que toda mi vida es mi trabajo, y al revés, no lo entiendo"

La sociedad de gestión, que intenta en estos tiempos capear la mala prensa generada por la anterior junta directiva y el revolcón judicial que aún tiene por delante, señala con acierto que si a alguien beneficia este nuevo concepto de copia privada es a las multinacionales tecnológicas, que no sólo venden los soportes sino también patentan y fabrican las tecnologías de copia. La conclusión general de la Sgae es que “ el gobierno convertirá en ilegales las copias privadas”. “ Solo será legal si la copia se hace de un soporte original o de una señal de televisión”, –señalan–, “pero siempre que dicha copia sea borrada a los pocos días. Las copias que sean realizadas a través de internet serán consideradas actos ilícitos a perseguir”.

Tela. Ahí tenemos otro berenjenal: qué es y qué no es una copia privada. Teresa Lizaranzu, presidenta de la Comisión de Propiedad Intelectual, lanzó a las ondas el 3 de abril en La Ventana la definición para el diccionario de copia privada: “ aquella que hacen los usuarios con un soporte”. Por lo tanto, usar uno de estos dispositivos que te permiten grabar una película de la tele para verlo más tarde –lo que El Legislador y otros señores que nombran las cosas llaman time-shifting– no genera una copia privada, según explicó la propia Lizaranzu, debido quizá a que entiende “soporte” como algo portátil y ligero, no vale llevarnos el disco duro a la casa del vecino. Y como no lo consideran copia, tampoco creen que origine un gran perjuicio, y por ello no da lugar a compensación. He ahí uno de los motivos para ir rascando euros y dejar los 120 millones de euros en cinco. Y lo mismo con el format-shifting, que a diferencia del traslado en el tiempo es un cambio de formato. Por ejemplo: cuando digitalizamos, si es que vencimos la pereza, las viejas cintas VHS o los vinilos a cedé. O cuando nos ripeamos el disco que hemos comprado para poder escucharlo en el iPod. Todos esos actos quedan excluidos de la compensación.

Y seguimos, aún hay más. Quedan desterrados del cielo de la copia privada las copias que se hagan para uso profesional o empresarial. Nos quieren explicar que lo privado es personal; pero yo, que soy autónoma y freelance, que toda mi vida es mi trabajo, y al revés, no lo entiendo. Por último, se excluye también de la definición de copia privada, y por tanto de la legalidad y la compensación, las copias realizadas a partir de soportes físicos que no sean propiedad del copista o que aún siendo de su propiedad, las haya adquirido por un cauce diferente a la “ compraventa comercial” –no vale el top manta– o que se hayan transmitido por comunicación pública y, ojo, no se cansen, que aquí viene lo divertido: “ salvo las reproducciones temporales e individuales de las obras radiodifundidas que se realicen únicamente con el propósito de permitir su visionado o audición en un momento posterior” o “ más oportuno”. O sea, que vale si te grabas un programa de radio para oírlo mañana, pero no para tenerlo para siempre.

En este punto no puedo evitar recordar la increíble colección cassettes que descubrí en la casa de un amigo de un amigo con horas, días, años de canciones grabadas, todas, en Flor de Pasión. Nombren una canción, ahí está, en alguna de esas cintas, para siempre, presentada por Juan de Pablos. ¿Es eso ilícito, como dice El Legislador? El Legislador sin duda no ha escuchado nunca Flor de Pasión.

Para muchos, tanto el time-shifting –grabar Flor de Pasión– como el format-shifting –la panzada que debe estar pegándose el amigo de mi amigo para pasar todos esas cintas a mp3– son la pura esencia de la copia privada. Ahora el Gobierno dice que no, que eso no. Pero habrá que ver qué es lo que dice la Comisión Europea, donde la Sgae ya ha ido a denunciar este embolado. Mientras tanto, yo me agarro a lo que sé, dos definiciones de la copia privada y de la copia pública que no cambiarán con los gobiernos, porque nacen de las leyes del procomún: copiar es amar, copiar es aprender.

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