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Adiós, bastardo: todo lo que le debemos al genio de la comedia británica Rik Mayall (1958-2014)

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El brillante actor y cómico Rik Mayall desaparecía esta semana a los 56 años

Óscar Broc

11 Junio 2014 10:39

The Young Ones era una serie pringosa y seborreica, un artefacto televisivo atiborrado de un antithatcherismo galopante, un odio casi infantil a lo establecido y un fervor underground torrencial que a veces se traducía en actuaciones de grupillos sin importancia como The Damned, Madness o Motörhead en el mismo salón de casa de los chicos. La puta bomba en letras de neón.

Ha muerto uno de los humoristas británicos más innovadores e influyentes de los últimos 30 años. Rik Mayall se ha ido por sorpresa a los 56, dejando huérfanos a los que crecimos contaminados por The Young Ones. Al parecer, las secuelas de un accidente que casi acaba con su vida podrían haber detonado su repentino fallecimiento. Lo cierto es que la comedia británica le debe un homenaje de los gordos, muchas de las sitcoms actuales no serían lo mismo sin el influjo de su humor histérico, grosero y destripado. Qué demonios, muchos de nosotros le debemos un homenaje de los gordos. The Young Ones me cambió la vida, y doy gracias a Dios por haber superado la adolescencia junto a él, Neil, Vyvyan y Mike. Como tú.

Como agua de Mayall

En plena era del Caos, los obituarios de celebrities se revelan como un megaplañido vírico que surca, mejor dicho, trepana las redes sociales para alcanzar las entendederas del usuario más impresionable y hacer de cada infectado una gotita más en una nube virtual de un vapor lacrimógeno infinitamente más contagioso que la gripe en el metro de Tokio. Es casi imposible escabullirse de la zarpa gravitatoria de ese agujero negro del todo vale en el que se ha convertido el luto en Facebook y Twitter. Se muere Paco de Lucía y, después de recibir una brutal descarga intrarretiniana de aullidos, llantos desconsolados y panegíricos de épica bíblica, no te das cuenta y ya estás hablando del algecireño en tu estado de Facebook como si el tío cenara cada Navidad con tu familia, cuando en realidad no te la puede haber sudado más su trayectoria discográfica, su guitarra y su sobrina Malú.

Cuando un famoso de caché la espicha, puedes alimentarte de las migajas de ese caché apuntándote a la fiesta, o mejor dicho al funeral, y haciéndote pasar por su fan más sufrido y afectado. Esta tendencia cada vez más extendida en las redes sociales es un peligro de cojones, pues empequeñece sobremanera los pocos fallecimientos que realmente tienen significado para algunos y pone en tela de juicio la autenticidad de los quejidos de la comunidad virtual, más proclive al puchero y al derramamiento lacrimal gratuito que Josep Lluís Nuñez y Lydia Lozano viendo “Cinema Paradiso”.

Tengo la amarga sensación de que la inopinada muerte de Rik Mayall quedará sepultada bajo los millones de inscripciones para lápidas imaginarias que las plañideras virtuales han lanzado a la red en honor a Philip Seymour Hoffman, Paco de Lucía, Gabriel García Márquez y compañía. Está siendo un año de trabajo estajanovista para las locas del coño de las necrológicas de Internet, un mal año para morir y ser llorado de verdad. Esta columna es un homenaje personal y honesto a un tipo que ha ejercido muchísima más influencia en mí que todos los libros de Gabo juntos. Mi obituario más sincero del 2014, con permiso de Frankie Knuckles, no puede ser contenido en 140 caracteres.

So Young

La muerte de Rik Mayall duele como un demonio, como todas las muertes de los agentes culturales que moldearon nuestro cerebro juvenil desde la inmundicia de la cultura pop y nos prepararon para recibir el nuevo milenio como es debido, esto es peineta mediante y riéndonos hasta de nuestra puta madre. Tan valioso legado se debe, como sabréis muchos, a la serie The Young Ones, una de las hojas de ruta para adolescentes más bestiales y lisérgicas que nos ofreció la televisión de mediados de los 80 a los chiquillos catalanes que queríamos ser británicos. Digo catalanes, porque en los ochenta trabajaba en TV3 el único jefe de programación con dos dedos de frente de la historia de la corporación, un tipo que de repente inundó la parrilla de la cadena autonómica con la mierda más tóxica de las sitcom británicas del momento. Entre joyas atemporales como The Black Adder, Yes, Prime Minister o Fawlty Towers, la alucinógena The Young Ones brillaba con un fulgor distinto, casi alienígena, a ojos de un crío de 12, 13 o 14 años. Era imposible resistirse al frenesí opiáceo y al humor trash del manicomio comandado por Mayall, uno de los guionistas y creadores de aquella anomalía que se emitió entre 1982 y 1984 en la BBC 2, y pudimos ver más tarde en TV3 con todo lujo de detalles, por la tarde, sin que nadie, absolutamente nadie, se echara las manos a la cabeza.

"Mayall dejó como legado en The Young Ones un surrealismo a cara de perro verde que aún hoy, 30 años después y en pleno boom del posthumor absurdo, supera con creces al 99,9% de los gags de Muchachada Nui"

Conocida en Catalunya como Els Joves y grabada a hierro candente en mi memoria y la de mis amigos con el increíble doblaje al catalán de la época, The Young Ones introducía la cámara en un piso de estudiantes del norte de Londres de los 80, un basural donde cohabitaban como roedores tiñosos un punk, un hippy, un anarko y un tipo cool que montaba roller discos en su habitación. Era una serie pringosa y seborreica, un artefacto televisivo atiborrado de un antithatcherismo galopante, un odio casi infantil a lo establecido y un fervor underground torrencial que a veces se traducía en actuaciones de grupillos sin importancia como The Damned, Madness o Motörhead en el mismo salón de casa de los chicos. La puta bomba en letras de neón.

Me gusta pensar que The Young Ones era también un fresco, ligeramente distorsionado en aras de la comicidad, de lo que se cocía a principios de los 80 en los estratos juveniles londinenses de clase media-baja. La polaroid anfetamínica de una cultura de tribus urbanas encabritadas y dadas a la bronca hooliganesca; una jungla a la que le quedaba muy poco antes de ser domada y azucarada por el verano del amor, el buenrollismo del éxtasis y el acid house. Por si fuera poco, Mayall dejó también como legado en The Young Ones un surrealismo a cara de perro verde que aún hoy, 30 años después y en pleno boom del posthumor absurdo, supera con creces al 99,9% de los gags de Muchachada Nui. Cambios argumentales que rayan en la esquizofrenia, ratas que filosofaban, pedos que se confundían con embarazos masculinos, vampiros enviados por correo, cuadros cuyos dibujos interrumpían la acción para explicar batallitas sin sentido, bicicletas en las profundidades de la bañera, vídeos que funcionan como tostadoras… todos los recursos utilizados en la serie suponían algo nuevo que te dejaba sin aliento y hacía que te cagaras encima, presa de la risa y la perplejidad más absolutas.

Rik Mayall se agenció el personaje más desagradecido y parlanchín de The Young Ones, un poeta anarquista repelente, histriónico, acomplejadísimo y veladamente maricón que se paseaba por el set con la pelambrera de punta, dos coletitas en la nuca horripilantes, granos en la barbilla, una americana polvorienta rebozada de chapas reivindicativas y los ojos disparados, amenazantes como pelotas de ping-pong a punto de ser detonadas.

Lo fácil era quedarse con los iconos más tontorrones: el hippy Neil y sobre todo el punk neardental Vyvyan, interpretado por Adrian Edmondson, íntimo amigo e inseparable compañero de Mayall en anteriores y posteriores desafíos humorísticos. No obstante, el caviar era Rick. La paranoia descoyuntada, los discursos preñados de resentimiento barato y la sarta de contradicciones absurdas en las que vivía, hacían de aquel histérico anarquista de pacotilla la figura más atractiva para mí. Un wannabe de la extrema izquierda, hijo único, ególatra y fan no confeso de Cliff Richards. Un cantamañanas autoproclamado la voz de su generación y preocupado únicamente por colmar sus ansias de protagonismo… El escritor pop del siglo XXI radiografiado hace 30 años, ni más ni menos.

"La influencia de The Young Ones en las comedias británicas posteriores ha sido inmensa y todavía hoy puede olisquearse en muchísimas producciones de éxito"

Estoy plenamente convencido de que si no hubiera sometido mi cerebro al castigo de Els Joves durante mi etapa de crecimiento, ahora estaría escribiendo sobre el cultivo de la magnolia sudanesa en climas extremos. Sería un tipo mucho más aburrido. Esa mierda cambió mi forma de pensar y entender el humor, me abrió los ojos y plantó la semilla de la anglofilia en mi glándula pituitaria. Rik Mayall fue un factor decisivo en la formación del putrefacto intelecto que os escribe. Sólo capturo sensaciones de asombro, excitación y devoción religiosa cada vez que me recuerdo rompiéndome a carcajadas delante del televisor de tubo catódico de casa de mis padres, con la frente convertida en un completísimo muestrario de acné, un bozo que parecía pelo de coño adherido al labio superior y el pito en carne viva a causa de la constante lluvia de pajas a la que estaba sometido.

No solo en lo personal hincó Mayall su pezuña. La influencia de The Young Ones en las comedias británicas posteriores ha sido inmensa y todavía hoy puede olisquearse en muchísimas producciones de éxito. Aunque no se ha hecho nada parecido desde su cancelación, abundan las sitcoms con trazas de esa comedia alternativa que engendraron los nuevos humoristas de principios de los 80 en tierras de Albión. Un campo en el que Mayall fue una institución, actor principal. Y es que antes de The Young Ones, ya era conocido en los círculos humorísticos británicos más rupturistas por su pertenencia al colectivo The Comic Strip y sus apariciones en el programa de televisión The Comic Strip Presents. Y siguió cosechando respeto a toneladas años después de The Young Ones, merced a una de las sitcoms más locas, infravaloradas y reivindicables de los 90: Bottom.

From Bottom to the top

Después de interpretar a un universitario anarquista e izquierdoso de segunda en The Young Ones, Mayall decidió pasarse al otro lado de la cuerda actoral y dar vida a Alan B’Stard, un político tory ultrafacha, clasista, viscoso, vicioso, misántropo, más hijoputa que el diablo. Mayall ejercía exclusivamente de protagonista, no constaba en los guiones. No obstante, la serie permanece en el recuerdo catódico como un pequeño clásico de la sátira política más irreverente. Fue una larga transición, con intervenciones memorables en The Black Adder de por medio (Lord Flashheart es el secundario más de culto de la serie), hacia otra memorable creación con aroma a vertedero y el inequívoco membrete de la factoría Mayall marcado en las peludas nalgas.

¿De qué va Bottom? Monguismo al cuadrado de altísima catadura amoral.

Bottom es el logro más importante del humorista británico desde The Young Ones. De hecho, podría considerarse un spin-off o la entrada en la edad adulta de Rick y Vyvyan. No en balde Mayall se acompañó de su eterno sidekick Adrian Edmondson en este demencial descenso al mismísimo ojete de la decadencia humana. Traducida por un simio beodo como La Pareja Basura en España, Bottom volvía al azufre y al dislate extremo de The Young Ones, con una mayor dosis de slapstick à la british, esto es: a lo bruto. Lo cafre elevado a arte. La idiotez como plato fino. Así comenzaban los 90 para Mayall: peor, mucho peor que los 80.

La serie se emitió entre el 91 y el 95 y fue coronada con un gira por teatros y una discreta película, Guest House Paradiso, que la crítica definió como “comedia slapstick de ácido”. ¿De qué va Bottom? Monguismo al cuadrado de altísima catadura amoral. Dos imbéciles legendarios llamados Richie Richard y Eddie, ejem, Hitler malviven en un piso compartido y ven la vida pasar de fracaso en fracaso: no follan, no triunfan, no trabajan, no prosperan, no producen, solo destruyen y se joden mutuamente como rutina. Su único cometido en la vida es dar más y más pena, cagarla más y más, hacer sentir al peor de los desgraciados como un triunfador. Recuerdo ver esta serie con una avidez chaladísima en Canal + los fines de semana. Edmondson y Mayall facturaron un engendro aberrante, mezcla de humor físico, cartoon diarreico, actitud punk y cerrilidad dialéctica, una demostración radical de subnormalismo que no he vuelto a ver nunca en televisión y actualmente sería inviable en el 95% de las cadenas. Por suerte, la anunciada revitalización de Bottom en 2012 no se produjo por reticencias de Edmondson. Hizo bien el punk de The Young Ones en evitar la reunión después de tanto tiempo: habría sido imposible bucear más hondo en la sepsis.

Maldito bastardo

Bastardo, una palabra que ha acompañado a Mayall a lo largo de toda su carrera. Un calificativo inmerecido, pues según Lauren Marks, uno de los creadores de The New Statesman, “era un caballero: educado, tranquilo, cariñoso. La antítesis de los personajes que interpretaba”.

Bastardo, el vocablo que utilizó Mayall para inaugurar su cuenta de Twitter: “Abro esta cuenta para evitar que otro bastardo lo haga. Así que os jodan y no esperéis oír nada de mí hasta dentro de mucho tiempo”.

Bastardo, como el apellido de su memorable personaje en The New Statesman: Alan B’Stard.

Bastardo, como el apellido de su compañero de piso punk en “The Young Ones”: el apestoso Vyvyan Basterd.

Bastardo, como le ha llamado Adrian Edmondson en declaraciones posteriores a la trágica noticia: “Fueron los días más estúpidos y despreocupados que he vivido nunca, me siento un privilegiado por haberlos compartido con él. Y ahora se ha ido de verdad. Sin mí. Bastardo, egoísta”.

Bastardo, sí, por haber superado un accidente de quad en 1998 y sobrevivir a un coma después de que muchos le dieran por muerto, y haberse pirado en el 2014 sin avisar, a la francesa, dedicándole al patio de butacas una desafiante V con el dorso de los dedos antes de bajar definitivamente el telón.

Hasta pronto, bastardo.

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