Columnas

Abrazos y zancadillas

Hip hop desde la barrera

David Broc

–A estas alturas de la temporada, el descanso es pecado. Desapareces un mes de esta santa casa y de este santo rincón y el día de tu vuelta te encuentras con pilas numantinas de cds rodeando tu laptop, decenas y decenas de discos, nuevos o antiguos, que han ido llegando con fluidez y buen ritmo a tu dirección postal y que has tenido que digerir y absorber en un tiempo récord. Si agosto es un mes de penurias discográficas, desierto seco y árido con algún que otro oasis desperdigado por el camino, septiembre y octubre son todo lo contrario: todo el mundo ya tiene prisa por sacar a la calle sus álbumes, los sellos deben cumplir sus planes de lanzamiento y es momento de cuadrar números antes de que el cambio de año se eche encima. Y el consumidor se ve inmerso, de la noche a la mañana, en una espiral de pillaje tan adictiva como costosa y esclava. El problema tiene nombre y diagnóstico: la tiranía del pedido.Existe ahí fuera una horda de perdedores, yo el primero, que en la penumbra de su casa, mientras la novia no mira o se entretiene con un nuevo episodio de “Cómo conocí a vuestra madre”, aprovechamos para hacer una visita furtiva a nuestra tienda online favorita. Pobres. Como si fuéramos vampiros, buscamos saciar nuestra sed en Boomkat, Amazon o Undergroundhiphop, atiborramos nuestras cestas de la compra de ítems, llenamos por llenar, y vamos acumulando discos, libros o películas hasta que un buen día nos damos cuenta que tenemos mil dólares en el carrito. Lobos hambrientos que necesitamos un mínimo de dos visitas al día a nuestros templos predilectos para sentirnos completos, muchas veces ya ni tan siquiera importa si se compra algo o no. Aunque es innegable nuestra condición de cazadores, y no entra en nuestros planes volver sin alguna pieza para nuestra colección. Habitualmente la expresión ‘salir de caza’ nos hacía pensar en tíos fornidos, con camisetas estrechas, vaqueros Diesel, pachuli hasta en las uñas y bambas Puma de Fórmula 1 que salían en manada a las discotecas de moda para ligarse a alguna chica. (Inciso: luego están los forenses, que se dedican a levantar cadáveres ya de buena mañana, esto es, a llevarse a su casa a las mozas drogadas y borrachas perdidas que se arrastran por cualquier after y que son presa fácil). Pero aquí hablamos de otro tipo de caza, la caza del ítem, un proceso dividido en cuatro fases: primero, la adrenalina de la compra, el subidón que llega cuando le das a Confirm (por cierto, existe un virus malsano, que podríamos llamar ‘cargo de conciencia’, yo también lo sufro, que te lleva a abortar pedidos justo cuando sólo queda un click para materializarlo; algunos pueden estar hasta media hora dudando en ese segundo final y fatídico); segundo, la tensión de la espera, la incertidumbre del lapso de tiempo que se necesita para el envío, una tortura de siete a diez días; tercero, la sumisión tormentosa y extenuante a los designios del cartero, que a la postre se acaba convirtiendo en uno de los pilares fundamentales de tu bien estar y tu estabilidad emocional, los días que viene cargado le invitarías a comer, los días que no lleva nada te gustaría quemarlo en una plaza pública; y cuarto, el clímax, el estallido y el orgasmo que te invade cuando llega el paquete.Todo este monólogo sobre el noble arte del pillaje venía a cuento, lo decía al principio, de la masiva afluencia de novedades que han salido a la luz en estos últimos treinta días, y de las que os hablaré a continuación. Pero antes, y como esta columna tiene como principal objetivo que el lector interesado en el hip hop no dé pasos en falso y tenga una visión panorámica y con cierto rigor de la actualidad, empezaré hablando de dos discos importantes que me han decepcionado profundamente, uno más que otro. Porque es cierto que de Fat Joe ya no se esperan grandes cosas a estas alturas, el tipo está acabado y desde hace ya algunos discos está atrapado en un rap de chicle que suena forzadamente comercial, evidente, muy demodé. Pero lo de “Jealous Still Envy 2 (J.O.S.E. 2)” va más allá de la decepción para instalarse en la categoría de mierda líquida. Pasteta. Algo parecido al retortijón radical que te entra cuando comes más de la cuenta en Da Greco, lugar de peregrinación de celebrities como Joan Laporta, Risto Mejide o Titi Henry.El gran drama de Fat Joe en este disco es que llega muy tarde con la euforia autotune y con el cameo obligado de Lil Wayne, algo así como dos años; que se alimenta de beats caducos que suenan a aquel rap mainstream de inicios de década; que busca el hit desesperadamente sin encontrarlo; y que contiene los peores textos que ha escrito nunca Joe, o, por defecto, su equipo de ghostwriters. Si no fuera porque tiene la misma panza y la misma cara de bulldog de hace quince años, nadie diría que este Fat Joe es el mismo de “Jealous One’s Envy” o “Represent”.

Duele más el experimento fallido de Ghostface Killah en “Ghostdini Wizard Of Poetry In Emerald City”, difuso y muy irregular intento de integración del universo R&B en su discurso. Hasta la fecha una de las grandes claves del sonido Ghost era la manera cómo en tiempos de olvido y desprestigio del sample como elemento fundamental del discurso rap él había cimentado toda una leyenda a su alrededor precisamente con la buena utilización de ese elemento. “Supreme Clientele” o “Pretty Toney Album”, entre otros, son álbumes basados en un sonido de fuertesreminiscencias soul que nunca pierden su propia identidad hip hop, todo tiene su lógica interna y el mecanismo está perfectamente engrasado. Es una fórmula impecable que ha conseguido mantener activa, vigente y poderosa a lo largo y ancho de su carrera. De ahí que no tenga mucho sentido este giro hacia una propuesta de rap-R&B, centrada en una visión orgánica del género, con múltiples colaboraciones de vocalistas y una producción deliberadamente más ligera que, además, queda en un segundo plano ante las prestaciones vocales de los featurings: John Legend, Estelle, Lloyd, Adrienne Bailon o Ne-Yo, entre otros. La idea no cuaja ni funciona, deja a Ghostface en un terreno neutral que no tiene ni suficiente pegada para sus fans ni suficiente empaque melódico para captar la atención del público del R&B y rompe una línea artística hasta hoy impoluta. Esta mezcla no es creíble ni fluida, no es natural ni espontánea, tiene aspecto de capricho calientabraguetas, pero algo torpón y poco sensual. Y por encima de todo se detecta un error primordial de concepto: si yo quiero escuchar un buen disco de R&B acudiré a The Dream, Ne-Yo, Sterling Simms o Joe, auténticos maestros en esto, pero nunca me plantearé escuchar a Ghostface. Espero que se trate de un despiste pasajero y que el rapper se haya dado cuenta, por las reacciones que está teniendo de las calles, de que esta aventura no se puede repetir. Alguien que nos había acostumbrado a discos memorables no puede entregar esta mediocridad y salir de rositas.

–Y después de intentar evitar que os gastéis los dineros en un par de discos intrascendentes, ahora es cuando os invito a coger la VISA y darle a Confirm. Como diría Mejide, arrancamos. Freestyle Professors se han propuesto llegar al corazón de los puristas con su debut largo, el acojonante “Gryme Time”,un álbum tan facha, anacrónico, incómodo y austero que en la primera escucha ya consiguió dibujar una roncha densa y bien visible pocos centímetros a la derecha de mi cremallera (un servidor carga a la derecha). Lágrimas de emoción y rabia: ese sonido rocoso, claustrofóbico, minimalista y crudo de la factoría D.I.T.C. de mediados de los 90 revive con asombrosa frescura y vigencia en una sucesión de ladrillazos a cargo de Buckwild, Diamond D, Lord Finesse, Branesparker, 12 Finger Dan, Minnesota y Showbiz.El material es nuevo, aunque podría estar fechado en pleno 93, o al revés, el material podría estar fechado en el 93 y sonar como si fuese nuevo. Además de una aplastante reivindicación del rap underground más furioso y contundente también es una abrumadora reivindicación de la escena del Bronx, algo olvidada estos últimos años. Hoy por hoy, si sólo tuviera 15 euros en mi cuenta corriente y tuviera que decantarme por un disco de cosecha reciente sería éste. Le superan en todo Raekwon, Marco Polo & DJ Revolution o Skyzoo, pero aquí hay un trasfondo emocional, un arrebato nostálgico, que se impone a todo lo demás. Echo de menos los 90 y esta maravilla me retrotrae a esos años sin necesidad de rescatar del armario las botas Timberland, los gorros de lana, la línea más workwear de Carhartt y las sudaderas Champion. Si Q-Tip repetía, años ha, aquello de “the night is on my mind”, yo digo “the 90s on my mind”.

No nos movemos de la Gran Manzana, ni tampoco de boogie down, cuando menos por una de las dos partes involucradas. KRS-One y Buckshot, MC de Black Moon, uno de mis grupos favoritos de todos los tiempos, se han embarcado en una aventura conjunta llamada “Survival Skills”. Quien esto escribe esperaba algo más de este proyecto, pero eso no quiere decir que no estemos ante una de las obras importantes de este último cuatrimestre. El concepto más o menos quedó claro desde que lanzaran el single de adelanto, “Robot”: dos veteranos del juego trazando alianzas para defender la credibilidad del género y ofrecer una mirada crítica y reflexiva sobre el estado del hip hop actualmente. El planteamiento de nuevo tiene poco, la gracia estriba en este tour de force constante entre dos monstruos de la rima y, también, en el equipo de peloteros del beat que les acompaña, con aportaciones de Black Milk, Havoc, 9th Wonder, Marco Polo, Illmind, Nottz o Khryisis. Sorprenden algunas concesiones bouncy y la presencia de alguna que otra canción orientada al club, episodios deslavazados en un guión de claros aires boom bap, pero la dinámica global sobrepasa el notable sin despeinarse.

No hay dos sin tres, o en este caso sin cuatro, así que a esos dos títulos le sumamos dos referencias más que sobrepasan la media en la cosecha de los últimos 30 días. Por un lado, un guilty pleasure como una catedral: hablo del debut de Slaughterhouse, supergrupo integrado por Joell Ortiz, Joe Budden, Crooked I y, por supuesto, Royce da 5’9’’, eterno underdog en lucha constante consigo mismo y contra los obstáculos de la industria. El perfil sonoro de esta puesta de largo de título homónimo apela a lo que vulgarmente conocemos como rap killo: producciones gordas con deje épico, mucho piano por medio, algún guitarrazo espontáneo, juegos melódicos evidentes, tendencia al drama y constante mareo de voces y coros.Objetivamente es un álbum feo, predecible y redundante, pero joder cómo entra. Entra fino, contamina y engancha, en buena parte gracias al duelo entre Royce y Ortiz, los dos grandes MCs del equipo, y por algunos hits irrefutables del recorrido. Esto en el iPod en un mal día camino del trabajo es mejor que un chute de esteroides, te activa y te enciende como si te aseguraran que en la oficina te está esperando Minka Kelly con dos rodilleras como único atuendo.En segundo lugar, los Dioses del olimpo negro no me perdonarían que pasara por alto la publicación de “First Born Overdue”, recopilación con todo el material perdido o desperdigado de The East Flatbush Project, nombre del proyectoliderado por el productor Spencer Bellamy. El disco agrupa temas desde 1994 hasta la actualidad, y al margen de incluir el megahit indie “Tried By 12” se ponen al alcance de los headz algunos de los hallazgos de una trayectoria poco conocida pero muy interesante. Con el apoyo de distintos MCs del underground reciente, Ruste Juxx, Des, Stress o Mirage Black, TEFP realizan un apropiado resumen de una década y media en el ámbito indie, permiten asistir a una evolución estética y creativa de largo alcance y dan alas a un sonido de innegable poso retro.–Aparco la antorcha y salgo de la cueva para hacer una confesión: me gusta Drake. No él, su música. Bueno, él también, a fin de cuentas quién puede despotricar de alguien que aparece en una gala de premios con un cardigan de la línea Play de Comme des Garçons, pero que nadie busque implicaciones gays en esta declaración, que os veo venir. No homo, que diría Cam’Ron. Drake es un tipo con buen gusto a la hora de vestir, un tipo listo cuando toca tirar de agenda y, sobre todo, un tipo hábil cuando toca encerrarse en el estudio para darle forma a un nuevo concepto de artista. Hace unas semanas salía a la venta el EP “So Far Gone”, que no deja de ser la versión remasterizada y actualizada de la mixtape que le llevó hace unos meses al reinado de las promesas sin contrato. Ahora ya tiene una suculenta relación contractual y su estela apunta a las cotas de éxito y repercusión más altas, y su competencia con Kid Cudi se antoja uno de los enclaves más apasionantes de la próxima temporada. Para situar al lector despistado que se crea que estamos hablando de un nieto o sobrino de Nick Drake, vamos a poner en antecedentes. Drake es el quinto rapper metrosexual en discordia tras Pharrell, Kanye, Lupe Fiasco y Kid Cudi, aunque musicalmente su apuesta huye de la fantasía espacial de Cudi y de la ortodoxia rap de Lupe; sus canciones en realidad escriben una situación hipotética en la que podemos imaginar cómo hubiera sonado “808s & Heartbreak” sin autotune, sin cantante y sin exorcismo emocional, es decir, el mismo planteamiento de pop-rap electrónico pero con un discurso más físico, primario y accesible. “So Far So Gone” tiene gancho, romanticismo y emoción urban, versatilidad expresiva y cierto criterio. Buena parte de culpa la tiene su autor, probablemente el nuevo gato de esta esfera metrosexual que más talento atesora a la hora de escribir y darle gas a su flow. Ahora ya prepara su debut largo para contrarrestar el efecto desconcertante pero fascinante de “Man On The Moon: The End Of Day”, de su amigo pero aun así rival Kid Cudi, y estaremos ahí para comprobar si este canadiense de verbo fácil y armario nutrido (no va con segundas) cumple las expectativas depositadas en su presente y futuro. El pop-rap no es santo de mi devoción, pero una vez aceptado el subgénero y asumido que hay que convivir con él con armonía, está claro que Drake surge como uno de sus más rotundos representantes del momento.

–Sigo con Drake, aunque ahora por motivos diferentes que su EP de presentación. Hace unos días que se rumorea con insistencia sobre la posibilidad, confirmada según algunas webs y DJs radiofónicos, de que Drake haya formado parte del equipo de ghostwriters que se han encargado de escribir las letras de “Detox”, el esperado nuevo disco de Dr. Dre. El rumor es fascinante por dos motivos: en primer lugar, porque confirmaría que Drake no es un mindundi y que está muy bien considerado por los grandes tótems de la industria. Si Dr. Dre te llama para que le escribas sus rimas es muy buen síntoma. Además, si tenemos en cuenta que algunas de las primeras sesiones de “Detox” tienen ya más de tres años, podríamos llegar a pensar que el canadiense estaba en boca de muchos incluso antes de saltar a la palestra. Y segundo, porque con este gossip resurge el viejo mito de los ghostwriters, uno de los temas más fascinantes del universo hip hop, muchas veces ignorado o desconocido para el público. Básicamente se trata de aquellos MCs que escriben en la sombra las letras de algunas celebridades que por falta de tiempo, talento o ganas prefieren soltar un buen puñado de dólares a cambio de buenas rimas y buenos textos. Un intercambio comercial: yo te pago tanto dinero a cambio de unas cuantas letras, sin acreditar y sin derecho a reclamar parte de esa autoría. El equivalente callejero de los negros literarios, un concepto mucho más asentado y presente en nuestra vida diaria que, sin embargo, es muy frecuente y habitual en el rap.Es gracioso que ahora vuelva a ser motivo de conversación y debate, precisamente a raíz de Dr. Dre, un experto en contratar a ghostwriters para sus álbumes. Por todos es sabido que Jay-Z es el autor de la letra de “Still D.R.E.” (por algo es una las cimas líricas del productor), o que Royce Da 5’9’’ fuera el responsable de “The Message” y otras tantas canciones del disco. Para los compositores fantasma es dinero fácil y rápido; para el artista es una obligación menos de la que ocuparse. El perfil de otros ilustres adictos a encargar sus letras no engaña: rappers-empresarios con pocas horas libres y poca motivación para darle al boli. Se sabe que Rhymefest le ha escrito canciones a Kanye West, que Gillie Da Kidd es el responsable de toda la obra de Lil Wayne hasta “Tha Carter III” (en el que amplió su staff de esbirros con, según los rumores, Pharoae Monch o Ill Bill), que Snoop Dogg confesó a XXL hace un año que tenía ghostwriters o que P. Diddy, el rey absoluto de esta práctica, ha contado con los servicios de Pharoahe Monch, Jadakiss, Sauce Money o Mad Skillz, entre otros. Este último, por cierto, destapó el pastel en su celebérrima canción “Ghostwriter”, que incluía un name dropping apabullante que su compañía discográfica se vio obligada a censurar para evitar demandas multimillonarias. Diddy, Foxy Brown, Shaquille O’Neal o Mase han sido algunos de sus clientes más famosos. El problema está aceptado y cada vez más extendido, pero no se atisba solución a corto plazo. Y es que como dijo el propio Diddy en su momento, “Don’t worry if I write rhymes, i write checks”.

–Epílogo: A las pocas horas de acabar esta columna me asaltó la noticia de la muerte de Andrés Montes, una tragedia equiparable a la desaparición de J Dilla y una muerte, ya me perdonarán los fans, que servidor ha sentido más que la de Michael Jackson y a la que creía justo dedicar unas líneas. Es difícil explicar qué significaba Montes para todos aquellos que hemos invertido horas de sueño, exámenes suspendidos, malas caras conyugales,despertadores desahuciados, amaneceres aferrados a un sofá y cantidades incontables de lípidos y colesterol durante más de once años. La gran mayoría le descubrió tarde, elevado a la categoría de fenómeno mediático por arte y gracia de la difusión dictatorial del fútbol, cuyo público potencial está lleno de muermos, puristas y resabiados que siempre antepusieron el nombre bien dado de un volante izquierdo del Murcia a la genialidad de un nick improvisado, de un grito de guerra convertido en himno generacional o de una conversación improvisada sobre soul o sobre el western.Hay mucho aficionado al fútbol que se pasó a la causa Montes, hastiados ya de locutores radiofónicos robóticos reconvertidos para la pequeña pantalla, pero ya me perdonarán todos ellos: los auténticos headz del locutor madrileño somos los del baloncesto, los que no teníamos ningún inconveniente en pernoctar hasta las 5 de la madrugada de un martes cualquiera porque sabíamos que ahí nos esperaban Montes y Antoni Daimiel, fiel y cómplice compañero de juergas catódicas. Nadie ha conseguido alcanzar tal dimensión de cercanía, entretenimiento y creatividad en la narración de un choque de la mejor liga del mundo.No me olvido del tándem Trecet-Esteban, pero a pesar de las locuras del viejo Trecet, la química entre ellos no llegaba a traspasar tanto la pantalla, no calaba tan hondo. Montes y Daimiel dignificaban la imagen de los perdedores (el Club de las Calabazas, una genialidad surgida del lado más melancólico y derrotista de ambos, quizás la faceta menos conocida por la gran masa futbolera, que se quedó con lo del “tiki-taka” y lo de “la vida puede ser maravillosa”, es una de mis muletillas favoritas), fueron capaces de reírse de sus fracasos sentimentales o profesionales, nos regalaron incontables charlas sobre música, cine, política, economía, historia, sexo, mujeres o gastronomía e incluso alcanzaron la gloria máxima a la que puede aspirar cualquier narrador de baloncesto de la NBA: que el espectador incluso deseara que llegaran los tiempos muertos, eternas y extenuantes interrupciones que generalmente son las principales inductoras de sueño a esas horas de la noche. Incluso cuando grababas un partido para verlo al día siguiente, y a diferencia de lo que ha sucedido siempre, devorabas entero ese tiempo muerto, esperando la genialidad, el comentario brillante, el nuevo apodo. Más de una vez habían escrito espectadores sugiriéndole nuevos motes o espetando a que creara alguno para un jugador determinado, pero el genio Montes siempre respondía lo mismo, siempre argumentaba que los motes surgían improvisadamente y sobre la marcha. Y casi sin saberlo, muchas de sus aportaciones se han acabado convirtiendo en auténticos aforismos sobre la vida moderna. Basta rememorar aquello de “¡¡Daimiel!! ¡¿por qué en las fotos de boda sólo sonríe la novia?!” para tener la absoluta certeza de que se nos ha ido el más grande.

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