Columnas

Abran paso al ‘ratchet’: la nueva moda post-hipster (y racista)

Jay Z está colaborando con el centro comercial Barney’s para diseñar una colección de ropa a la que se le ha tachado de racista. ¿Y qué piensa hacer? Nada: seguir adelante.

Los modernos de Nueva York están eligiendo el afro como peinado de moda, el episodio de Miley Cyrus con el twerking no era sino la punta del iceberg en las mofas a las jóvenes de Harlem y del Bronx, los anunciantes no suelen querer trabajar con modelos negras. ¿Qué significa toda esta moda de negros, para negros pero sin negros a la que llamamos ratchet?

La moda se mueve en dos direcciones que circulan a distinta velocidad y frecuencia: la primera es lo que después de Simmel y su maravillosa “Filosofía de la Moda” los sociólogos llamaron el trickle down effect y es algo así como el salto de la pasarela a la calle, del lujo al clon de Zara y de la celebrity de firma a la imitadora que se hace un streetstyle con marca blanca. La segunda, el bubble up, apareció mucho más tarde, y consiste en subir a la pasarela el estilo que surge en la calle vía tribus urbanas, vía barrios deprimidos vía grupos sociales más o menos segregados. Y aunque así llegaron los vaqueros, las chupas y las sudaderas con capucha a los desfiles de moda, lo cierto es que el bubble up se da pocas veces (aunque luego se vuelva al elemento tomado muchas más)

Pues bien, hacía tiempo que la moda de lujo no adoptaba tanto y de forma tan literal la indumentaria de la calle. Y, a la vez, hacía mucho que no se mostraba tan racista, déspota y desagradecida con los verdaderos artífices de su inspiración.

El caso Barney’s quizá no pueda incluirse dentro de la moda. Al fin y al cabo no hablamos de diseñadores, desfiles y famosos, sino de industria pura y dura, de las compras que hacen que sobreviva todo lo anterior. Kayla Phillips, una estudiante de enfermería de 21 años, fue supuestamente perseguida y detenida después de comprar un bolso de Céline de 2.500 dólares. Tryon Christian, de 19, ha denunciado a la policía de Nueva York y a la propia tienda tras haber sido detenido durante varias horas debido a que se dudaba de que el pago de 449 dólares por el pago de un cinturón de Ferragamo se hubiera realizado con una tarjeta legal. Barney’s ha elegido a Jay Z, uno de los músicos más poderosos del mundo y uno de los activistas más mediáticos para lanzar una colección de prendas hiphoperas similares a las de la marca del rapero, RocaWear.

El pasado verano, la presentadora –y magnate– Oprah Winfrey acusó a una tienda suiza de tratos racistas. Quería comprar un carísimo bolso de Tom Ford y la dependienta le ofrecía otros más baratos, argumentando que era un objeto demasiado caro para ella. “sólo he vivido algo que gente de piel marrón o negra tiene que experimentar todos los días”, declaraba entonces al diario suizo Blick. Algo parecido le sucedió al actor Rob Brown ( “Treme”) en Macy’s cuando compró un reloj de mil dólares y varios policías acudieron a la tienda para retenerle.

"El mecanismo que hizo a diseñadores como Tommy Hilfiger renegar de los raperos porque devaluaban su marca (y luego utilizarlos en su publicidad) sigue vigente"

Barney’s ha sido el detonante para que la asociación por los derechos civiles (NAACP), con el neoyorkino Al Sharpton a la cabeza, planee tomar medidas contra el racismo en las tiendas de moda de lujo. Y para que mucha otras voces se alcen denunciando más abusos. “Ahora tendremos varios días de vacaciones”, contaba el mítico activista en una de sus convenciones en Harlem. “Eso significa que podremos pasearnos por la tienda. Serviré el pavo de Acción de Gracias justo en la esquina”.

Cuando la moda toma estilos callejeros y los convierte en tendencia de lujo suele vaciarlos de significado social y devolverlos al mercado con una pátina inocua. Todo el mundo lo sabe. Pasó con el punk, pasó con el hiphop y pasa con la cultura ghetto. Lo que muchos desconocen es que el fenómeno del bubble up suele ir acompañado de una actitud cercana al Despotismo Ilustrado. Todo para el pueblo pero sin el pueblo. Prendas de punks para punks sin la molestia que causan los punk. Ropa de negros, para negros, pero sin negros.

Si los conflictos en las tiendas no se consideran un tema a tener en cuenta por las altas esferas de la moda, este quizá sí lo sea: la marca francesa Céline ha presentado en su colección para el próximo otoño estampados inspirados en el graffiti y en los tejidos africanos. Céline ha sido acusada públicamente de no contratar a modelos negras en sus desfiles.

Por supuesto, no es la única: la ex modelo Bethann Hardison hizo pública el pasado verano una carta en la que enumeraba las firmas que sólo utilizaban modelos blancas. Tampoco es un problema actual, la diversidad racial es un tema polémico desde hace décadas, pero, como declaraba hace unas semanas la modelo Iman, “hace dos décadas había más modelos negras trabajando de las que hay en 2013”.

Y tiene razón, un exhaustivo estudio realizado por Jezebel demuestra que si en 2011 había un 8,5% de modelos negras en las semanas de la moda, la cifra ha disminuido estos últimos años hasta el 6%. Hay, sin embargo, entre un 9 y un 10% de asiáticas, pero eso no es extraño, dado que las marcas saben que sus principales compradores residen en ese continente, como sabían que en el cambio de siglo el dinero estaba en los países del este y poblaron las pasarelas con modelos de dicha nacionalidad.

Las tres top models negras más reconocidas en la actualidad, Naomi Campbell, Jourdan Dunn y Chanel Iman coinciden en que han pasado por castings en los que ni siquiera miraban su portafolio porque “ya no necesitaban más modelos negras. El cupo estaba cubierto”. Jourdan incluso habla en una entrevista concedida a The Edit de un maquillador “que no quería tocar pieles negras”. Parece que los tiempos de la revista de moda afroamericana Ebony, cuando los sureños atacaban los autobuses que transportaban a las modelos de sus producciones, no están tan lejos como creíamos. Al fin y al cabo, en los últimos dos años ha habido editoriales que retratan la esclavitud (Diva Magazine), pendientes con la cara de una afroamericana modelo “Slave earrings” (Dolce & Gabbana) y una camiseta lisa que, sólo por ser de color negro, recibió el nombre de Obama Shirt (Urban Outfitters).

"El mercado del Lejano Oriente no se siente identificado con la raza negra y la industria acata"

“Los anunciantes no suelen querer que trabaje con modelos negras para sus campañas porque consideran que no venden”, contaba el fotógrafo Steven Meisel en el dominical del Times. El los 70 y 80 eran “exóticas”, luego pasaron a ser “normales” y ahora han dejado de ser arquetipos aspiracionales. El mercado del Lejano Oriente no se siente identificado con la raza negra y la industria acata.

Lo que, curiosamente, sí parece haberse vuelto aspiracional es la indumentaria de los ghettos afroamericanos en su sentido más amplio, ya no sólo en lo que al hiphop más comercial se refiere. Las tiendas de lujo se llenan de bombers, blings, sneakers de colores estridentes y complementos con una palabra impresa: ratchet.

El término, al parecer, surgió en los Estados del Sur para referirse a las indumentarias de las obreras negras. En los 90 aparece en temas de rap para referirse a mujeres que persiguen a tipos con dinero y desde hace una década muchas lo utilizan para significar el orgullo de raza y de clase: somos negras, somos pobres, deslenguadas, horteras montamos broncas a nuestro paso. Algo así como la suficiencia que desprendía hace unos años la expresión ghetto fabulous en boca de raperos, pero con connotaciones sexistas.

Cuando Rihanna empezó a adoptar maneras ratchet, la revista alemana Jackie la calificó de “N-Word Nigga”. Ahora es todo un icono de estilo para blancos y negros y ninguna publicación osa discutir su influencia. Algo parecido le sucedió a Azelaia Banks. No a Beyoncé, que ya lo adoptó como una moda más que como una actitud, ni por supuesto a Lady Gaga.

Cuando Jezebel se preguntaba si Miley Cyrus tenía derecho a adoptar la estética de una forma de vida que desconocía, se les pasó por alto que la mofa a las maneras de las jóvenes de Harlem y el Bronx ya estaba instalada en la moda. La campaña del pasado invierno de Alexander Wang ya contaba la historia de una ratchet deslenguada en una tienda de lujo que sembraba el pánico entre los clientes (famosos reales de la industria) y acaba siendo despedida. Es curioso comprobar cómo el mecanismo que hizo a diseñadores como Tommy Hilfiger renegar de los raperos porque devaluaban su marca (y luego utilizarlos en su publicidad) sigue vigente.

El afro, al parecer, también está de moda. No sólo porque el hijo del candidato a la alcaldía de Nueva York lo luzca, porque Oprah luciera una peluca kilométrica en la portada de su revista o porque Solange Knowles sea un referente de estilo. Lo está porque, según el New York Times, los modernos lo están eligiendo como peinado de moda. El look que James Brown utilizó para entonar su “Say loud I am black and I am proud”, el que logró que muchos afroamericanos dejarán de usar productos químicos para que el pelo se pareciera al de los blancos, está de actualidad porque, para muchos, da una apariencia natural y salvaje, libre de siliconas y parabenos.

Y con estas prácticas recientes de “despotismo ilustrado”, ¿dónde quedan ellos en todo esto? Para la edición francesa de Elle, el estilo de Nicki Minaj, Rihanna, Janelle Monae o Solange Knowles se ha puesto de moda “gracias a Michelle Obama”. “Por primera vez, lo chic se ha convertido en una opción plausible para la comunidad negra, que durante tanto tiempo sólo ha podido usar ropa callejera”, escribía Nathalie Dolivo en un post titulado Balck Fashion Power y que, obviamente, fue retirado. Quizá lo estemos analizando desde la óptica equivocada y la moda, desposeyéndolos de sus códigos, les esté dando la oportunidad de vestir “correctamente”. Mientras lo consiguen, nosotros nos vestiremos de ratchet, pero desde esa peligrosa arma de doble filo que es la ironía.

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